Cristina Monge, socióloga y politóloga: «La crisis climática no es de izquierdas ni de derechas, simplemente es»

La transición ecológica se ha convertido en uno de los grandes debates políticos de nuestro tiempo. No solo por la urgencia climática, sino por su capacidad para redefinir la economía, la cohesión social y la calidad de nuestras democracias. Desde este prisma aborda el reto Cristina Monge, socióloga y politóloga especializada en sostenibilidad y gobernanza democrática, que el próximo martes 13 de enero, a las 19 horas, ofrecerá una conferencia en Casa Mediterráneo con motivo de la presentación de su libro La gran oportunidad: cómo acelerar la transición ecológica y fortalecer la democracia.

Portada del libro de Cristina Monge,»La gran oportunidad».

El acto contará también con la participación de Cristina Narbona, autora del prólogo de la obra, y estará abierto al público hasta completar aforo, además de poder seguirse en directo a través del canal de YouTube de Casa Mediterráneo.

En La gran oportunidad, Monge plantea que la transición ecológica no es únicamente un desafío tecnológico o económico, sino, ante todo, un proceso político, que, según cómo se gestione, puede contribuir a reducir desigualdades y fortalecer las democracias.

Analista política en medios como El País, la Cadena SER o RTVE, docente universitaria y presidenta de la asociación Más Democracia, Cristina Monge reflexiona en esta entrevista sobre los retos y oportunidades de la transición ecológica, la politización del cambio climático, el papel de la ciudadanía y las lecciones que dejan fenómenos extremos recientes como la DANA de Valencia.

En La gran oportunidad defiendes que la transición ecológica es, ante todo, un proceso político y que debe abordarse desde ahí. ¿De qué manera puede contribuir a fortalecer la democracia si se gestiona adecuadamente?

Esa es justamente la clave del libro. Lo que he pretendido con este trabajo es aunar y sintetizar investigaciones de diferente tiempo, tanto mías como de otros colegas, en las que se pone de manifiesto que la clave de la transición ecológica no es una cuestión tecnológica ni científica, ni siquiera de conocimiento. Es una cuestión política, en el sentido de que supone definir una nueva forma de entender nuestra relación con el planeta, de generar economía y, por tanto, de organizar la sociedad.

En el objetivo de las emisiones cero y de la sostenibilidad ambiental coinciden paradigmas políticos muy distintos. De hecho, en el libro se habla de ello desde el ámbito de la izquierda, desde el liberalismo europeo y también desde posiciones conservadoras. Todos mantienen una preocupación por la sostenibilidad y comparten la idea de que hay que repensar el modelo para hacerlo viable. ¿En qué difieren? En la manera de afrontarlo.

Desde posiciones socialdemócratas, por ejemplo, se considera que la clave está en hacer la transición con criterios de justicia social. Desde posiciones más liberales o conservadoras se da mucha más importancia a la tecnología y al mercado, y menos a las cuestiones de equidad. Y, desde la izquierda de la izquierda, se abre el debate del decrecimiento, es decir, de replantear la propia noción de crecimiento asociada al sistema capitalista.

Por tanto, compartiendo un mismo objetivo, lo que define cada enfoque es el camino para alcanzarlo. Y ese camino implica un paradigma político distinto, una forma diferente de entender la sociedad, la economía y nuestra relación con el planeta.

En ese sentido, la transición ecológica es una oportunidad para fortalecer las democracias. La crisis climática está generando mayores desigualdades y tensionando las variables de cohesión social, tanto a escala global como dentro de las propias sociedades, y eso se traduce en tensión política. Según cómo se plantee la transición, puede tomar caminos muy distintos.

Si se opta por modelos que refuercen la cohesión social, puede convertirse en una vía para ampliar la lucha contra la desigualdad, aumentar la equidad y, al mismo tiempo, desarrollar sistemas de gobernanza más cercanos a la deliberación y la participación. En ese caso, la transición ayudaría a mejorar la democracia. Si, por el contrario, se ignoran los efectos que puede tener en términos de desigualdad, la propia transición generará más brechas sociales, dificultará la cohesión y seguirá deteriorando las democracias.

