Haizam Amirah Fernández: “El apoyo incondicional de Biden y Harris a la guerra de Netanyahu ha sido factor desmovilizador del voto demócrata”

Símbolos republicano (elefante) y demócrata (burro), junto a la bandera estadounidense sobre un mapa de Oriente Medio.

El resultado de las elecciones presidenciales de Estados Unidos celebradas el pasado 5 de noviembre de 2024, sin duda, tendrá un impacto considerable en Oriente Próximo. De hecho, el apoyo incondicional de Biden a Israel en este conflicto parece haber pasado factura a los demócratas, junto a otros asuntos de política interna, en los que la candidata Kamala Harris no ha sabido marcar distancias con su jefe.

Ésta y otras cuestiones relacionadas con las repercusiones en el espacio mediterráneo de la abrumadora victoria electoral de Donald Trump las abordará Haizam Amirah Fernández, analista y profesor especializado en el mundo árabe contemporáneo y reconocido experto en política exterior de EE. UU., el próximo martes 12 de noviembre a las 19 horas en Casa Mediterráneo. El encuentro es de entrada libre hasta completar aforo y con emisión en streaming a través del canal de YouTube de la institución diplomática.

En estos comicios pocas regiones del mundo sentirán los efectos del resultado de las urnas tan directamente como Oriente Próximo, una zona sumida en una espiral de violencia desde el ataque de Hamás a Israel el pasado 7 de octubre de 2023 y la devastadora respuesta israelí. Como principal aliado de Israel, Estados Unidos tiene un papel clave en la evolución geopolítica de la región.

¿Cuál ha sido el efecto de la administración Biden en el desarrollo de los acontecimientos durante este último año de conflicto en Oriente Próximo? ¿Qué implicaciones tendrá para la región el regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos? En esta entrevista, Haizam Amirah Fernández nos ofrece algunas esclarecedoras respuestas.

En el espacio ‘La noche en 24 horas’ de TVE, el pasado 1 de octubre (más de un mes antes de la celebración de las elecciones presidenciales estadounidenses), usted afirmó: “La guerra de Biden en Oriente Medio puede ser la derrota de Harris en EE. UU.”. ¿Cree que la posición de Joe Biden y de Kamala Harris en este conflicto, apoyando a Israel en la guerra de Gaza y el Líbano, ha sido tan determinante a la hora de orientar el voto de los estadounidenses?

Haizam Amirah Fernández.

Creo que ha sido un factor más de desmovilización de una parte del electorado demócrata. Era suficiente que un porcentaje pequeño de los potenciales votantes demócratas se quedara en casa el 5 de noviembre, influidos por distintos motivos, como la economía y la inflación, de los que se ha hablado mucho. Pero hay otras causas. Todas las encuestas de opinión en Estados Unidos durante un año mostraban que los votantes demócratas e independientes – al hablar de márgenes pequeños, estos últimos son importantes- estaban ampliamente a favor de un alto el fuego humanitario en Gaza. Y es algo que no escuchó la administración de Biden y Harris, que mantuvo el apoyo con armas a gran escala a Israel y con vetos en el Consejo de Seguridad impidiendo un alto el fuego.

Y esto se ha asociado al elemento económico, sobre todo entre jóvenes estadounidenses que tienen dificultades para pagar sus estudios y el seguro médico, mientras veían que la administración de Biden y Harris enviaba armas a Israel por valor de decenas de miles de millones de dólares. Esto, se unía al hecho de que observaban en sus móviles imágenes del sufrimiento extremo de la población civil en Gaza. Todo ello ha sido un factor desmovilizador, que no ha provocado que hubiera más votantes, sino todo lo contrario. Y basta con unos márgenes estrechos en los llamados “estados bisagra” (swing states, en inglés), que es lo que hemos visto, del dos, tres o cuatro por ciento.

Sigo defendiendo mi tesis que expresé en dicha entrevista en Televisión Española: Si Harris no marcaba una diferencia con su jefe, le pasaría factura. También hay que pensar que el apoyo incondicional de Biden y Harris a la guerra de Netanyahu fue un factor movilizador de votantes republicanos, pues Trump repitió hasta la saciedad que con él Estados Unidos no iría a guerras en el exterior.

La gente está cansada de las guerras en Oriente Medio y en Ucrania, y su desembolso gigantesco, además sin ver resultados; al menos, esta es la percepción. Por lo tanto, creo que la guerra de Gaza ha sido un factor que ha movilizado y desmovilizado en los márgenes suficientes para que Harris perdiera los estados bisagra. De los siete swing states, Harris ha perdido los siete.

El único que no tiene prisa por acabar la guerra, más bien todo lo contrario, que es alargarla lo máximo posible, es Netanyahu.

Con la victoria de Trump y su llegada a la Casa Blanca en enero de 2025, ¿qué se puede esperar de su política hacia Israel y la región de Oriente Próximo?

