Eduard Soler: “El futuro de Ucrania y de Rusia va a tener un claro impacto en las dinámicas de conflicto o competición en la cuenca mediterránea”

En el marco del ciclo ‘El Mediterráneo hoy’, Casa Mediterráneo ofrecerá un encuentro con la periodista y ex corresponsal de El País especializada en el mundo árabe e islámico, Ángeles Espinosa, y el investigador y experto en relaciones internacionales de la Universidad Autónoma de Barcelona y el CIDOB, Eduard Soler. En el debate, que se celebrará el lunes 28 de noviembre a las 19:00 horas en Casa Mediterráneo, los ponentes abordarán el impacto de los grandes retos mundiales en la región del Mediterráneo. Aunque la guerra en Ucrania pueda haber desviado la atención internacional hacia otras latitudes, esta discusión permitirá entender por qué el Mediterráneo sigue siendo uno de los epicentros geopolíticos del planeta y cuáles son las implicaciones para los países y las sociedades mediterráneas. El evento es de entrada libre hasta completar aforo y podrá seguirse en streaming a través del canal de YouTube de Casa Mediterráneo.

Como anticipo, mantuvimos una entrevista con Eduard Soler i Lecha, profesor agregado de Relaciones Internacionales en la Universidad Autónoma de Barcelona e investigador sénior asociado al CIDOB. Doctor en Relaciones Internacionales y licenciado en Ciencias Políticas, sus principales áreas de experiencia son la geopolítica, la prospectiva, la política exterior, Turquía y la región de Oriente Medio y el Norte de África. Tiene una larga experiencia participando y liderando proyectos colaborativos de investigación y formación.

En 2010 trabajó como asesor en la unidad para el Mediterráneo del Ministerio de Asuntos Exteriores español y participó activamente en la preparación e implementación de iniciativas mediterráneas bajo la presidencia rotatoria del Consejo de la UE. También es profesor colaborador en IBEI y la UOC, donde imparte docencia sobre el Mediterráneo y las relaciones internacionales de Oriente Medio, entre otros temas. Es miembro del Observatorio de Política Exterior Europea y forma parte de los consejos asesores internacionales de Mediterranean Politics, de Mediterranean Yearbook de IEMed y del Institut für Europäische Politik (IEP), con sede en Berlín.

En un artículo publicado en el CIDOB sostiene que Oriente Medio y el Norte de África, tras Europa, es la región que sentirá con mayor impacto la invasión rusa de Ucrania. ¿Qué razones le llevan a tal afirmación?

Básicamente, la especial centralidad o el peso que tienen Oriente Medio y el Norte de África en dos ámbitos: el energético y el geopolítico. En el energético lo que estamos viendo es cómo la situación creada por la invasión rusa de Ucrania ha proporcionado recursos adicionales a una serie de Estados –no a todos- dentro de Oriente Medio, a Argelia…, y eso de alguna forma está rompiendo o modificando rápidamente algunos equilibrios de poder. También está engrasando las maquinarias de los Estados, tanto en clave de tratar de contentar la paz social, como de rearmarse, de dotarse de fuerzas de seguridad más robustas y con armamento de mayor tecnología. Eso, por un lado, y hay algunos actores que han salido ganando. En el lado negativo, están todos aquellos países, especialmente si no disponen de las rentas del petróleo o del gas natural, que dependían en un alto número de la importación de cereales de Rusia y/o de Ucrania, como Túnez o la propia Turquía. Lo que hemos visto ha sido cómo estos países se han juntado con situaciones de vulnerabilidad previa, es decir, con crisis económicas existentes, niveles de inflación ya muy altos o depreciaciones de la moneda. Por poner un ejemplo, en Líbano la situación ya era complicada y con la guerra lo es aún más.

La otra dimensión, aunque es más a medio plazo, es que estamos hablando de una región, Oriente Medio y Norte de África, muy conflictiva. Todas las estadísticas sobre paz y seguridad nos indican que es una de las zonas menos pacíficas y también una de las menos democráticas del mundo, con más conflictos, con más gasto armamentístico… La guerra en Ucrania, si algo hace, es intensificar esa percepción de conflicto permanente, ese deshielo de los conflictos. Por ejemplo, eso lo hemos visto en el Sáhara Occidental, donde el conflicto está descongelándose, la tensión entre Argelia y Marruecos hace décadas que no estaba a estos niveles… y, de alguna forma, la guerra en Ucrania ha puesto sobre la mesa cuestiones que ya estaban en discusión en Oriente Medio y el Norte de África, como el tema de la ocupación o el uso de la violencia para modificar fronteras. Si hay una región que está mirando muy atentamente lo que pasa en Ucrania es esta.