El ejemplo paradigmático en Europa es el movimiento de los chalecos amarillos en Francia. Surge como reacción a una medida ambiental: la retirada de las exenciones fiscales al diésel. Esa decisión fue percibida por los afectados como un agravio comparativo respecto a quienes más tienen. Ellos decían: quienes viven en París tienen más renta, mejor transporte público y pueden acceder a un coche eléctrico, y no pagan ese sobrecoste; mientras que quienes vivimos en ciudades pequeñas, con peor transporte público y menos recursos, sí tenemos que financiar la transición.

Una transición ecológica sin criterios de justicia social incrementa la desigualdad, tensiona la sociedad y cuestiona una de las grandes promesas democráticas: la equidad.

Esa percepción de injusticia que expresaron los chalecos amarillos es un ejemplo claro de cómo una transición ecológica sin criterios de justicia social incrementa la desigualdad, tensiona la sociedad y cuestiona una de las grandes promesas democráticas: la equidad.

Si la crisis climática no es ni de izquierdas ni de derechas, ¿por qué se sigue viendo como una cuestión ideológica y no como un problema común?

Aquí hay un problema de enfoque que hemos ido construyendo entre todos. Efectivamente, la crisis climática no es de izquierdas ni de derechas, simplemente es. Cuando llegan las olas de calor afectan tanto a votantes conservadores como a progresistas, aunque, eso sí, no afectan igual a rentas altas, medias o bajas.

Lo que sí es distinto es la forma de abordarla. En España tenemos una visión especialmente deformada de este tema porque, a diferencia de otros países europeos, la derecha no ha hecho suyas las banderas ambientales. Y eso resulta llamativo, porque en Europa existe una larga tradición de conservadurismo vinculado a la defensa del medio ambiente.

En el libro se cuenta, por ejemplo, la anécdota del discurso de Margaret Thatcher en Naciones Unidas a finales de los años ochenta. Si hoy lo lees sin saber quién lo pronunció, podrías pensar que se trata de una líder ecologista. Aquel discurso dio lugar, nada menos, a la creación del IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de la ONU). También hay pensadores y filósofos conservadores que han defendido la idea de conservar nuestro patrimonio natural para legarlo a las generaciones futuras.

En España, sin embargo, la derecha nunca quiso acercarse a estos temas. La izquierda supo hacerlos suyos, no sin dificultades —no hace tanto tiempo que incluso partidos progresistas negaban este tipo de planteamientos—, y hoy se perciben como algo más próximo a las ideas progresistas. Pero en realidad, los problemas del planeta afectan al conjunto de la población. Otra cosa distinta es la forma política de abordar la transición.

Hay al menos tres cosas importantes que podemos hacer como ciudadanía: quien pueda actuar, que actúe; exigir a quienes sí pueden tomar decisiones que lo hagan; y entender qué está pasando.

Las encuestas muestran una gran preocupación social por el cambio climático, pero esa inquietud no siempre se traduce en cambios en la vida cotidiana. ¿Por qué existe esta brecha entre conciencia y acción?

La brecha existe por muchas razones. En primer lugar, porque la transición no es fácil: estamos hablando de cambiar un modelo, de remover los cimientos del poder. En segundo lugar, soy bastante crítica con el énfasis excesivo en los pequeños gestos individuales, porque, sin quererlo, podemos generar una cierta perversión del debate.

Cuando le dices a alguien que hay que sustituir las energías fósiles por energías renovables, le estás diciendo que hay que cambiar el modelo energético. Eso es algo enorme, que una persona sin vinculación directa con el sistema energético difícilmente puede sentir como algo a su alcance. Si después le dices que eso consiste en apagar la luz al salir de una habitación, el mensaje chirría por todas partes.

¿Hay que apagar la luz? Por supuesto, por sentido común, por lógica y por educación. Pero la transición no va de apagar la luz: va de cambiar el sistema energético.

Creo que hay al menos tres cosas importantes que podemos hacer como ciudadanía —y hay un capítulo del libro dedicado a esto—. La primera es que quien pueda actuar, que actúe: si eres directiva de una empresa energética, impulsa el cambio hacia las renovables; si eres ingeniera especializada en innovación, investiga sistemas de almacenamiento de energía distribuida.

