Las migraciones en el Magreb: evolución y cambios recientes

Pese a su vecindad, el Magreb, es muy desconocido desde Europa y desde España. Uno de los aspectos que sorprende es la diversidad poblacional, que desde hace siglos hay en estos países norteafricanos y que está aumentando al amparo de los grandes cambios económicos, políticos y medioambientales actuales.


Desde la instalación hace miles de años de los bereberes, esta región ha recibido diversas poblaciones provenientes del norte, el sur y el este. Muchos pueblos, por lo general, se limitaron a comerciar y a establecer enclaves litorales sin tener, a excepción de los romanos, una penetración realmente significativa en el interior. A finales del siglo VII, los árabes vencen la resistencia bereber y, con el apoyo de una nueva religión y de su habilidad para establecer alianzas, se van instalando en todo el territorio e inician la islamización del Norte de África, proceso que durará varios siglos. La coexistencia de árabes y bereberes desde hace más de trece siglos, es sin duda una de las características más relevantes de la población magrebí. En este sentido, otra dimensión poco conocida, es el comercio transahariano de caravanas; una actividad que toma una gran trascendencia a partir del siglo IX y que permite la llegada de miles de esclavos subsaharianos durante toda la Edad Media y la Edad Moderna.

            En 1415, con la conquista portuguesa de Ceuta, se inicia el periodo de colonización comercial europea a través de la ocupación portuguesa y castellana de numerosos puertos magrebíes. Es una presencia litoral; raras veces las potencias extranjeras tratan de adentrarse en el interior hasta que en 1830 los franceses inician una durísima conquista del Magreb central, de Argelia. Se trata de una ocupación efectiva del territorio, con colonos franceses, y en su defecto, españoles, italianos o malteses, que luego se amplió al resto del Magreb. Todo ello daría lugar a una sociedad europea en el Norte de África que a mediados del siglo XX contaba con casi dos millones de individuos. Aunque la ocupación de Túnez, Libia, Mauritania y Marruecos fue más o menos dramática según las regiones, todo el Magreb ha quedado marcado por la experiencia colonial europea y por los esfuerzos de las potencias industriales por desestructurar los sistemas tribales tradicionales en el nombre de la modernización social y económica.

            El periodo de colonización europea en el Magreb terminó en los años cincuenta y sesenta del siglo XX tras diversos conflictos. Unas décadas en las que casi todos los europeos, muchos de ellos nacidos en el Norte de África desde hacía varias generaciones, fueron arrancados de su tierra natal a través de presiones económicas o del simple temor por sus vidas, para generar sobre todo en el caso de Argelia un auténtico pueblo desterrado: los pieds-noirs.

            Expulsado el poder europeo y gran parte de su población, se inicia en los años sesenta la etapa de independencia marcada por el mito de la homogeneidad poblacional. Se impone la identidad árabe en la administración, en la televisión y especialmente en la escuela en perjuicio de otras identidades que han marcado igualmente numerosas regiones del Magreb. Por su parte la identidad musulmana se refuerza e incluso se instrumentaliza para contener las divergencias en Estados muy centralistas política y culturalmente.

            En esta época aumenta la migración magrebí hacia Europa. Lo que empieza siendo en la primera mitad del siglo XX un ir y venir de militares y de trabajadores entre Argelia y Francia, se transforma en los años sesenta en una migración desde Túnez, Argelia y sobre todo Marruecos hacia Francia, Bélgica y Países Bajos, y desde los años ochenta hacia Italia y España. Este modelo clásico marcado por una diáspora magrebí en Europa empieza a cambiar a finales de los años noventa con la irrupción repentina e inesperada de nuevos colectivos extranjeros en el Magreb.

            Desde los años dos mil se aprecia un incremento significativo de extranjeros como los chinos o los refugiados de Oriente Medio (iraquíes, sirios). Es especialmente destacable la presencia de europeos. Se trata de una movilidad ligada tanto al ocio (turismo y jubilaciones) en el caso de Marruecos y de Túnez, como al trabajo en el conjunto del Magreb. A este respecto cabe señalar empresas y trabajadores españoles que se han instalado en la región, y especialmente en Argelia, como consecuencia de la crisis en España y del incremento de la demanda pública y privada magrebí en viviendas y obras públicas.

            Por otra parte está la migración subsahariana; desde el final de la Guerra Fría los planes de austeridad y el desajuste medioambiental han empobrecido a gran parte de la creciente población subsahariana. Ello ha reforzado las tensiones políticas y socio-identitarias y ha desembocado en un agravamiento de los conflictos que ha terminado por debilitar e incluso desestabilizar casi todos los Estados del Sahel y de África del Oeste además de Libia. La migración de subsaharianos fuera de su región, que durante décadas fue bastante limitada, se ha disparado desde los años dos mil. Al no poder cruzar el Mediterráneo debido al blindaje tecnológico, jurídico y diplomático creado por los europeos, cientos de miles de subsaharianos viven en condiciones muy precarias en los países del Magreb. Pese a los esfuerzos de las ONG y a algunas medidas gubernamentales, los subsaharianos llevan una vida muy difícil: nichos de trabajo reducidos y muy precarios, grandes dificultades de acceso a la vivienda y escaso reconocimiento social y administrativo (pocos permisos de residencia, difícil acceso a la sanidad y a la escuela, situaciones cotidianas de racismo…).

            El incremento de la movilidad y de las migraciones es una de las características principales de la globalización. Las sociedades magrebíes, que tras la expulsión de los europeos se definieron básicamente como arabo-musulmanas, se enfrentan medio siglo más tarde a un incremento inesperado y significativo de extranjeros, es decir a la presencia de una diversidad religiosa, lingüística y de personas desconocida desde hacía décadas. Al igual que en muchos países Occidentales o emergentes, gestionar esta creciente multiculturalidad será uno de los retos de los próximos años en el Magreb.

 

Juan David Sempere Souvannavong es profesor en el Departamento de Geografía Humana de la Universidad de Alicante. Participó en el curso “Diásporas e interculturalidad en el siglo XXI” organizado por la Red de Casas en la Escuela Diplomática de Madrid. Participó 4 en el seminario “Las relaciones entre España y el Magreb en la actualidad” en el Aula Magna de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Alicante, que se celebró el pasado 4 de octubre

 

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