Ramón J. Soria Breña: “El problema fundamental que tienen nuestros ríos es, sobre todo, el olvido”

Bajo el inequívoco título España no es país para ríos. Viaje por las aguas que una vez amamos (Alianza Editorial, 2023), el antropólogo y escritor Ramón J. Soria analiza, de una manera muy personal y cercana, la situación que atraviesan cuarenta de los cerca de 30.000 ríos que recorren las tierras de nuestro país. Un desolador viaje que evidencia el olvido al que están sometidos los ríos, gravemente deteriorados por varios factores derivados de la actividad humana, sumada al cambio climático, y que da un toque de atención a la sociedad antes de que sea demasiado tarde. Pero, sobre todo, el libro es un canto a toda la cultura ribereña, una cultura que en muchos casos se ha malogrado junto a la pérdida de los ríos.

Ramón J. Soria estará el próximo 31 de enero a las 19 horas en Casa Mediterráneo para analizar la situación de los ríos españoles y toda la riqueza que se desprende de los mismos. El encuentro, que será presentado por Rosalía Mayor, presidenta de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante (APPA), podrá seguirse en directo de forma telemática a través del canal de YouTube de la institución.

Ramón J. Soria Breña (Jarandilla de la Vera, 1965) trabaja como consultor en investigación de mercados y estudios políticos. Durante treinta años ha investigado los cambios en los hábitos alimenticios de los europeos, las políticas agroalimentarias y los nuevos usos sociales de la llamada España vacía. Es Premio de Investigación de la U.C.M. en el Área de Ciencias Jurídico-Sociales por la investigación “Opulencia y Salud. La automedicación en España”. Es un gran conocedor de los ríos de España, tanto de su historia cultural y de la biodiversidad que atesoran, como de su actual degradación debida al uso irracional que damos a sus aguas, a erráticas políticas energéticas y a la falta de valientes medidas medioambientales. España no es país para ríos es su segundo ensayo en defensa de los ríos de España, aventura que comenzó con Los ríos salvajes (2017). También ha escrito novelas (El Barco Caníbal y Los últimos hijos del lince), libros de relatos (Artes de río, Los dientes del Corazón y Partes de Guerra) y recetarios (En la mesa con amigos. De Finisterre a Hendaya, Las mejores recetas de cocina de caza y pesca y Cocinar es un cuento). En la actualidad es colaborador de la revista digital CTXT, la Cadena Ser y Canal +.

En esta entrevista, nos anticipa algunos de los asuntos que abordará en su charla en Casa Mediterráneo.

El título del libro recuerda al del escritor estadounidense Cormac McCarthy, ‘No es país para viejos’. ¿Es toda una declaración de intenciones?

Sí, totalmente. En cuanto empecé a investigar el tema en mayor profundidad me di cuenta de que, sobre todo durante los últimos 50 o 60 años, sistemáticamente hemos ido maltratando nuestros ríos, con la paradoja de que cada vez los estamos utilizando y necesitando más. Los maltratamos sin ningún tipo de prejuicio, sabiendo además que ese maltrato al final va a pasar factura y no sólo a la fauna, a los animales que viven en el agua, sino también a nosotros como usuarios.

Cuando me acerco a los ríos conozco los datos de cada uno, pero lo emocional está en las personas que vivieron o viven al lado de sus riberas.

Este libro se basa en su cocimiento directo de 40 ríos de España y a muchas lecturas. Es testigo de los efectos de años de vertidos de residuos, abandono, construcción de pantanos y otros factores que han abocado una situación desoladora.

En el libro he intentado huir de los datos. Desde el principio, la tesis con mi editor era no cansar al lector con datos de todo tipo, de abuso de los acuíferos, de contaminación… que están disponibles en Internet. Soy sociólogo y los datos estadísticos son mi herramienta de trabajo, pero me di cuenta de que éstos no estaban funcionando, no estaban activando la conciencia de la sociedad española con respecto a esta situación y la única forma de contarlo era desde un lugar más emocional.

