Miguel Hernando de Larramendi: «El ciclo de protestas antiautoritarias iniciado en 2010-2011 muestra claramente cómo las sociedades árabes comparten la aspiración universal a la democracia»

Este año se cumple el décimo aniversario de las denominadas “Primaveras árabes”, una inusitada ola de protestas que se inició en Túnez en diciembre de 2010 y se propagó con rapidez por una docena de países en los que una sociedad civil hastiada de la precariedad de las condiciones de vida, la desigualdad y la falta de derechos y libertades alzó su voz a los gobernantes. El resultado de estas revueltas fue dispar. En un buen número de los casos desembocó en mayores dosis de autoritarismo, en otros, en cruentas guerras civiles y en pocos, en éxito.

Con el fin de analizar la naturaleza de aquellas protestas en los países donde tuvieron lugar y hacer un balance transcurridos diez años, Casa Mediterraneo ha organizado un encuentro virtual titulado “X aniversario de las Primaveras Árabes” que se celebrará el miércoles 13 de enero a las 19:30 h en la página web de la institución diplomática. La charla, enmarcada en el ciclo ‘El Mediterráneo hoy’, contará con dos prestigiosos conocedores del tema, la periodista Lola Bañón, especializada en Oriente Medio y el Mediterráneo, y Miguel Hernando de Larramendi, Catedrático de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Castilla-La Mancha.

Como adelanto a la charla, Miguel Hernando de Larramendi nos concedió una entrevista para discernir las razones que motivaron las protestas, la envergadura de las mismas y la situación actual en la que se encuentran los países que las protagonizaron.

¿Cuáles fueron las causas que originaron las revueltas populares conocidas como “Primaveras árabes” que se produjeron en una docena de países del Magreb y Oriente Próximo y de las que ahora se cumple una década?

La oleada de protestas antiautoritarias de 2011 fue la expresión de un malestar profundo que venía siendo señalado desde principios de los años 2000 en los informes sobre el desarrollo en el mundo árabe publicados por el PNUD [Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo]. El déficit de libertades, el aumento de las desigualdades y el desempleo así como el deterioro de las condiciones de vida, agravado por la crisis económica y financiera iniciada en 2008, impulsaron unas movilizaciones que más allá de las particularidades de cada país compartían las demandas de dignidad, justicia social y libertad atribuyendo la responsabilidad de la situación en la que se encontraban las sociedades árabes a las elites autoritarias y corruptas que habían capturado la renta de los procesos de liberalización económica exigiendo su caída.

Las protestas comenzaron en Túnez a finales de 2010, desatándose a continuación una serie de revueltas en Egipto, Libia y Yemen y posteriormente en otros países. ¿Túnez podría considerarse el único caso de éxito de las “Primaveras árabes”?

Creo que hay que analizar las revueltas iniciadas en 2010 como un ciclo de protestas de larga duración que previsiblemente continuará con características, ritmos e intensidades diferentes hasta que los problemas de fondo no sean abordados. Sin duda Túnez es el único país en el que la revolución de 2011 ha dado lugar a un proceso de transición política, como todas las transiciones políticas accidentada pero esperanzadora, en la que se han conseguido importantes logros institucionales: elaboración de una Constitución consensuada en 2014, celebración periódica de elecciones  libres, legislativas y presidenciales, con medidas de discriminación positiva para jóvenes y mujeres, funcionamiento de los mecanismos de alternancia en el poder, superación de las crisis políticas a través del diálogo y el consenso y reforzamiento de la sociedad civil tunecina que ha jugado un importante papel como contrapeso político y como instancia de mediación y compromiso, impulsora de consensos que justificó en 2015 la concesión del Premio Nobel de la Paz a cuatro actores de la sociedad civil (UGTT, LTDH, Colegio de Abogados, UTICA) por “su contribución a la construcción de una democracia pluralista en Túnez”.