El otro elemento es que se trata de uno de los espacios donde Rusia está más presente como fuerza con músculo militar, en Siria, Libia y países del Sahel. En función de los impactos que tenga esta guerra para Rusia, va a afectar indirectamente a las dinámicas de conflicto en la cuenca mediterránea.

[su_animate][su_quote]Independientemente de la guerra en Ucrania, hay toda una serie de agravios irresueltos desde el año 2010 en términos de justicia, de corrupción, de buen gobierno, de oportunidades de futuro, de tapón generacional…[/su_quote][/su_animate]

¿El empeoramiento de las condiciones de vida en la región mediterránea puede desencadenar el estallido de olas de protesta ciudadanas?

Sí, pero teniendo en cuenta que la situación ya estaba mal antes. Y hay gente incluso que opina que no es precisamente cuando la situación llega a un punto de desesperación cuando se precipitan ese tipo de movilizaciones, sino que suele suceder en una fase previa. Pero en todo caso, independientemente de la guerra en Ucrania, hay toda una serie de agravios irresueltos desde el año 2010 en términos de justicia, de corrupción, de buen gobierno, de oportunidades de futuro, de tapón generacional… que están ahí. Desde mi punto de vista, no es la guerra en Ucrania el factor que pueda actuar de desencadenante, si es que en los próximos meses o años volvemos a asistir a una ola de protestas. Además, insistiría en que las olas de protestas son recurrentes y que la última es muy reciente, la que empieza en 2019, en Argelia, Irak, Sudán, Líbano…

No hacía falta la guerra en Ucrania para que hubiera malestar y para que, por parte de los gobiernos de la región, esas protestas se reprimieran de forma dura. Aunque no se trate del Mediterráneo, también estamos viendo unas protestas muy importantes en Irán, que tampoco tienen que ver con Ucrania. Insistiría en que tenemos que mirar a Ucrania, al ser un elemento que tiene un impacto sobre los países de la cuenca mediterránea, pero no nos ceguemos, no todo se explica por esta guerra, sino que hay unas causas profundas de malestar o de deterioro. Por ejemplo, uno de los elementos que está provocando más protestas, a menudo muy locales, pero que en determinadas circunstancias puede llegar a escalar a nivel nacional, es la degradación medioambiental, el acceso a servicios básicos de luz, de agua potable… La situación en Ucrania puede haber agravado algunas cuestiones como el nivel de precios de la energía, pero en muy pocos países, porque en la mayoría de ellos la energía es muy barata, y estamos hablando de la mala gestión del Estado a muchos niveles, desde lo local hasta los gobiernos centrales.

Con el incremento de los precios de la energía, Europa está buscando otros suministradores de petróleo, gas natural y energías renovables. Este acercamiento a países como Arabia Saudí, Qatar o Argelia puede ser una oportunidad para reforzar las relaciones con la UE, pero al mismo tiempo, ¿puede empeorar las relaciones de estos con Rusia como competidores en el campo de la energía?

No, no necesariamente. Creo que hay toda una lógica de solidaridad entre productores. Estos tampoco tienen interés –y lo vimos en la última reunión de la OPEP+- de que haya demasiado petróleo en los mercados. Todos buscan para sí obtener los mejores contratos y condiciones y no veo que Rusia considere eso como una ofensa. Si alguien se siente agraviado en estas circunstancias, seguramente sean más Estados Unidos o Europa, que perciben algunas de las decisiones marcadas por cálculos, fundamentalmente de interés nacional propio, de mantener los precios a un determinado nivel, como se produjo en la última reunión de la OPEP+ de no producir más.

Por ejemplo, que un país como Argelia esté hábilmente buscando nuevos socios, atrayendo inversión, no está complicando nada, y a las pruebas me remito de la buena salud, en este caso, de sus relaciones con Rusia. Tendemos a pensar que todo es o blanco o negro y una de las lecciones que las relaciones internacionales en Oriente Medio y el Norte de África nos dejan ya desde la época de la Guerra Fría es que los países de la región, a pesar de que haya todos estos conflictos globales, tienen una amplia autonomía para intentar maniobrar y para, incluso, aprovechar la rivalidad que pueda existir entre grandes potencias en su propio beneficio para ir negociando cada vez mejor con ellas. En este momento, en el que además no sólo hay dos, sino entre tres y cuatro, si sumamos a China y a la Unión Europea y a algunos de los Estados miembros de la Unión, en esa lógica de grandes actores internacionales que buscan el favor de los países de Oriente Medio y del Norte de África, miel sobre hojuelas para ellos, porque están en unas condiciones de negociación internacional mucho mejores. Y por eso también estamos viendo unas políticas, unos gestos mucho más decididos, asertivos, más descarados, se podría decir, en su relación con las grandes potencias internacionales.