Cuando me acerco a los ríos conozco los datos de cada uno, pero lo emocional está en las personas que vivieron o viven al lado de sus riberas. Y eso quería tocar, tanto en el título como en el tratamiento del ensayo. Quise que fuera un ensayo literario y no sociológico, ni económico ni ideológico. Eso era clave y, además, al final me di cuenta de que -y esa es la tesis del libro- el problema fundamental que tienen nuestros ríos no es solamente la sequía, la contaminación, el abuso o mal uso de las aguas, sino, sobre todo, el olvido de la sociedad con respecto a su valor.

Lo hemos olvidado especialmente porque no los utilizamos. Los usamos para regar, para evacuar nuestros desechos, pero es un uso práctico. Antes había otros usos. A lo largo de la redacción de este libro encontré que hasta hace poco tiempo todavía había ribereños que recordaban cómo eran esos usos, más responsables, mínimos, y que la circulación del agua era más rápida. Mantuve conversaciones con pescadores de río, barqueros, huertanos que utilizaban el agua del río sin necesidad de grandes infraestructuras hidráulicas, gente que lavaba y se bañaba en el río. Todo eso poco a poco ha ido desapareciendo. Ya tenemos lavadoras, piscinas, grandes infraestructuras hidráulicas para llevar el agua a cualquier lugar para regar, ya no hay barqueros, por supuesto; ese uso profesional que algunas personas hacían de los ríos ya no está.

Ahora utilizamos los ríos para regar y para evacuar nuestras alcantarillas tras depurar o no el agua. Y se ha olvidado todo lo demás. Ni siquiera la gente pasea por los ríos. En algunos casos se ha intentado renaturalizar las riberas de esos ríos que pasan por ciertos pueblos o ciudades, pero se recupera un trocito de ese río urbano y no todo lo demás, por encima o por debajo, que sigue estando tan mal como siempre. E incluso cuando he estado hablando estos meses con periodistas sobre este tema, veía que todo se centraba en el tema de la sequía, cuando se trata de un problema mayor. La sequía es un valor práctico. Necesitamos el agua para regar, para beber, para llenar las piscinas, para que la industria funcione, pero más allá de ese uso práctico económico los ríos tienen otros muchos valores. Y de eso quería hablar en el libro.

Libros de Ramón J. Soria Breña.

En uno de los capítulos aborda el tema del Trasvase Tajo-Segura, vital para la huerta murciana y no exento de polémica.

El tema de los trasvases es muy largo. Tendríamos que remontarnos incluso a Joaquín Costa. El porqué de los trasvases y de las grandes infraestructuras hidráulicas que se hicieron durante la época del Franquismo viene de mucho más atrás. Joaquín Costa y todos los regeneracionistas de finales del XIX vieron un asunto que hemos olvidado y era que en España había problemas graves de carestía de alimentos, de modo que el lema que guiaba todos los proyectos era “escuela y despensa”. Montar escuelas para que el analfabetismo disminuyera. Y el objetivo de la despensa consistía en poner en valor tierras de cultivo de secano porque no había suficientes alimentos que se produjeran en España para alimentar a la población. Los grandes proyectos hidráulicos que se hicieron antes y durante la República y el Franquismo iban orientados a ello. Además, por medio se metió el boom de las necesidades eléctricas, lo que hizo que las presas no sólo fueran infraestructuras destinadas a regar diferentes zonas de España, sino también para generar una energía eléctrica con una creciente demanda. En ese contexto se plantea el trasvase Tajo Segura porque las tierras de Badajoz y del Segura del Mediterráneo son muy ricas siempre que tengan agua, porque no hay heladas como en el norte de España y son de fácil cultivo, sin pedregales.

El agua del Tajo, realmente, no se utilizaba para nada, llegaba a Lisboa, y era un proyecto plausible utilizar una parte. De la mayoría del agua del Tajo, sobre todo después de las presas de Entrepeñas y Buendía, que son las que dan agua al Levante, el único uso que se hace es hidroeléctrico. Iberdrola tiene cinco o seis grandes presas en explotación y no se hicieron para regar, sino para producir energía eléctrica. Y hoy en día, su función fundamental es ésa.

