En el marco del ciclo Periodistas y el Mediterráneo, organizado por Casa Mediterráneo, el pasado martes 6 de mayo tuvo lugar un encuentro destacado con la participación del fotoperiodista hispano-francés radicado en Madrid, Bruno Thevenin. La sesión, moderada por la periodista Sonia Marco, ofreció una mirada profunda sobre los conflictos más relevantes del panorama internacional, con especial atención a la crisis en Oriente Medio y la guerra en Ucrania.
Bruno Thevenin, que ha colaborado con medios como El País, The Sunday Times, El Mundo o Associated Press, ha centrado su labor en la cobertura de conflictos sociales y políticos a nivel internacional. Su trabajo, especialmente en Palestina desde 2017, refleja el drama humano que atraviesa la región, marcada por el aumento de la violencia y la inseguridad.
Aprovechando su paso por Casa Mediterráneo tuvimos la oportunidad de charlar con él sobre Oriente Medio, la responsabilidad ética del fotoperiodismo frente a la desinformación y su experiencia personal en zonas como Cisjordania, Siria o Líbano.
Has documentado conflictos en diversos escenarios —desde los campamentos saharauis hasta Ucrania—, pero desde 2017 has centrado tu trabajo en Oriente Medio. ¿Qué fue lo que te llevó a poner el foco en esta región tan convulsa.
Mi interés por Oriente Medio surge de una combinación de elementos personales y profesionales. Desde siempre me ha atraído la historia y, en particular, el mundo árabe, que encierra una riqueza cultural, política y humana inmensa. Pero también influye algo más íntimo: la curiosidad, la necesidad de estar en el lugar de los hechos y conocer de primera mano los testimonios de quienes viven estas realidades.
Oriente Medio es una región marcada por la complejidad: no solo por sus conflictos, sino por la profundidad de sus narrativas, sus contradicciones, y su carga simbólica.
Para un fotoperiodista, todo eso representa un enorme desafío, pero también una oportunidad para contar historias que rara vez se muestran en toda su dimensión. En mi caso, además, hay un componente político inevitable: crecí con una fuerte conciencia sobre la causa palestina, transmitida generación tras generación. Esa sensibilidad ha sido un motor clave para querer entender lo que allí ocurre y cómo se entrelazan lo humano, lo histórico y lo geopolítico.
Después de tantos años recorriendo zonas como Cisjordania, Siria o Líbano, ¿cómo ha evolucionado tu percepción de la violencia y la vida cotidiana en Oriente Medio? ¿Qué cambios has notado desde que comenzaste hasta hoy?
Van a hacer ya ocho años desde mi primer viaje a Cisjordania, en 2017. Ya entonces se percibía una violencia estructural muy evidente: checkpoints, detenciones arbitrarias, una ocupación constante que se filtraba en todos los aspectos de la vida cotidiana. Pero lo que más me impactó —y sigue haciéndolo hoy— es la normalización de esa violencia. Cómo se ha integrado como un elemento más en la vida diaria, asumido con una mezcla de resignación y resistencia.
En estos últimos años la situación ha empeorado claramente. En Cisjordania se han intensificado las redadas, las detenciones arbitrarias y los asesinatos. Gaza sufre bombardeos prácticamente diarios. En Líbano, la tensión con Israel ha derivado en un conflicto casi permanente durante el último año. Y en Siria se abre un nuevo momento de incertidumbre, cuyo rumbo es todavía difícil de prever.
Desde tu experiencia sobre el terreno, ¿cuáles son los aspectos de la crisis en Oriente Medio que consideras más invisibilizados por los grandes medios internacionales?
Uno de los aspectos más invisibilizados es la vida cotidiana bajo ocupación o en contextos de guerra. Los grandes medios tienden a cubrir los momentos de estallido —bombardeos, atentados, ofensivas militares—, pero rara vez se detienen en lo que ocurre entre esos titulares: los desplazamientos forzados, la falta de acceso al agua o a la sanidad, las restricciones de movimiento, el trauma psicológico, o el simple hecho de vivir bajo vigilancia constante. Todo eso configura una forma de violencia más silenciosa, pero igual de destructiva.
También a veces los medios invisibilizan la dimensión real del conflicto, es decir, por ejemplo, hay veces que los presentan como guerras religiosas, étnicas o tribales cuando en realidad hay muchos más actores externos políticos que están involucrados e interesados en estos. Esa simplificación crea una narrativa que deshumaniza a los pueblos que viven en la región y refuerza estereotipos muy dañinos.
Y luego está el juicio que se emite muchas veces sin haber preguntado ni haberse interesado por los testimonios de las víctimas. Acercarse, escuchar y tratar de comprender su situación es clave para poder hablar y contar esta realidad con honestidad. Si el periodismo no pisa la calle, no es periodismo. Como decía Susan Sontag, “las fotografías no pueden cambiar el mundo, pero pueden hacerlo más difícil de ignorar”. Mostrar lo que ocurre en el terreno es un paso esencial para que las realidades no sigan siendo invisibles.

Muchos de los territorios que retratas están marcados por la ocupación, el exilio o la migración forzada. ¿Qué similitudes encuentras entre los distintos pueblos que has documentado, en especial los bañados por el mediterráneo?
Sin duda, la mayor similitud para mí es la resiliencia y la lucha por una vida digna. A pesar de todos los factores que tienen en contra, la fuerza inhumana que sacan para poder seguir adelante y el valor que muestran en todas estas diversas situaciones es algo que me parece admirable.