¿En estos momentos, hasta qué punto el Mediterráneo como zona geopolítica está siendo considera estratégica para las grandes potencias internacionales?

Lo es desde hace años y no es sólo por el Mediterráneo, sino por el propio crecimiento de algunas de estas potencias emergentes o reemergidas, ante una cierta sensación, que sólo es medio verdad, de retirada norteamericana, de cansancio estadounidense con esta región, y eso ha creado estas condiciones para que en muchos países haya muchas potencias internacionales con influencia. Yo diría que, por ejemplo, Argelia es el caso paradigmático de un sitio que además es capaz de aprovechar todas esas rivalidades y mantener relaciones importantes estratégicas tanto con Estados Unidos, como con la Unión Europea, con Francia, con Italia, con China, con Rusia… todo a la vez.

Diría que sí hay varios elementos donde esa tensión ha quedado muy bien reflejada. Esos vínculos entre la seguridad en la región y la seguridad internacional serían los dos conflictos que arrancan en 2011, Siria y Libia, y con el claro posicionamiento tanto en una como en otra dirección de las grandes potencias internacionales, y mirando muy de reojo a ver qué hacía el otro. Y el otro elemento que supone la confirmación definitiva de la asunción de que el Mediterráneo es ese espacio de competición geopolítica es la Cumbre de Madrid de la OTAN y cómo se alude a la situación en el vecindario sur de la Alianza como un espacio en el que los rivales geopolíticos –Rusia de forma muy explícita, y seguramente China de forma más implícita- compiten e intentan aprovechar las distintas tensiones que se producen para crear mayor inseguridad en los países de la Alianza. Se alude a temas migratorios, medioambientales, malestar social y muchos otros.

Claramente, este Mediterráneo extendido al Sahel, al Cuerno de África y a la Península Arábiga forma parte de este terreno que, a lo mejor ahora puede parecer secundario en relación con Ucrania, pero fundamental en la competición entre eso que habíamos llamado Occidente, Rusia y China. Y también constituye un espacio de competición distinta, pero competición, al fin y al cabo, entre los propios Estados miembros de la Unión. Creo que en los próximos meses vamos a tener que estar muy pendientes de la relación entre Francia e Italia, de si se tensa más o menos a raíz de los cambios políticos sucedidos en Roma, y ver hasta qué punto los grandes países de la Unión son capaces de actuar coordinadamente o, al revés, están compitiendo en el Mediterráneo, cosa que añadiría aún más complejidad a la lógica de ese Mediterráneo multipolar del que ya había hablado.

¿Europa cada vez es más consciente de que su seguridad depende de la seguridad de sus vecinos del sur?

Creo que en un momento dado Europa se olvidó de ello. Cuando se producen las Primaveras Árabes de 2011, la Unión Europea está distraída en otras cosas y por eso el tema no llega a más nivel de discusión, ni tampoco hay ambición, porque en aquel momento de lo que se estaba hablando era de la propia supervivencia de la Unión. Esta amenaza no era algo que pasase al otro lado del Mediterráneo, sino en la orilla norte. Era la crisis griega, era la crisis del euro, era la crisis de la periferia de la zona euro… Esto empieza a cambiar en 2015, con atentados como el de Bataclán y otros, pero también con la crisis política y humanitaria que desata la llegada de refugiados, primero a Grecia, pero luego al centro de Europa a través de los Balcanes –todos recordamos esas imágenes-, que hacen que empiecen a sonar todas las alarmas en las cancillerías, en las jefaturas de Estado y de Gobierno. Ya no son sólo los ministros de exteriores o los de defensa los que se van a preocupar de lo que pasa al otro lado del Mediterráneo, sino que son los propios líderes, los primeros ministros, quienes empiezan a ver que puede ser una amenaza de seguridad el fenómeno terrorista, pero que puede ser también un elemento políticamente muy inflamable en la medida en que esa mala gestión de los flujos de refugiados y emigrantes va a dar alas a movimientos euroescépticos y populistas de derechas.

De hecho, es el momento en el que vemos la eclosión del sistema político italiano. En aquel momento no era Fratelli d’Italia de Meloni, pero el gran beneficiario de esa situación va a ser Salvini y la Liga. Y como en Grecia, de alguna forma, coincide con el auge de ese partido de extrema derecha, Alba Dorada. Da la sensación de que los efectos secundarios de esas crisis que se habían desatado al otro lado del Mediterráneo en 2011, por primera vez en 2015 estaban teniendo efectos políticos dentro de la Unión. Y, evidentemente, para gobiernos democráticos seguramente esto es fundamental, en tanto que las reelecciones se ponían en riesgo y había una amenaza real de crisis política en muchos países importantes del mundo.