¿Qué pasa con el Trasvase Tajo Segura? Después del Franquismo y con la llegada de la democracia, los pueblos ribereños de zonas deprimidas de esa España vacía, Guadalajara, sobre todo, se dieron cuenta de que esa agua valiosa, que estaba enriqueciendo, legítimamente, esa parte del Mediterráneo no enriquecía esa parte de Guadalajara. Y empezaron reivindicaciones regionales utilizando un concepto que es falso. Mucha gente piensa que la propiedad del agua es de los ribereños de las zonas por donde pasa el río, cuando no es así. El agua de los ríos es de todos los españoles, pero mucha gente no lo sabe. Si rastreas el marco de protección legal del agua desde la época de los visigodos, todos los reyes hicieron una especial protección para que siempre se considerase un bien público. Eso hacía que hubiera multas y condenas de cárcel si abusabas del agua, si la robabas, contaminabas o envenenabas. Ese valor de lo público era importante. Ahora no. Hemos perdido esa conciencia de que las aguas de todos los ríos son nuestras e incluso hay gente que piensa que es del Estado o de la comunidad autónoma. Pero el agua es un bien común, público, y el Ministerio de Transición Ecológica, a través de las confederaciones hidrológicas, lo gestiona. Por eso, era plausible, desde ese contexto legal y político, que se utilizara una parte del Tajo para regar las huertas del Levante en un momento de boom de demanda de productos hortofrutícolas de Europa. ¿Qué ha pasado? El cambio climático, sobre todo, está ocasionando que en los últimos 20 años las aguas que circulan por el Tajo cada vez sean menos abundantes. Y, sin embargo, las demandas de agua para regar el Levante cada vez son más, a lo que se une el conflicto con los ribereños de esa parte de Guadalajara que reivindican que es suya y debe quedarse allí.

Es cierto que en parte del Levante ha habido una modernización de los regadíos que no se ha producido en otro lugar, pero también es cierto que cada vez hay menos agua disponible en el Tajo para ese tipo de uso. Ésa es la tensión. Podríamos hablar largo y tendido hasta el infinito. Esas tensiones van a seguir produciéndose. Se introducen cuestiones técnicas sobre la cantidad de agua disponible que se puede detraer del Tajo para llevar al Levante. Lo cierto es que, en los últimos años, si te paseas por el Tajo, por debajo de Entrepeñas y Buendía, el agua que pasa es poquísima. A su paso por Toledo o Talavera es muy escasa y además está muy contaminada. Madrid sigue contaminando de forma grave el agua del Tajo y todos los sucesivos embalses están pasando agua contaminada que apenas tiene un uso para regar cuatro huertas y poco más. Ése es el grave problema que tiene el Tajo. No da para mucho más, seguimos utilizando el agua como si no hubiera un mañana e incluso aunque haya alternativas como las desaladoras -cuya agua es mucho más cara- o las aguas subterráneas.

Para mí es un tema infinito, porque además el Tajo es el río de mi infancia. Casi constituye el motivo para escribir este libro, porque además yo veraneaba en el Levante, en Valencia, y veía ese fuerte contraste entre los afluentes del Tajo y los del Júcar y Segura, donde apenas circulaba agua en verano y se usaba para regar. Ese contraste se mantiene y lo que me gustaría resaltar es que, volviendo al tema del olvido, a pesar de que el Tajo tenga poca agua, y el trasvase requiera decisiones políticas que hacen que salgan sarpullidos a las autoridades de las comunidades autónomas, antes de la toma de Entrepeñas y Buendía, incluso en agosto, casi todo el río corre limpio, aunque mucha gente no lo sabe.

Muchas veces llevo a amigos a conocer el alto Tajo y si fueran allí con los ojos cerrados pensarían que están en Suecia, Noruega o cualquier país de Centroeuropa. Es un río con un bosque frondoso, agua azul, abundante y limpia durante todo el año. He estado este año recorriendo el río Soča en Eslovenia, desde el nacimiento hasta la desembocadura en Italia, y éste, que es de aguas turquesas, me recordaba mucho al alto Tajo. Sin embargo, cuando pasas Entrepeñas y Buendía es otro mundo: un río turbio, con poquísima agua, que huele mal, todos los indicadores muestran que tiene gravísimos problemas y lo aberrante es que a nadie le importa. Eso lo he visto, además, con todos los ríos de España. Aunque haya sequía y cambio climático, en las cabeceras, las partes altas de casi todos los ríos de España, es agua es cristalina, más o menos corre el agua durante todo el año, hay una flora y una fauna alucinante, y no nos lo merecemos. Los sucesivos gobiernos están protegiendo esas cabeceras a través de una figura que son las reservas fluviales, pero realmente son cabeceras que se han protegido a sí mismas porque en esa parte de los ríos no hay agricultura, ni pueblos, ni vertidos, y es una maravilla visitarlas. Te imaginas cómo habrían sido los ríos en España hasta su desembocadura hace 500 años.

