
En plena cuenta atrás para el Festival CETASEA 2026, hablamos con su padrino, el actor francés Jean-Marc Barr, figura clave de la película ‘Le Grand Bleu’ (1988) de Luc Besson, que los próximos 11 y 12 de junio llevará a Casa Mediterráneo un gran encuentro abierto al público dedicado a la protección de los cetáceos en el Mediterráneo.
Este evento gratuito —impulsado por la asociación sin ánimo de lucro CETASEA Europe y Casa Mediterráneo bajo el lema «Comprender. Conectar. Actuar»— reunirá a científicos, instituciones y ciudadanía en dos jornadas de charlas, debates y actividades divulgativas centradas en la biodiversidad marina, con la participación de entidades como el CIMAR de la Universidad de Alicante, el Marine Mammal Advisory Group o The Ocean Race.
Barr, cuya carrera quedó marcada por su icónico papel vinculado al imaginario del océano, mantiene desde entonces una estrecha relación con el mundo marino y con proyectos de conservación. En esta entrevista reflexiona sobre su relación con el mar y la naturaleza, la conciencia ambiental y el proyecto que apadrina.
«La relación de uno mismo con la naturaleza es algo que se desarrolla con el tiempo. Algunos tienen la suerte de crecer en ella, pero creo que es un sentimiento universal que todos llevamos dentro».
‘Le Grand Bleu’, conocida película del director francés Luc Besson estrenada en 1988 en la que participó, marcó a toda una generación en su relación con el mar. ¿Cuándo empezó en usted esa sensibilidad hacia él y los cetáceos: antes o después de la película?
Tuve mucha suerte. Cuando era adolescente viví en California y, durante un par de veranos, trabajé en barcos de pesca; el océano Pacífico estaba muy presente en mi vida. Por eso, cuando me pidieron que hiciera «El Gran Azul» (‘Le Grand Bleu’), ya tenía una base, aunque la relación de uno mismo con la naturaleza es algo que se desarrolla con el tiempo. Algunos tienen la suerte de crecer en ella, pero creo que es un sentimiento universal que todos llevamos dentro.
Quizás la ventaja de mi personaje en la película era que no hablaba mucho. Esa emoción de la que hablo no necesita palabras para explicarse: es nuestro vínculo con la naturaleza, con el universo, con el destino. Todo el proceso de rodar la película y bajar a 30 metros de profundidad durante cuatro meses, me dio la oportunidad de profundizar de golpe en ese sentimiento que ya vivía en mí.
Creo que el verdadero regalo de «El Gran Azul» —y lo que Jacques Mayol y Enzo Maiorca (apneístas legendarios del siglo XX cuya amistad/rivalidad deportiva inspiró la icónica película de Luc Besson) querían comunicar — es que provenimos del mar. Ese vínculo, ese acto tan sensual y espiritual que es bucear a 10, 20, 30 o 50 metros, esa bocanada de aire… Ahí se transmite todo lo que es el ser humano: nuestra insignificancia frente a la inmensidad, pero también nuestra conexión con la belleza y la eternidad de la naturaleza. Intentar participar en esa emoción y comunicarla fue mi aportación en la película, y es algo que, insisto, reside en todos nosotros.
¿Qué fue lo que le llevó a implicarse personalmente con proyectos como CETASEA y la conservación marina en el Mediterráneo?
Yo soy actor, no soy buceador. Hago teatro y hago películas. Sin embargo, debido a la imagen que dejó «El Gran Azul», siempre se me ha asociado con el mar y tengo una enorme relación con él. Cuando Frédérica Gilbert (fundadora de CETASEA) me pidió hace diez años que fuera el padrino de esta organización —que busca crear un refugio para mamíferos marinos heridos en la costa—, me resultó imposible negarme. Es una idea tan hermosa y, a la vez, tan necesaria. No colaboro con ninguna otra organización; prefiero concentrarme en una sola, y en este caso, era imposible decir que no.
En el festival se hablará mucho de ciencia, sensibilización, contaminación acústica y protección de cetáceos. ¿Cree que el cine y el arte pueden generar más conciencia que los datos científicos por sí solos?