Aquí hay muchas incógnitas y dos lecturas. En el corto plazo, la coalición de Gobierno israelí, encabezada por Netanyahu y formada por extremistas y mesiánicos, ha mostrado su enorme satisfacción con la elección de Trump porque entiende que va a dar vía libre a sus planes.

Hasta el 20 de enero va a haber un periodo intermedio muy peligroso con la administración saliente y con una tensión que es la siguiente: A Trump y a los dirigentes árabes les corre prisa que acabe la guerra en Gaza y el Líbano. Los dirigentes de Arabia Saudí, de Jordania, Egipto, Emiratos y Qatar, entre otros, quieren que la guerra pare cuanto antes por motivos de política interna y de rechazo a la reacción asalvajada de Israel. El único que no tiene prisa por acabar la guerra, más bien todo lo contrario, que es alargarla lo máximo posible, es Netanyahu. La principal razón es porque sabe que en el momento en el que se declare el cese de la campaña militar israelí, él perderá el puesto de primer ministro, perderá la inmunidad y acabará muy probablemente en la cárcel.

Entonces, ¿a Netanyahu el principal interés que le guía para seguir con la guerra de Gaza es de índole personal?

Así es. Él va a lo personal, mientras que sus aliados de gobierno van a lo mesiánico: el proyecto de ocupación, anexión y expansión. Por lo tanto, creo que este choque va a ser clave a la hora de gestionar las expectativas. Además, hay una diferencia añadida: Joe Biden ha sido un presidente profundamente ideológico en lo referente a Israel. Él se ha declarado, muchas veces en público, como un ferviente sionista. Y ha dicho que no hace falta ser judío para ser sionista, lo cual es cierto. Mientras Trump no es ideológico, sino transaccional, y va a estar abierto a escuchar distintas ofertas para ver cuál es el mejor postor.

Ahí hay muchas consideraciones, algunas de política interna, pero también Trump va a escuchar a los dirigentes árabes, sobre todo del Golfo por su poderío económico, algo que no ha hecho en más de un año Joe Biden. Y esto posiblemente genere otro choque más, porque lo que pidan los dirigentes del Golfo puede no encajar con el deseo de Netanyahu y sus aliados de victoria total, que es lo que están repitiendo, aunque nadie entiende muy bien a qué se refieren con “total victory”.

Se puede intuir…

Algunos entienden esa victoria total como la anexión de Gaza y Cisjordania y la expulsión de los palestinos. Esto, los dirigentes árabes bajo ningún concepto lo pueden aceptar, aunque sólo fuera por el hecho de que su población se les sublevaría. Además, un Israel desbocado como este no es algo con lo que se sientan cómodos los dirigentes árabes, por muy cínicos que sean.

El hecho de haber demonizado las movilizaciones en las universidades ha desmovilizado a parte de esta juventud que no quiere vivir en un mundo regido por la ley del más fuerte y la violencia extrema.

Otra cosa que ha señalado, que me parece muy significativa, es la imagen de continuidad que ha ofrecido Kamala Harris durante la campaña electoral. De hecho, en una entrevista que le hizo la cadena de televisión ABC, se le preguntó en qué se diferenciaría, en el caso de que ganara las elecciones, del mandato de Biden. Y ella respondió que en nada. Cuando justo lo que gran parte de los estadounidenses quería era lo contrario: un cambio, sobre todo porque los bolsillos de la clase media están maltrechos debido a la inflación de los últimos años. Aunque los datos de la macroeconomía sean favorables para el país, los de la microeconomía no parecen serlo.

Esa entrevista en el programa The View fue brutal. Efectivamente, no quedó claro cuál era el proyecto de Kamala Harris. Y ella en esa entrevista, que además los republicanos aprovecharon para repetirlo una y otra y otra vez, lo que vino a decir es: “Yo voy a ser más de lo mismo”. Precisamente, lo que muchos votantes demócratas estaban esperando oír era una cosa diferente, tanto en clave de política interna y economía.

Pero claro, también Gaza es un asunto de política interna. Las imágenes de incesantes crímenes de guerra que está viendo una generación joven están teniendo un gran impacto. Y, por ejemplo, el hecho de haber demonizado las movilizaciones en las universidades ha desmovilizado a parte de esta juventud que no quiere vivir en un mundo regido por la ley del más fuerte y la violencia extrema. A ello hay que añadir el factor de las redes sociales y de todas las campañas de influencia que se han llevado a cabo de una forma muy descarada en Twiter [actual X] con Elon Musk.

Toda esta suma de factores hizo que la administración Biden y Harris tuviera muy bajos índices de popularidad. Es verdad que los datos macroeconómicos parecen indicar que el país va muy bien, pero la economía doméstica y familiar no se percibe igual. Todavía falta un poco para conocer los resultados definitivos de la participación en las elecciones, pero ya se sabe que no ha habido un aumento grande de votos a Trump, sino una caída significante del voto a Harris, cuyo problema es que ha sido percibida por muchos como “Biden II”.

A los países árabes de la Península Arábiga no les interesa en absoluto una guerra regional abierta con Irán porque están en primera línea de fuego.