La contaminación, por lo que ha podido comprobar personalmente, es un mal generalizado en la mayoría de los ríos españoles. Si legislación debe proteger estos ríos, ¿qué es lo que está pasando?

En los tramos medios y bajos, los ríos están contaminados. Hay una normativa europea estricta que impone multas si no la cumplimos. Todas las aguas urbanas las deben verter las ciudades depuradas. Eso ocurre, salvo excepciones. Y cuando hay ciudades que vierten aguas poco depuradas, la Unión Europea y todo el sistema de vigilancia de la calidad del agua hace que se multe al Estado español. De esas aguas urbanas, nosotros, todos los ciudadanos, pagamos un canon para que sean depuradas. Eso no ocurre con las aguas agrícolas, que son una parte de la contaminación que no se considera. Las aguas agrícolas, o bien por escorrentías o por filtración, llegan a los acuíferos de los ríos. Contienen un montón de pesticidas y fertilizantes que hacen que las aguas se contaminen gravemente. Y ese tipo de contaminación, que los expertos llaman “contaminación difusa”, por ahora la Unión Europea no la persigue.

Quien más está contaminando las aguas fluviales es la agricultura. Y no sólo esas aguas. Por ejemplo, respecto a la sequía en Cataluña y en otros lugares de España, nos estamos dando cuenta de que se están contaminando las aguas subterráneas, de las que directamente beben unos 14 millones de españoles. Detrás de ello está la agricultura, pero también la ganadería, que ha crecido de forma desorbitada en España. Los purines o desechos son un estupendo abono orgánico que se distribuye por la tierra. Si se hace una o dos veces al año, el cereal crece mejor, pero si se hace ocho o diez veces todo ese alimento para las plantas acaba en los acuíferos. Cuando pensamos en la contaminación de los ríos, hay riadas que arrastran todo al mar, pero en el caso de los acuíferos si se contaminan son muy complicados de limpiar porque no hay ni escorrentías ni crecidas, de modo que los vertidos se quedan ahí durante cincuenta, ochenta o cien años. Ahora, con la sequía, estamos intentando echar mano de esas aguas y de pronto te das cuenta de que no puedes utilizarlas para beber. Esa contaminación subterránea es un problema grave e invisible. Las granjas de cerdos en España proliferan por todas partes. Me recorrí los Monegros el otro día, una zona totalmente despoblada, donde vi cientos de granjas de cerdos con su piscina de purines que luego se utilizan para abonar de forma intensa el campo.

Ramón J. Soria Breña.

En uno de los capítulos del libro recoge los testimonios de un grupo de ancianos que cuando eran jóvenes pescaban en el Río Tiétar. En aquel entonces, se capturaban peces de río para autoconsumo y su venta en mercados. ¿Toda esa cultura en torno a los ríos se ha perdido?

Esa cultura se ha perdido por muchas razones. Ya no comemos peces de río, sólo de mar. Eso en Europa no ocurre, donde los peces de río se siguen consumiendo y uno de los factores para impulsar la recuperación de los ríos en el mundo es, entre otras cosas, el valor de su pesca.