Creo que nos enfrentamos a un gran cambio de paradigma en nuestra civilización. Cuando Frédérica empezó este proyecto hace una década, se topó con una gran indiferencia, porque vivimos en un mundo donde las corporaciones lo deciden todo y lo que realmente necesitamos es un cambio radical de perspectiva al pensar en el futuro. CETASEA representa precisamente esa nueva conciencia.
No me sorprende que España haya sido tan sensible a esto, de hecho, hoy en día se muestra más receptiva que Francia. España es probablemente uno de los países más progresistas del continente en este aspecto y sabe reconocer el valor de estas iniciativas. Desde que Frédérica llegó aquí, ha encontrado un lugar donde desarrollar su proyecto.
Ese esfuerzo, ese empeño tozudo, es la chispa necesaria para la educación ciudadana. Nos ayuda a entender de forma evidente problemas a los que no nos han educado a prestar atención, como la contaminación acústica que generan los barcos y la polución. Por eso creo firmemente en el poder de este tipo de proyectos.
Han pasado casi 40 años desde ‘Le Grand Bleu’. ¿Diría que hoy entendemos mejor a los cetáceos… o que seguimos mirando el océano con demasiada distancia?
No sé si han seguido lo que ha estado pasando con el delfinario Marineland en Antibes (Francia). Tenían orcas en cautividad y se han visto obligados a cerrar porque ya no se permiten los espectáculos con animales. El problema ahora es que no saben qué hacer con ellas, porque trasladarlas podría matarlas.
Yo crecí en los años 70 en California, donde el SeaWorld de la época (parque temático, acuario y zoológico marino) contrataba a adolescentes para ayudar a entrenar delfines. La forma en que tratábamos a los animales en aquellos días era de una total inconsciencia. Creo que lo que ocurre hoy es muy diferente: hay una conciencia real y una responsabilidad que, al menos en las generaciones más jóvenes, se está arraigando. A mí me alegra enormemente poder participar en este cambio, pero sé de dónde vengo; me crie en bases militares, que son precisamente algunos de los mayores contribuyentes a esa antigua falta de sensibilidad.
El Mediterráneo atraviesa problemas muy serios: ruido submarino, contaminación, pérdida de biodiversidad… ¿Qué le preocupa más cuando piensa en el futuro del mar?
Quiero creer que habrá un cambio en el futuro, y pienso que hoy somos algo más conscientes que el siglo pasado. Sin embargo, ahora mismo atravesamos un contexto con dos guerras activas y se nos impone una visión ferozmente capitalista del mundo. Es extremadamente difícil mantener una idea utópica del futuro cuando estamos hasta el cuello de problemas.
Por eso me impresiona tanto lo que Frédérica y CETASEA han organizado. Para lograr algo así hay que ser muy testarudo, y ella ya ha conseguido inspirar a la gente y asegurar un espacio físico. Es esa clase de resistencia obstinada la que de verdad cambia las cosas.
A nivel personal, tuve la inmensa suerte de formar parte de «El Gran Azul». No soy buceador profesional, pero sigo bajando a diez metros y mantengo una relación con el mar que es espiritual, casi eterna. Para mí, en una sola bocanada de aire, puedo descender y vivir una vida entera. Ahora tengo 65 años, y estas sensaciones son el tipo de cosas que me llenan.
«Me gustaría transmitirle a los jóvenes que no existen las fronteras, solo hay un planeta. El respeto a la naturaleza debería convertirse en una especie de religión».
Por último, en este festival participarán muchos jóvenes y estudiantes. ¿Qué mensaje le gustaría transmitirles sobre su relación con el océano?
Que no existen las fronteras. Solo hay un planeta. Hemos pasado por religiones, reyes y naciones, y ahora tenemos una tecnología que hace posible borrar gradualmente esas fronteras para concentrarnos únicamente en la naturaleza. Si el respeto a la naturaleza pudiera convertirse en una especie de religión, sería maravilloso. No creo en los cuentos de hadas, pero el objetivo debe ser ese: hacer entender a la gente que lo que hacemos contra la naturaleza lo estamos haciendo contra nuestro propio futuro.
Aun así, hay un pensamiento que me mantiene en paz: si al final todo esto nos lleva a la eliminación de los seres humanos del planeta, me digo a mí mismo que, visto desde la inmensidad del universo, tampoco pasa nada.
Por Gemma Belén
Técnico de áreas, Casa Mediterráneo
