Daniel Innerarity: «La libertad democrática es aquella concepción de la libertad compatible con la convivencia en una sociedad plural»

El reconocido filósofo Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política, investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco, director del Instituto de Gobernanza Democrática de San Sebastián y titular de la Cátedra Inteligencia Artificial y Democracia en el Instituto Europeo de Florencia, presentará el próximo 8 de septiembre en Casa Mediterráneo su último libro La Libertad democrática (Galaxia Gutenberg, 2023). El encuentro, abierto al público hasta completar aforo, comenzará a las 18:30 horas y contará con la participación de Manuel Alcaraz, profesor de Derecho Constitucional en la Universidad de Alicante. El evento podrá seguirse por el canal de YouTube de Casa Mediterráneo.

Doctor en Filosofía, Daniel Innerarity amplió sus estudios en Alemania, como becario de la Fundación Alexander von Humboldt, Suiza e Italia. Ha sido profesor invitado en diversas universidades europeas y americanas, como el Robert Schuman Centre for Advanced Studies del Instituto Europeo de Florencia, la Universidad de la Sorbona (Paris I), la London School of Economics and Political Science, la Maison des Sciences de l’Homme en París, la Universidad de Georgetown o el Max Planck Institute de Heidelberg. Ha sido miembro del Consejo de Universidades a propuesta del Senado español y pertenece a la Academia de la Latinidad y a la Academia Europea de Artes y Ciencias, con sede en Salzburgo.

Entre su extensa producción literaria se encuentran Un mundo de todos y de nadie; La democracia del conocimiento, Premio Euskadi de Ensayo 2012; La humanidad amenazada: gobernar los riesgos globales (con Javier Solana); El futuro y sus enemigos; El nuevo espacio público; La sociedad invisible, Premio Espasa de Ensayo 2004; La transformación de la política, III Premio de Ensayo Miguel de Unamuno y Premio Nacional de Literatura en la modalidad de Ensayo 2003; Ética de la hospitalidad, Premio de la Sociedad Alpina de Filosofía 2011 al mejor libro de filosofía en lengua francesa; La política en tiempos de indignación (2015); La Democracia en Europa (2017); Política para perplejos (2018), Premio Euskadi de Ensayo 2019; Una teoría de la democracia compleja (2019); Pandemocracia (2020) y La sociedad del desconocimiento (2022). Algunas de sus obras han sido traducidas en Francia, Portugal, Estados Unidos, Italia y Canadá.

Es colaborador habitual de opinión en El País, El Correo/Diario Vasco y La Vanguardia, así como de la revista Claves de razón práctica. Por su trabajo ha obtenido importantes reconocimientos como el Premio Nacional de Investigación en Humanidades (2022) que concede el Ministerio de Ciencia e Innovación y que recibió en un acto celebrado en la sede de Casa Mediterráneo; el Premio Príncipe de Viana de la Cultura (2013), otorgado por el Gobierno de Navarra, y el Premio de Humanidades, Artes, Cultura y Ciencias Sociales (2008), concedido por Eusko Ikaskuntza-Caja Laboral. Además, la revista francesa Le Nouvel Observateur le incluyó en el año 2004 en la lista de los 25 grandes pensadores del mundo.

Como anticipo a su charla, mantuvimos una entrevista con Daniel Innerarity.

En su libro La libertad democrática sostiene que, en los últimos años, los partidos de derecha en nuestro país están tendiendo a la defensa a ultranza de la libertad individual frente a unas izquierdas que abogan más por la obediencia. ¿Qué implicaciones puede tener esa concepción de la libertad individual para la sociedad en su conjunto? 

Mi libro nace del asombro y quiere dar alguna explicación plausible del hecho de que la libertad se haya convertido en un banderín de la derecha, mientras que la izquierda trata de proteger lo común mediante un discurso de autolimitación. Hasta la extrema derecha se ha presentado como defensora de la libertad y eso había que explicarlo desde la filosofía política, que es mi campo.

Aludiendo al título de su obra, ¿en qué consiste una libertad democrática?

La libertad democrática es aquella concepción de la libertad compatible con la convivencia en una sociedad plural. Y aquí se ofrecen, a grandes rasgos, dos concepciones alternativas: la liberal y la republicana. La primera se basa en un sujeto que no quiere que el Estado se entrometa demasiado en su vida y en que no haya interferencias para hacer lo que desee; la concepción republicana cree que no debe haber dominación. Ambas defienden una dimensión de la libertad y no tienen que ser excluyentes, pero la gran pregunta es cuál es más pertinente en la época de los destinos entrelazados, donde el entrelazamiento entre lo personal y lo común se hace tan patente en medio de crisis climáticas, económicas o sanitarias.

A su juicio, ¿la libertad individual debería tener ciertos límites? ¿El bien común justificaría ciertas renuncias a la libertad individual?

No abordaremos las crisis a las que nos enfrentamos si no hay una cierta capacidad de autolimitación en materia sanitaria, de consumo o movilidad, pero también insisto en que ese cambio de conducta debe ser favorecido con incentivos positivos. No pueden los gobiernos estar hablando todo el día de deberes sin ofrecer una promesa positiva, individual y colectiva, de un futuro mejor. La izquierda agorera y gruñona tiene tan poco futuro como la derecha pacata.