A mí los peces me han servido para recuperar esa cultura fluvial; son un pretexto para hablar de la biodiversidad y de la vida que hay debajo del agua, que es invisible y va más allá de los peces, integrada por muchos más animales y plantas. Están todos los macroinvertebrados, los anfibios, y ahí lo relevante es que frente a otros países europeos donde en esa biodiversidad son más homogéneos, cuando hablas con limnólogos, los expertos en ecosistemas fluviales, dicen que España en ese aspecto es muy diversa porque los ríos son muy distintos. Hay microsistemas por todas partes y un río puede tener un tipo de fauna y cinco kilómetros más abajo una fauna radicalmente distinta, con especies autóctonas muy diferentes. Entonces, cuando conservas un río importa preservar no solamente unos kilómetros, sino su totalidad, porque esa riqueza biológica es formidable. Y, sobre todo, además, en el caso de España es más exagerado, porque si nos centramos en los peces, la mayoría son migratorios. Uno piensa que el único pez migratorio es el salmón, que pasa la mayor parte de su vida en el mar y luego vuelve para desovar, pero el 90% de los peces de la península hacen pequeñas o grandes migraciones dentro de los ríos. Eso es importante porque cuando hacemos un azud muchas veces estamos impidiendo las migraciones que las bogas, los barbos, los cachuelos y las bermejuelas necesitan para desovar. Eso se pierde y se rompe si hay contaminación y presas.

Se ha olvidado el valor comercial de esos peces cuando se vendían en los mercados, anguilas, esturiones… Todo eso nos lo hemos ido cargando en España. El caso de la anguila es paradigmático porque era el pez más abundante en todos los ríos de España. Hasta el río de montaña más perdido del país tenía anguilas. Ahora es un pez en peligro de extinción, tanto en Europa como en España. Apenas quedan en los estuarios y en los primeros tramos de las desembocaduras de los ríos porque la anguila, que es un pez migratorio formidable, no puede subir el río al haber sucesivas presas y azudes, y aunque las veas reptar los muros se lo impiden.

La idea es utilizar los peces para decir que teníamos una riqueza que permitía competir al caviar del Guadalquivir con el iraní y el ruso y duró 30 años porque hicimos, sin pensarlo, dos presas en ese río y los esturiones se han extinguido allí. Así ha ocurrido con el resto de los peces. Cuando hablaba de los últimos pescadores profesionales con licencia del Tajo, me decían que pescaban 300 kilos de bogas que sus mujeres luego vendían por los pueblos y vivían de eso. Estamos hablado de los años 40 y 50. Esa riqueza piscícola, que es un indicador formidable de la calidad del agua de los ríos, ya no existe. Ahora esos ríos están contaminados.

El problema de la mayoría de las especies exóticas es que han encontrado ecosistemas exóticos.

Al problema de la desaparición de las especies autóctonas, se añade el problema de la presencia de especies invasoras. ¿Cuál es la envergadura de este fenómeno en España?

Hay que pensar que las especies exóticas son un problema mundial y hay que hablar tanto de peces como de especies vegetales que están colonizando nuestras aguas y compitiendo con las especies autóctonas. El problema de la mayoría de las especies exóticas es que han encontrado ecosistemas exóticos. Es decir, proliferan en España por esa razón. ¿Cómo eran los ríos españoles antes de que surgieran los ecosistemas exóticos? Eran ríos muy tumultuosos, con grandes crecidas en invierno, con aguas generalmente frías que arrastraban a todo bicho viviente. Entonces, los peces españoles -los barbos, las bogas, las truchas, los salmones- estaban adaptados a esas enormes crecidas. ¿Qué pasó con el boom de los grandes embalses y los azudes en España? Que ríos tumultuosos de aguas frías y claras se convirtieron en estanques de aguas paradas y más cálidas. A esos embalses hay que considerarlos ecosistemas exóticos, donde han proliferado especies exóticas, como lucios o siluros, que en ocasiones fueron liberadas por algunos pescadores desaprensivos, pero que no habrían proliferado si no se hubieran encontrado esos ecosistemas exóticos perfectos para vivir.

Otro tema que aparece en el libro es el de las minas, las abandonadas hace años y las que se puedan abrir para atender la demanda de los dispositivos electrónicos.

Ahora, todas las minas abandonadas están muy vigiladas, monitorizadas, se hacen análisis periódicos. Puede haber problemas en zonas de río que están limpias debido a que las lluvias o las correntías arrastren sustancias tóxicas, pero las minas están vigiladas por el Estado. Hay enormes montañas de desechos mineros que no se pueden mover y ese problema de las correntías en algunas partes de Cantabria, Asturias y Galicia lo vamos a seguir teniendo, pero están vigiladas.