He mantenido el contacto con muchas personas que he conocido a lo largo de estos años, y ver su evolución, cómo algunas han logrado construir una vida donde finalmente pueden ser libres y sin miedo me parece admirable.
En un momento donde la desinformación y las narrativas polarizadas son cada vez más comunes, ¿qué papel crees que debe jugar el fotoperiodismo en la cobertura de crisis humanitarias y conflictos?
Creo que el fotoperiodismo debe ser fiel a sus narrativas. Las imágenes de guerra y sufrimiento ajeno pueden tener un efecto contrario al que se busca, desensibilizando a las personas. Hoy en día estamos expuestos a tanta información visual que parece que ya no tenemos filtros para lo que consumimos. Por eso, considero que es fundamental que el fotoperiodista no solo se limite a fotografiar, sino que también entienda el contexto en el que lo hace y cómo presenta esa realidad. Es esencial comprender el lugar en el que se está, estar lo más cerca posible de esa realidad y transmitirla con la mayor fidelidad posible.
Existen diversas corrientes en la fotografía, como la fotografía documental o la más artística, que abordan estos temas. Estas pueden tener un papel positivo, sobre todo al encontrar espacios donde el fotoperiodismo convencional no llega. Sin embargo, me parece que el fotoperiodismo debe seguir siendo lo que siempre ha sido, y los fotoperiodistas tienen la responsabilidad de seguir siendo fieles a ese propósito. Como decía Stanley Greene, «la guerra es una tragedia, no un espectáculo. Y los fotoperiodistas debemos tratar de capturar no solo el sufrimiento, sino también la humanidad detrás de esa tragedia».
De tu trabajo como fotoperiodista se observa una mirada comprometida con los derechos humanos y una crítica a las narrativas oficiales. Has documentado de cerca las rutas migratorias en el Mediterráneo, una de las fronteras más mortales del mundo. ¿Qué responsabilidad sientes al contar estas historias?
Como fotoperiodistas todos tenemos una responsabilidad fundamental: ser fieles a la realidad y entender el contexto en el que nos encontramos. No es lo mismo fotografiar una barca llena de personas cruzando el Mediterráneo que capturar la imagen de alguien que acaba de perder a varios miembros de su familia en un ataque, o de un herido de guerra. Cada una de estas personas vive una realidad diferente, y es esencial acercarse a ellas desde la cercanía y la empatía para poder contarlas de la manera más precisa y respetuosa posible.
La responsabilidad del fotógrafo no es sólo hacer imágenes, sino hacerlas de manera que nos ayuden a ver el mundo de una forma más compleja, más profunda. Las buenas imágenes son las que generan más preguntas, no las que contestan. El fotoperiodista tiene la responsabilidad de no solo capturar una imagen, sino de crear una narrativa que invite a la reflexión, que no simplifique la complejidad de los conflictos, sino que haga más evidente la necesidad de buscar respuestas más profundas.
A través de tu objetivo has visto el sufrimiento y miedo de quienes lo han perdido todo o casi todo. ¿Qué te han enseñado estas miradas sobre la condición humana y tu propia forma de mirar el mundo?
Uno no se da cuenta tan rápidamente de lo que implica estar en contacto constante con el sufrimiento y el miedo. En los primeros años, la rabia es lo que predomina, pero con el tiempo uno aprende a canalizar esas emociones, entendiendo que no eres el protagonista de la historia. Lo realmente importante es la gente a la que vas a contar su historia, es su sufrimiento, su lucha, su resistencia lo que debe ser el centro de la narración.
Por supuesto, este trabajo te alimenta de una riqueza humana incomparable. Cada historia es un testimonio de esa capacidad de resistencia y esperanza, a pesar de lo devastador de las circunstancias. Al mismo tiempo, eres consciente de la crueldad y la maldad que existe, y la impotencia que se siente al ser testigo de situaciones de abuso perpetradas por seres despreciables.
¿Hay alguna imagen que conserve un peso especial para ti, ya sea por lo que representó en ese momento o por el impacto que tuvo después?
Diría que no hay una única imagen pero que guardo ciertas fotografías en la memoria. Al principio era muy crítico con las fotografías donde la mirada se clava en el fotógrafo, no me gustaba que se viera que estabas presente en la acción, se supone que debes ser invisible, que tu presencia se note lo menos posible pero se dan casos en los que esa mirada va más allá del contacto entre lo que se retrata y el fotógrafo, es una mirada que va directa al espectador de esa fotografía , una mirada que atraviesa al fotógrafo y va directamente cargada de toda una información al espectador, de dolor, de esperanza, de una historia que va más allá de lo que está en el encuadre.
A finales de 2024, en Beirut. Estaba fotografiando a Ivana, una niña de apenas año y medio, que sufrió graves heridas cuando una bomba israelí cayó sobre su casa mientras jugaba en la terraza. La explosión dejó el 90% de su cuerpo cubierto de quemaduras. La encontré en el hospital especializado en quemaduras, completamente vendada, solo sus ojos y el chupete que siempre llevaba consigo eran visibles. Aproveché un momento en el que los médicos le estaban cambiando las vendas para poder ver la magnitud de sus heridas y, con mucho respeto y cautela, capturar esa imagen.

El encuentro con Bruno Thevenin —emitido en directo a través del canal de Youtube de Casa Mediterráneo— puede verse íntegro pinchando aquí.