En su libro señala que algunas corrientes tachan de “paternalismo autoritario” la actitud de los gobiernos que aprueban normas que conllevan sacrificios individuales, renuncias que afectan a su propia comodidad. ¿Faltan explicaciones del por qué de esas medidas? 

Seguramente en muchos casos esas medidas podían haberse explicado mejor, pero también es cierto que hay quien califica de autoritario cualquier acto de gobierno que limite su libertad, como si existiera un derecho a contaminar o a contagiar a otros.

Otro concepto que sale a relucir en su ensayo es el de “verdad”. Cita a John Rawls, quien decía que “cierta concepción de la verdad («toda la verdad») es incompatible con la democracia, porque en una democracia la verdad posible es parcial, limitada, compartida, provisional y discutible”. Usted defiende que una verdadera democracia se basa en el diálogo, que no es factible si alguna de las partes se cree en posesión de la verdad absoluta. ¿La creencia de la posesión de la verdad es una de las razones de que el diálogo entre fuerzas políticas sea tan complicado en España?

La política es una representación y forma parte de la madurez de la sociedad, de eso que llamamos educación para la ciudadanía, distinguir lo serio y el postureo. La política tiene que ser tomada en serio, pero no excesivamente en serio. Y además no se trata tanto de cosas verdaderas como de decisiones útiles, convenientes, oportunas y legítimas. Ese es a mi juicio el sentido de la afirmación de Rawls.

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En la sociedad actual se observa una creciente polarización y tensión entre personas de ideologías distintas, en un contexto en el que abunda la descalificación moral entre partidos políticos. Frente al insulto y el cuestionamiento ético, ¿qué recursos retóricos considera que deberían emplear las fuerzas políticas para evitar el enfrentamiento social?

Lo que complica el diálogo es una mezcla de esa creencia en la posesión de la verdad y la suposición de que se es superior a aquel con quien habría que dialogar. Las derechas tienden a sentirse nacionalmente superiores y las izquierdas en términos de justicia. No habrá diálogo mientras no aceptemos que, sin renunciar a considerar nuestra posición como mejor (que no es lo mismo que superior), puede haber una idea de la nación en la izquierda y un sentimiento de justicia en la derecha. 

¿Los discursos del odio lanzados en algunas democracias, tan presentes hoy día en las redes sociales y los medios de comunicación, pueden ser la antesala de la violencia o son más bien un desahogo que no tiene intención de ir más allá de las palabras?

En mi opinión hay una ley en virtud de la cual el odio sustituye a la violencia. El odio es algo penoso, pero su incremento tiene que ver muchas veces con el hecho de que sabemos que no va a tener consecuencias violentas. Comparemos el chat de militares retirados hablando del números de españoles que habría que fusilar con el golpe de Tejero, que no tuvo ningún anuncio similar. Hay un cierto odio que se lanza hipócritamente desde una posición de comodidad, que emponzoña la convivencia pero que no va a poner en peligro las instituciones democráticas.

En su libro afirma que “la gran división moral en este país se hizo cuando comenzó a utilizarse la Constitución como un elemento de identificación y de exclusión, cuando comenzó a emplearse la etiqueta de «constitucionalismo», como si no advirtieran la contradicción que ello suponía”. ¿A qué se refiere?

Una constitución es un marco, un conjunto de reglas y procedimientos que pueden incluir en su seno a quienes quieren cambiarla incluso radicalmente. La expresión «patriotismo constitucional», tal como fue empleada desde la época de Aznar era una forma de referirse a las partidarios del título de la Constitución donde se habla de la unidad indisoluble de la nación, obviando el carácter procedimental y abierto de la Constitución y la propia doctrina del Tribunal Constitucional, que tenía una concepción más amplia.

Otra de las reflexiones que plantea es que “el verdadero coraje es la autolimitación. No tiene pensamiento propio quien no desconfía del pensamiento propio”. ¿La humildad permite ser más tolerante con las opiniones contrarias y allana el camino para llegar a eventuales negociaciones?

Tenemos un punto ciego en nuestro pensamiento a la hora de ser conscientes de la limitación, el sesgo o la parcialidad de cuanto pensamos y decimos. Sin duda, hacer algo para darse cuenta de ello favorecería que nos entendiéramos mejor unos y otros.

Echando la vista a Estados Unidos, ¿a qué cree que se debe el cada vez más duro enfrentamiento entre los partidarios de los partidos republicano y demócrata de los últimos años, especialmente agravado por los discursos de Donald Trump?

Viví un año allí, el primero del mandato de Trump, y percibí una sociedad fuertemente dividida, con conflictos sociales profundos y un racismo persistente. Lo único que la sostiene es un sistema político genialmente pensado por sus fundadores para que nadie se saliera con la suya.

¿La fortaleza de la democracia precisa de un sistema institucional que limite a los gobernantes? 

Sin duda. Es mucho mejor diseñar un sistema político que limite a sus mandatarios que aspirar a que los mejores se hagan con él.

Por último, ¿a su parecer cuáles son los principales retos a los que se enfrentan las democracias del siglo XXI?

Desde el punto de vista del diseño institucional, tenemos que mejorar su funcionamiento fijándonos más en la cultura política que en los liderazgos individuales y en lo que se refiere a las relaciones del poder político con la sociedad, hemos de pensar en las condiciones que hacen posible la transformación que necesita los retos a los que nos enfrentamos (que requieren una mayor implicación de la sociedad y una gobernanza más colaborativa).

Más información:

En la página web del autor danielinnerarity.es