Actualmente, la Unión Europea necesita un montón de minerales estratégicos. La pandemia y las tensiones bélicas nos han recomendado que tengamos nuestras propias minas para obtener ese tipo de minerales y ya hemos olvidado que las minas no solamente son agujeros que se hacen en la tierra y ahí se quedan, sino que además necesitan del agua para su explotación, para diferentes procesos industriales, para lavar el mineral… Y en España el agua se utiliza en un 80% para la agricultura, de modo que no hay mucha agua excedentaria para ese uso minero. Luego, los usos mineros producen contaminaciones muy graves, que también tienen que ser controladas. Todas las empresas mineras te juran y perjuran que van a respetar y cumplir la legislación vigente, que las balsas que se hagan no van a tener conexión con los ríos y no va a haber escapes. Pero sabemos, por nuestra historia minera, que cuando esa explotación se acaba la empresa minera se va y nos queda la laguna llena de veneno, que alguna vez puede sufrir filtraciones, puede reventar el muro como en Aznalcóllar y producirse desastres naturales en el futuro.

Las minas son necesarias. Toda nuestra industria y nuestro desarrollo depende del sector minero y a todos los parece bien que haya minas en el Congo y en China, que no contaminen nuestros ríos, pero si de pronto Europa considera que necesitamos minas en territorio europeo, puede ser un desafío y un problema grave por la contaminación y el uso del agua que se haga en esos lugares donde se exploten. Y, además, la cicatriz minera va a quedar para siempre. Cuando se cierre la mina vamos a tener cientos de años ese problema que estamos dejando a los españoles del futuro. Con eso no contamos. Cerramos los ojos.

Además, en el horizonte hay proyectos de hidrógeno verde. Hay empresas que dicen que van a producir hidrógeno verde con los excedentes de electricidad de las plantas solares y eólicas. El hidrógeno verde se genera utilizando el agua disponible para romper la molécula y el residuo es oxígeno. Esa agua se detrae de la agricultura, del uso urbano… no es infinita. Volviendo al tema del olvido, pensamos que el agua era infinita. En España llovía mucho, pero ahora nos estamos dando cuenta de que el agua limpia y dulce no es tan abundante en España como en otros países. De los 60 glaciares que había en el Pirineo a principios de siglo, ahora quedan 15 y además han perdido el 80% de su masa de hielo. Esos eran los glaciares de los que bebían los afluentes de la cuenca norte del Ebro. Podrá llover mucho o poco, pero esa agua de los glaciares o neveros, que hacían que el Ebro mantuviese su caudal en verano, ya han dicho los glaciólogos que en 15 o 30 años van a desaparecer. Cuando desaparezcan, vamos a tener un problema en el caso del Ebro mucho más grave del que tenemos ahora.

¿Qué soluciones puede haber frente a la escasez de agua?

Se tiene a pensar en las desaladoras, pero el agua del mar es mucho más cara y además produce un residuo que también ocultamos, el de la salmuera. Con un tubo lo soltamos al mar y donde cae muere todo. Como no se ve, no nos importa. La tecnología no soluciona todos los problemas de agua que tenemos en España. Por ejemplo, si hablas con historiadores te dirán que hace 3.000 años el norte de África era como el sur de España, un lugar donde llovía a veces, pero los ríos tenían agua. Ahora, si recorres todos los cauces secos de Argelia, el norte de Egipto o de Libia, todos esos ríos tan sólo son cauces secos, a los que llaman wadis.

El riesgo de que nuestros ríos se conviertan en wadis, en ríos secos por los que corre el agua solamente una vez cada equis años, existe. España tiene muchos microclimas que dependen de esos bosques de ribera, de que la tierra esté húmeda, lo que se llama “humedad edáfica”, de que los acuíferos no estén a cien metros, sino a nivel del suelo. Eso hace que se concentren nubes, que haya niebla y que el ciclo del agua se mantenga. Si de pronto nos cargamos el río, los bosques de ribera y la humedad edáfica cambia hay partes de España que se convertirán en desiertos, que van a ser irrecuperables. No es un problema a cien años vista, sino a veinte o treinta años. El cambio climático ya lo estamos viendo con nuestra subjetiva experiencia vital.

Ramón J. Soria Breña.

En el libro cuenta que llegó a conocer al barón Thyssen, quien adquirió el cuadro “El pescador de truchas”, de John Frederick, que puede admirarse en el museo de Madrid. ¿Qué singularidad tiene esta pintura?