La prioridad otorgada a las transformaciones institucionales y políticas no ha ido acompañada de respuestas efectivas a las demandas de empleo, mejora de las condiciones de vida y desequilibrios regionales que estuvieron en el origen de las movilizaciones, lo que impulsa una creciente desafección hacia una clase política incapaz de dar respuesta a unas reivindicaciones que se ven reforzadas por el impacto de la emergencia sanitaria de la COVID-19.

¿Por qué estas protestas acabaron en cruentas guerras civiles en países como Siria, Yemen y Libia?

La cobertura informativa realizada por cadenas de televisión por satélite como al-Jazeera que retransmitieron en directo la caída del presidente Ben Ali en Túnez y de Mubarak en Egipto contribuyó a que las protestas iniciadas en estos países se replicaran en la mayor parte de Estados de la región. La respuesta de los regímenes ante estas movilizaciones pacíficas no fue sin embargo idéntica. En países como Marruecos, la monarquía consiguió neutralizarlas impulsando una batería de reformas que incluyó la elaboración de una nueva Constitución y la celebración de elecciones que llevaron a que el partido islamista de la Justicia y el Desarrollo presidiera el gobierno. En Libia, la caída de Gadafi no fue el resultado de movilizaciones pacíficas con el respaldo tácito del ejército, como sí ocurrió en Túnez o Egipto, sino el resultado de la acción de milicias armadas con el respaldo aéreo de la OTAN.

Los sucesivos gobiernos no han podido desde entonces desmovilizarlas ni incorporarlas a las estructuras de un Estado caracterizado por su debilidad. La multiplicidad de centros de poder y de milicias armadas derivó a partir de 2014 en una guerra civil por el control de los símbolos y los recursos del Estado (ciudades, aeropuertos, petróleo, Banco Central) sobre la que se superponen conflictos por procuración entre potencias extranjeras que se enfrentan por sus intereses estratégicos. En Siria el régimen de Bachar el Asad recurrió a una represión implacable buscando transformar las iniciales protestas pro-democráticas en un conflicto sectario con implicaciones geopolíticas regionales en el que consiguió movilizar el apoyo internacional de Irán y de Rusia en nombre de la lucha contra el terrorismo. 

Décimo aniversario de las Primaveras Árabes
Protestas en la Plaza Tahrir de El Cairo en 2011

¿Qué balance haría de las “Primaveras árabes” en Egipto? El régimen liderado por el mariscal al Sisi es considerado por observadores internacionales como más autoritario que el de Mubarak, sin espacio para la disidencia.

Egipto es el ejemplo más claro de restauración autoritaria en la región. En 2011 las movilizaciones consiguieron la caída del presidente Mubarak pero no la del régimen. El ejército, su columna vertebral desde la revolución de los oficiales libres de 1952, sacrificó al presidente de la República pero siguió tutelando los ritmos y tempos del proceso de transición. La desastrosa gestión llevada a cabo por los Hermanos Musulmanes, vencedores de las elecciones legislativas y presidenciales, fue aprovechada por el ejército para dar un golpe de estado contra el presidente Mursi en julio de 2013 con el apoyo de regímenes contrarrevolucionarias como Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí. Desde entonces el mariscal Sisi lleva a cabo una represión institucionalizada que no sólo ha afectado a los dirigentes y militantes de los Hermanos Musulmanes, movimiento ilegalizado y considerado desde diciembre de 2013 organización terrorista, sino también a otros actores políticos críticos con el régimen. De nuevo,  la lucha contra el terrorismo y la emigración ilegal son utilizadas por el régimen egipcio como coartada para obtener respaldos internacionales en nombre de una estabilidad que no respeta los derechos humanos.

¿La sociedad argelina optó por resignarse ante lo que estaba ocurriendo en Siria y Libia?