La política exterior de Estados Unidos con Trump en el poder va a experimentar un gran giro, a la luz de sus declaraciones, respecto al mandato de Biden. ¿Qué efectos puede tener en el Mediterráneo?

Un elemento que caracterizó la primera presidencia de Donald Trump fue su carácter errático e imprevisible en muchos momentos. Un ejemplo de lo que ocurrió entonces: la primera visita al exterior que hizo al llegar a la Casa Blanca en 2017 fue a Arabia Saudí; algo inaudito. Esto muestra un interés por su parte en centrarse en los países donde pueda hacer negocios, vender productos estadounidenses y atraer inversiones hacia Estados Unidos. Ahí los países árabes del Golfo están en una posición clave y sus dirigentes lo saben. Tienen experiencia tratando con alguien con el carácter de Donald Trump en lo personal, y en su mentalidad de hacer negocios y transacciones.

Lo que ocurre es que los países árabes, sobre todo del Golfo, en los últimos cuatro años han emprendido una diversificación de sus alianzas y relaciones con el exterior. No olvidemos que Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Egipto se han sumado a los BRICS (el grupo de las mayores economías emergentes del mundo). Han dado un giro también hacia Asia y han mantenido una posición ambivalente en el conflicto de Ucrania y hacia Rusia. Sobre todo, Emiratos Árabes Unidos que ha sido cercano a Trump y a su entorno, pero, al mismo tiempo, está sirviendo de lugar donde la oligarquía rusa del entorno de Putin tiene su respiradero.

Hay que añadir también el papel de Irán, al que la anterior presidencia de Trump aplicó la llamada “estrategia de máxima presión”. El riesgo es que, de continuar por ese camino, se pueda desembocar en una guerra regional, que, al menos hoy en día, está más cerca que en la primera presidencia de Trump. A los países árabes de la Península Arábiga no les interesa en absoluto una guerra regional abierta con Irán porque están en primera línea de fuego.

Esto va a poner a prueba cómo los gobiernos árabes van a relacionarse con la Casa Blanca de Trump, también las presiones que van a recibir, el intento de reactivar los llamados Acuerdos de Abraham (tendentes a la normalización de relaciones diplomáticas entre Israel y varios países árabes), que fueron una creación trumpista lanzada en 2020. Biden intentó aumentar la lista de países árabes que normalizaron las relaciones con Israel (Trump consiguió cuatro). Toda la política de Biden hacia Oriente Medio durante cuatro años se dirigió a conseguir que Arabia Saudí se sumara a la normalización de Israel. Ha sido un fracaso estrepitoso. Toda la política de Biden hacia Oriente Medio ha sido un sinsentido, que ha dejado un legado de mayor destrucción y odio.

Y lo que ocurre es que los términos para una normalización con Israel no van a ser los mismos en 2025 que los que fueron en 2020. Hay una dimensión interna de opinión pública en los países árabes que ve un Israel dirigido por mesiánicos belicistas.

En cuanto al Magreb, no hay que olvidar que Donald Trump se alineó totalmente con las posiciones de Marruecos en lo referente al Sáhara Occidental y a su relación con Israel. ¿Hasta qué punto una segunda presidencia va a ahondar en esa línea? Bueno, Marruecos consiguió lo que quería: el reconocimiento de su soberanía sobre ese territorio en disputa. A cambio, normalizó relaciones con el Estado de Israel. Eso tiene muchas ventajas para el Marruecos oficial, pero el Marruecos de la opinión pública es sumamente reacio a ello, lo que entraña otras limitaciones. Argelia sí que va a tener una mayor percepción de amenaza, precisamente porque Israel está ya muy implicado en los asuntos magrebíes con colaboraciones en materia de defensa e inteligencia con Marruecos, incluso en cuanto a la fabricación de material militar en ese país. Y esto es un aspecto inquietante para España.

Por último, ¿qué se puede esperar de las relaciones de Estados Unidos con la UE y la OTAN en la nueva era Trump?

A Trump no le interesa una Unión Europea fuerte. Eso lo dejó claro durante su primera presidencia. Lo que le interesa es bilateralizar cualquier relación y dar apoyo a las opciones de la llamada “derecha alternativa”, que suele coincidir con la extrema derecha. Ha repetido una y otra vez el nombre del primer ministro húngaro, Viktor Orbán, como alguien que merece todo su apoyo y como el ejemplo a seguir.

Evidentemente, Orbán es lo contrario a un proyecto de integración europea basado en unos valores y principios democráticos representativos y respetuosos con unas normas internacionales. Entonces, aquí surge la duda de si la Unión Europea sabrá leer esa amenaza que se cierne sobre ella y ahondará en su integración y su “autonomía estratégica” -de la que tanto se ha hablado- o si, por el contrario, puede producirse una desbandada por parte de unos dirigentes europeos débiles, en una suerte de “sálvese quien pueda”.


Por María Gilabert Almagro
Responsable de la revista Casa Mediterráneo