Hay toda una tradición pictórica en Europa y, sobre todo, en Estados Unidos, que es la de los plenairistas, En plein air en francés, que puede traducirse como a pleno aire. La tecnología en la fabricación de pinturas permitió poder llevarlas en un tubito, lo que facilitó que muchos pintores pudieran salir al campo a pintar al natural. Se dio mucho en Francia y en Estados Unidos se llevó a cabo de forma intensa porque estaba además esa voluntad ilustrada, desde el siglo XVIII y XIX, de proteger la naturaleza salvaje, formidable, extraordinaria, y que eso fuera compatible con un desarrollo humano agrícola e industrial.

Entonces, muchos pintores norteamericanos pintan esa naturaleza salvaje y el ideal que tenían de lo que debería ser la agricultura y el desarrollo. ¿Qué se ve en esos cuadros? La voluntad de los pintores -entonces no existe la fotografía- de dejar constancia de la belleza de esa naturaleza salvaje que ya había sido humanizada y transformada de una forma radical en una parte importante en Europa. Estos pintores aventureros pintaban esos ríos salvajes que se encontraban además en zonas de difícil acceso. Ese pequeño cuadro que puede verse en el Thyssen muestra un río truchero en Estados Unidos, en el que ya entonces, en el siglo XVIII y XIX, la figura del sport man, del pescador deportivo, era importante. Esta figura nace sobre todo en Gran Bretaña. Una persona rica que puede permitirse el lujo de emplear el tiempo en deportes y unos de los más apreciados por esa burguesía eran la pesca y la caza. Eso, al final, fue el origen del movimiento conservacionista porque los nobles que iban a cazar y a pescar en esos lugares -como pasó en Doñana, zona de cotos de caza- pusieron en valor la enorme riqueza que suponía mantener esos ríos salvajes y esas montañas sin deforestar. Hubo un movimiento de protección de la naturaleza en Estados Unidos que hizo que se protegieran grandes zonas, que son todos los parques nacionales. A Europa, ese movimiento llegó tarde, a España en el siglo XX. Tenemos Monfragüe, Doñana, Daimiel… pero nuestros parques naturales son de juguete. El valor de ese cuadro que adquirió el Thyssen radica en mostrar la naturaleza salvaje.

Creo que la única manera de proteger las pequeñas cabeceras de los ríos en España es que se conozca la riqueza de esas reservas fluviales. Ya no tenemos pintores que nos pinten esos cuadros, hay documentales, pero nos falta mucha cultura, y no sólo hablo de la escuela, para poner en valor lo que esas reservas fluviales significan para nosotros como patrimonio natural.

Hace poco tiempo me pidieron que fuera a dar unas charlas a unos coles sobre cultura fluvial y el valor de nuestros ríos. Me parecía difícil porque eran niños de 8 a 10 años y los profesores me dijeron que a esas edades su índice de atención duraba entre un minuto y un minuto y medio. Me advirtieron de que como no los entusiasmara, al minuto y medio desconectarían. Tenía un fondo de pequeños vídeos y utilicé lo que daba valor a los ríos, que es esa interconexión antigua entre la cultura fluvial, la fauna fluvial y nuestra propia vida, nuestra curiosidad como humanos. Les llevé peces de cerámica, flechas de sílex antiguas, minerales… y les conté mis aventuras, un poco lo que cuento en el libro. Y la verdad es que conseguí entusiasmarlos y que se mostraran interesados. Escribieron una redacción la semana después y descubrí asombrado que se habían acordado de todo lo que les había dicho. Y los profesores me confesaron que en los contenidos escolares que ellos habían dado en el tema del ciclo del agua y los ríos de su comunidad los chavales no estaban muy interesados. Ese tema les había pasado sin pena ni gloria. ¿Por qué? Porque estamos impartiendo contenidos muy teóricos, muy biologicistas, sin conectar con lo cultural que tienen los ríos. Esa parte cultural tiene que ponerse en valor para que nosotros valoremos los ríos no sólo porque tengan truchas, sino porque forman parte de nuestra memoria.