La segunda es exigir a quienes sí pueden tomar decisiones que lo hagan. Quizá yo no pueda hacer mucho directamente, pero sí puedo presionar a mi banco para que invierta de forma responsable o premiar con mi voto a los partidos que tienen posiciones más coherentes.

Y la tercera, fundamental, es entender qué está pasando. Puede que no quiera un parque eólico al lado de mi casa porque se instala con criterios de injusticia y los beneficios no revierten en la población local. Esa crítica es legítima. Pero también tengo que entender el fondo del problema: o cambiamos el modelo energético o desaparecemos todos. Ese es el debate de fondo, más allá del pequeño gesto individual, que también hay que hacer por sentido común.

¿Por qué fenómenos como la DANA terminan beneficiando electoralmente a los partidos negacionistas en lugar de reforzar la conciencia climática?

Efectivamente, la DANA, paradójicamente, ha favorecido el aumento de apoyos a partidos de ultraderecha negacionistas. Con lo cual, algo se ha hecho mal. Aunque no es extraño que, tras tragedias provocadas por fenómenos extremos, quienes salgan beneficiados sean los negacionistas, porque además suelen ser partidos antisistema.

Cuando ocurre una tragedia de este tipo, la población siente que el sistema les ha abandonado. A veces con razón, porque no se ha atendido suficientemente; y otras veces sin razón, porque hay cosas que materialmente no se pueden hacer. Si hay una riada, por ejemplo, es imposible que entre la UME si no hay carreteras por las que acceder. Eso es muy difícil de entender para quien lo ha perdido todo.

Si a eso se suma que hay fallos políticos reales, el resultado es una reacción antisistema: «el sistema no se ocupa de mí, me ha abandonado». ¿Quién está rentabilizando ese malestar? La extrema derecha. Así, una tragedia con base en el cambio climático acaba dando votos a partidos negacionistas.

¿Y cómo se puede combatir esa reacción?

Hay varias vías. La primera es explicar con claridad que estos fenómenos son consecuencia del cambio climático. En el caso de la DANA de Valencia, por ejemplo, no tenía que ver con la existencia o no de embalses; de hecho, los embalses habrían empeorado la situación.

La segunda es mejorar y adaptar los sistemas de alerta, y también la cultura de la población. Necesitamos saber qué hacer ante estas situaciones y desarrollar una auténtica cultura de emergencias, que hoy no tenemos.

Y, por último, activar todos los mecanismos del Estado para que la respuesta sea inmediata. Desde la DANA hemos tenido otros fenómenos extremos —no comparables en magnitud—, pero en los que ya se ha ido afinando la respuesta.

Hay que abandonar la idea de la transición ecológica como sacrificio.

Para empezar a «remar todos en la misma dirección», ¿qué ideas deberíamos desterrar cuanto antes sobre el cambio climático y la transición ecológica?

Lo fundamental es abandonar la idea de la transición ecológica como sacrificio. Muchas veces, quienes trabajamos en estos temas hemos metido la pata, con la mejor intención, pero generando la sensación de que la transición implica renunciar a cosas.

En lugar de decir «ten una dieta más variada de alimentos, con nutrientes diferentes y con sabores distintos», decimos «no comas tanta carne». En vez de decir «aprovecha el tiempo del transporte público para leer o descansar», decimos «no cojas el coche». Y así podemos dar mil ejemplos.

Tenemos que hacer entender que la transición es lo que es: un camino hacia el disfrute y el bienestar, porque, en el fondo, va de vivir mejor.

La gran oportunidad es una llamada a la acción y presenta diez propuestas y tres palancas para activarlas. ¿En qué consisten?

Básicamente, en reconocer la naturaleza política de la transición y asumir que estamos ante lo que los sociólogos llamamos «problemas retorcidos»: problemas muy complejos, que no se resuelven de una vez y para siempre. Hay que renunciar a la idea de la solución definitiva, porque cada intento de solución genera nuevos conflictos que hay que ir abordando uno a uno.

El libro también insiste en la idea del disfrute de la que hablábamos antes y apela a la necesidad de decisiones compartidas. Necesitamos procesos de deliberación complejos, en los que participen todos los actores, que nos permitan diagnosticar el problema y darle una solución conjunta y compartida.


Por Gemma Belén
Técnico de áreas, Casa Mediterráneo