El Hirak o movimiento de protesta ciudadana iniciado en Argelia en febrero de 2019 reclamando la caída del régimen ha roto con la imagen de apatía y despolitización de una sociedad traumatizada por el recuerdo de la guerra civil de los años 90, uno de los argumentos habitualmente utilizados para explicar las razones que permitieron al régimen argelino desactivar las protestas de 2011 y sortear el rechazo contra un cuarto mandato presidencial de Bouteflika en 2014. La invocación de los casos sirio y libio no consiguió desactivar unas movilizaciones pacíficas, intergeneracionales, ciudadanas y de carácter nacionalista en las que la identidad plural del país quedaba reflejada en la convivencia de las banderas nacionales con las amazighs y en la reivindicación de las primaveras bereberes de 1980 y 2001 como antecedentes. Las movilizaciones semanales prolongadas todos los martes y viernes durante más de un año sólo fueron interrumpidas  por la crisis sanitaria de la COVID-19.

¿Por qué las “Primaveras árabes” pasaron de largo por El Líbano?

El trauma colectivo producido por el conflicto civil que asoló el país entre 1975 y 1990 fue uno de los argumentos utilizados para explicar el limitado impacto de las protestas en el país en 2011. Ello no significa la ausencia de malestar en la sociedad libanesa que siguió canalizándose en protestas de menor envergadura y alcance geográfico como el movimiento “You Stink” que en 2015 cuestionó el mal funcionamiento del Estado en la provisión de servicios básicos como la recogida de basuras. El recuerdo traumático de la guerra civil no disuadió, sin embargo, en 2019 de salir a la calle a una nueva generación de jóvenes reclamando una ruptura radical con el sistema confesional libanés. Aunque las movilizaciones se replegaron tras el inicio de la pandemia, el agravamiento de la crisis económica que llevó al gobierno a declarar el impago de la deuda previsiblemente impulsará su reactivación en un contexto de superposición de crisis. 

[su_quote]El debate sobre la incompatibilidad entre la democracia y los árabes es un debate tramposo sustentado en argumentos culturalistas.[/su_quote]

El periodista Jamal Khashoggi, unos meses antes de su asesinato en el consulado saudí de Estambul, escribió que aquellas revoluciones acabaron con la idea predominante de que los árabes y la democracia eran como el agua y el aceite, que no se podían mezclar. ¿Comparte esta afirmación?

Sí. El debate sobre la incompatibilidad entre la democracia y los árabes es un debate tramposo sustentado en argumentos culturalistas. El ciclo de protestas antiautoritarias iniciado en 2010-2011 muestra claramente cómo las sociedades árabes rechazan el autoritarismo y comparten la aspiración universal a la democracia. Las sociedades árabes han superado la “barrera del miedo” dejando en entredicho su supuesta “apatía política” y conformismo con el autoritarismo.

Tal como se encuentran muchos de estos países, sumidos en crisis profundas, ¿cree que podría producirse una segunda ola de protestas?

Como ya he mencionado creo que las protestas antiautoritarias de 2011 hay que enmarcarlas en un ciclo de protestas de larga duración que seguirá activo hasta que los problemas de fondo de sus sociedades no sean abordados. La ausencia de respuestas a las reivindicaciones socio-económicas que se encontraban en el origen de las protestas antiautoritarias de 2011 ha contribuido a que el malestar no haya desaparecido durante la última década. Las tasas de crecimiento económico, ralentizadas a partir de 2015, no han sido suficientes para reducir significativamente los niveles de desempleo especialmente acuciante entre jóvenes y mujeres ni para atenuar los desequilibrios regionales. La región de Oriente Medio y Norte de África sigue siendo la región del mundo con un mayor nivel de desigualdad. El peso del sector informal -sin acceso a seguridad social y cobertura sanitara- ha aumentado durante la última década (56,3% en el Norte de África y 65% en Oriente Medio). Todo ello ha provocado un incremento del número de protestas que entre 2009 y 2019 aumentaron en un 16,5%, alcanzando especial intensidad ese último año en Sudán, Argelia, Líbano e Iraq.