En otro libro que escribí, “Artes de río. Sobre los rastros del agua en la historia”, la tesis era ésa: Vamos a intentar recuperar la gran importancia que tuvieron los ríos como protagonistas de diferentes momentos de la historia del mundo y de España. Eso lo hemos olvidado, como que Aníbal utilizó el río Tajo para ganar a todas las tribus indígenas españolas y gracias a ello conquistó absolutamente Hispania. Utilizó el Tajo, dentro de una estrategia bélica, y eso ocurrió. Los ríos han sido muy importantes en nuestra historia y ahora ya no lo son. Sólo si recuperamos ese valor podemos empezar a valorar los ríos, no sólo como ecosistemas que debemos conservar o como recurso hídrico explotable agrícolamente, sino como un lugar en el que somos civilización.

Todos hemos aprendido en el cole que la civilización, tal y como la conocemos, nació en las riberas de los grandes ríos, del Tigris, el Éufrates, el Nilo… Sin ríos, seguiríamos siendo cazadores recolectores. Las crecidas de esos ríos permitían utilizar los limos para tener una agricultura sostenible, que produjera grano suficiente para alimentar a mucha gente. Sin ellos, seguiríamos siendo nómadas. Esa deuda la hemos olvidado y sigue pendiente.

Con los libros que escribe sobre los ríos contribuye a que la gente no les siga dando la espalda.

No lo sé, soy muy pesimista. El otro día estaba hablando con un amigo sobre el tema de los humedales y hay un montón de lagunas en España que están extinguidas. Si ves mapas del Instituto Geográfico Nacional de hace cien años alucinas, porque España no era la zona desértica o escasa de agua que pensamos. Estaba llena de humedales por todas partes, pero nos los hemos cargado. Ahora estamos acabando con los humedales que tienen figuras de protección, como Daimiel o Doñana. Todos estamos avisados y no nos está importando gran cosa.

Hemos hablado del agua como recurso, pero hay que hablar de ella como bien cultural. Me saldría del discurso de la sequía, del cambio climático, del agua para regadío… para comenzar a poner en valor los ríos como bien cultural. Ahora, incluso, se habla de recursos ecosistémicos, cuando los biólogos y los economistas han dado una vuelta de tuerca e intentan que el valor de los ríos no sólo sea agua para regar, sino para muchas más cosas. Los escritores lo hemos dejado. Desde el siglo XIX y el XX a los escritores les gusta hablar de la ciudad y, salvo excepciones, nos hemos olvidado de esa parte cultural de los ríos y los ribereños. Incluso cuando se hace referencia a los ribereños, en ocasiones se considera un insulto, como llamarte pueblerino. Sin embargo, en el siglo XIX esa palabra se utilizaba mucho; alude al ciudadano que vive junto a la ribera de un río. Además, todos los pueblos y ciudades de España, salvo excepciones, estaban al lado de los ríos. Eso ahora se ha perdido.

¿Algún atisbo de esperanza?

Una cosa que no te he contado, pero que he vivido el pasado verano y no lo incluyo en el libro, me ha sorprendido positivamente. Me he recorrido una parte del Danubio en bicicleta. Lo visité hace 40 años, cuando era pestilente, donde toda la industria química austriaca, alemana, húngara, eslovena, eslovaca… vertía sus residuos al río. Sobre los años 70, el oceanógrafo Jacques Cousteau puso el grito en el cielo y dijo: “Esto es un escándalo; no puede ser que el Rin y el Danubio, que son como los padres de la civilización europea, se encuentren en ese estado. Tenemos que poner en marcha un proyecto aportando los recursos necesarios para recuperarlos”. Se invirtió dinero y el Danubio que me he encontrado este verano, a pesar de pasar por una de las regiones más industrializadas de Europa, está considerablemente limpio, la gente se baña en sus aguas. En Viena hay un montón de playas fluviales, donde la gente se baña, navega con piraguas, toma el sol, hace barbacoas… Hay mucha gente que utiliza el río como se utilizaba antes. Una parte importante del Danubio se ha recuperado. Y si es posible recuperar el Danubio, que es un río enorme que sufría unas contaminaciones bestiales, también es posible recuperar el Júcar, el Segura, el Tajo, el Ebro… siempre que haya voluntad política y ganas de gastar dinero en ello. Deberíamos luchar por hacerlo realidad.