Por último, quisiera preguntarle si cree que las repercusiones de la invasión rusa de Ucrania pueden tener un efecto duradero en la región del Mediterráneo.

Bueno, te diría que en función de cómo acabe. Estamos en una saga de la que sólo hemos visto los primeros capítulos. Incertidumbres que dependen de cómo acabe ese escenario extremo, de si se hiciera uso o hubiera algún tipo de accidente nuclear. Los temas nucleares, precisamente, en la región de la que estamos hablando también tienen un protagonismo importante, porque Israel, aunque no lo haya reconocido públicamente, tiene armamento nuclear y además por la centralidad de toda la discusión sobre el programa nuclear con Irán. Si es que hay una solución política o militar, en una región que tiene tantos conflictos abiertos y procesos de paz que no acaban de desembocar hacia ningún lado –el Proceso de Paz en Oriente Medio, la no solución del conflicto en el Sahara Occidental, la división de la isla de Chipre y los dos más recientes, Siria y Libia, a los que si ampliamos el foco podríamos añadir Yemen-, en función de lo que se considere aceptable como una forma de resolución del conflicto en Ucrania, todo aquel actor que esté implicado en conflictos parecidos, sean abiertos o congelados, va a sacar muy buena nota de eso.

Va a variar en función también del grado de cohesión que muestren los países europeos y en la medida en que eso transmita a la región la imagen de una Europa fuerte o débil y dividida. Lo mismo en relación a Rusia. Hasta hace relativamente poco, Rusia era vista en la región como aquel que era capaz de ganar guerras, proporcionar ayuda militar, política y diplomática que permitía cambiar el curso de los acontecimientos. Eso se vio en la guerra de Siria. La entrada de Rusia en la guerra fue fundamental para la derrota de los rebeldes y la victoria, aunque no totalmente rubricada, pero sí con una clarísima mejora de posición del régimen de Bashar al Ásad. Si, por ejemplo, el resultado de esta guerra fuera una humillación de las fuerzas armadas rusas y de su capacidad armamentística, esto tendría impacto sobre los aliados preferidos, en esas cláusulas de seguridad que algunos dictadores de la región han ido tramando con Rusia. A lo mejor piensan que hay que diversificar, que no pueden depender sólo de ese posible apoyo ruso, que para algunos países ha sido importante.

Hay otros actores, como Turquía, con un Erdogan que está en una situación complicada, que al año que viene tiene elecciones, pero que muy hábilmente ha sido capaz de tornar lo que era una debilidad objetiva. Turquía era un país muy expuesto en materia de dependencia, tanto alimentaria como de energía a lo que pasara en Ucrania y también en el sector turismo/movilidad, pero ha sido capaz de posicionarse como un mediador aceptable para las dos partes, lo que le permite decir “no voy a cortar puentes con nadie” y reforzar su imagen en interlocución con aquellos aliados occidentales, que formalmente son aliados, pero con los que tiene muchos problemas. Y además ha sido capaz de mostrar al mundo el poderío de su emergencia industrial militar, especialmente en materia de drones. Si los drones turcos acaban siendo tan decisivos como lo han sido en la primera fase del conflicto, en la capacidad de resistencia del Ejército ucraniano, se refuerza el papel regional e internacional de Turquía y de su industria de armamento.

Son muchos elementos a los que habrá que estar muy atentos. Otro de ellos son las ocupaciones, las anexiones por la fuerza. ¿Se aceptan o no se aceptan? En el Mediterráneo, donde tenemos un conflicto de la dimensión clara de ocupación como puede ser el palestino-israelí es algo que tanto israelíes como palestinos, como el resto de países árabes, van a estar mirando atentamente. Como decía en aquel artículo del CIDOB que citabas antes, estamos en una lógica de vasos comunicantes. El problema es que no podemos en este momento dar una lectura final sobre el impacto, porque los líquidos de esos vasos comunicantes se están moviendo continuamente. Lo que sabemos es que la irrupción de la guerra va a tener impacto en el Mediterráneo. No lo explica todo, como decía antes, pero sí que ha acelerado tendencias previas y también sabemos que el desenlace o el no desenlace –si vamos a la lógica de un conflicto congelado durante mucho tiempo, de baja intensidad-  de este conflicto, cualquiera que sea el futuro de Ucrania y de Rusia, va a tener un claro impacto en esas dinámicas de conflicto o competición que pueda haber en la cuenca mediterránea.