Casa Mediterráneo acoge la exposición titulada “De temor y seda. Las torres de vigilancia de la costa”, creada por la Cátedra Demetrio Ribes de la Universitat de València, que recoge la historia de decenas de fortificaciones distribuidas a lo largo de los casi 500 kilómetros de la costa valenciana. La inauguración de la muestra tendrá lugar el próximo viernes 4 de octubre a las 19:00 horas, con entrada libre hasta completar aforo y emisión online en el Canal de YouTube de Casa Mediterráneo.

El director general de Casa Mediterráneo, Andrés Perelló, y el director de la Cátedra Demetrio Ribes de la Universitat de València, catedrático de Historia del Arte y comisario de la muestra, Luis Arciniega, presentarán la exposición y a continuación se ofrecerá una visita guiada a los asistentes. La muestra se podrá visitar hasta mediados de noviembre en la sede de Casa Mediterráneo (antigua Estación de Benalúa, Alicante).
Las torres de vigilancia, de origen ancestral, formaron un sistema coordinado de control del territorio, que se consolidó desde mediados del siglo XVI bajo el reinado de Felipe II. Su construcción fue impulsada por el temor a los ataques de piratas y corsarios y se financió a través de un impuesto sobre la seda creado por las Cortes Valencianas. En su tiempo, el procedimiento se consideró modélico en los reinos hispánicos. Se trata de un patrimonio vinculado al mar, a la vigilancia y a la seguridad en la navegación, así como a la vida de los habitantes próximos a la costa. Todos estos elementos representan un particular paisaje cultural formado por monumentos, catalogados muchos de ellos como Bien de Interés Cultural (BIC).
La exposición aporta abundantes datos y materiales sustentados en el rigor científico, pero con una orientación atractiva y didáctica para el público en general, mediante un importante enfoque gráfico y audiovisual, disponible en tres lenguas: valenciano, castellano e inglés. La muestra que ahora recala en Casa Mediterráneo ha viajado a diferentes localidades de la Comunidad Valenciana desde su presentación en el año 2024: Santa Pola (23 de febrero – 31 de marzo), València (4 – 22 de abril), Villajoyosa (30 de abril – 23 de junio), Benicarló (26 de junio – 28 de julio) y Xàbia (1 de agosto – 29 de septiembre).
Con el fin de conocer la historia de las torres vigía, la importancia que revistieron en su tiempo y su valor actual, mantuvimos una entrevista con Luis Arciniega.
¿A qué obedece el título de la exposición “De temor y seda”?
El título «De temor y seda» es una cierta provocación hacia el espectador. Se trata de dos términos que parece que no tienen ninguna relación. Temor alude al miedo que tenía la población que vivía en la costa del antiguo Reino de Valencia ante los ataques de piratas y corsarios. Y la seda era un cultivo importantísimo en aquella época, que permitió generar un impuesto que costease un sistema de vigilancia coordinado. Esa explicación se orienta en el subtítulo: «Las torres de vigilancia de la costa».
¿A qué época se remontan estas fortificaciones?
La existencia de torres de vigilancia o atalayas se remonta a la antigüedad. Tenemos testimonios que nos hablan de ese uso de puntos de vigilancia para advertir de un posible peligro. En época medieval cayeron en cierto desuso, aunque se utilizaban de manera local. Es decir, un señor territorial o un municipio podían poner los medios necesarios para advertir de un peligro inminente que les acechara de manera más cercana. La novedad que se introduce a mediados del siglo XVI es plantear este sistema, no como elementos aislados, sino como algo que afectase a todo el reino, de manera que cualquier peligro pudiera advertirse en zonas contiguas y ponerle remedio a través de la búsqueda de refuerzos que protegieran a la población y también a los navegantes, lógicamente, cristianos en este caso.
Por lo tanto, no se inventa a mediados del siglo XVI, pero sí que adquiere una dimensión que no se había conocido previamente. Ése es el rasgo más importante, que funciona de manera coordinada. Como hemos comentado anteriormente, la solución es un impuesto creado exprofeso y que gestiona la Generalitat. En aquellos sitios donde no había población ni había recursos es la Generalitat la que los costea. Mientras que en los lugares en los que sí que existe esa posibilidad se producen acuerdos entre la Generalitat, el municipio y los señores territoriales, que llegan a asumir de manera compartida los gastos derivados de todo este sistema.
La presencia de esas torres era un elemento de seguridad.
¿Nos puede ofrecer algún ejemplo de situaciones de peligro que hayan evitado las torres vigía de la Comunidad Valenciana?
Sí, hay muchísimas referencias de asaltos, ataques… Una de las circunstancias más relevantes, probablemente, fue el asalto de Cullera por Dragut en 1550, principalmente porque tuvo lugar en un río navegable que llegaba a Alzira; y se ve en su propio escudo. Es la llave del reino, porque está en una isla fluvial. Por ahí se encontraba el camino que comunica de norte a sur todo el reino y Cullera es el punto más cercano a la capital, Valencia.
Produjo una enorme conmoción que, tan cerca de Valencia, sucediera este asalto. Pero son numerosísimos los ataques, en algunos casos en varias poblaciones alicantinas y, casi de una manera bíblica, se decía que en aquél sólo quedaron un hombre y una mujer después del asalto. Se dejaba, de esa forma mítica, a un hombre y una mujer para justificar que después la población continuó existiendo. La presencia de esas torres era un elemento de seguridad.
Y también disuasorio, supongo.
Correcto. Sí, ésa era la utilidad que tenían. Los elementos que dificultaban esos desembarcos y asaltos lo que provocaban era que los atacantes buscaran otros lugares que les fueran más sencillos. Por ello, muchos de los ataques se producían a las propias torres, para dificultar que se advirtiera del peligro y así las incursiones fueran más factibles. Continuamente, las crónicas nos citan estas circunstancias de asaltos, así como ciertas ocasiones en las que no era posible la defensa porque no había recursos para mantener a los soldados que estaban en esas torres, de modo que la vigilancia decaída. Era un juego continuo entre atacantes y defensores.
¿Cómo funcionaban las torres vigía? ¿Disponían de defensa propia y de artillería? ¿Avisaban del peligro y entonces las milicias locales cercanas podían acudir?

Las torres son estructuras aparentemente sencillas. Se trataba, simplemente, de generar una plataforma que sirviera de atalaya, de punto desde el que divisar el mayor horizonte posible y que las fortificaciones se comunicaran visualmente, no sólo con el mar, sino también con las torres contiguas, de manera que entre una y otra, según la orografía, podían encontrarse a 15 o a un kilómetro. Si había calas de por medio, había que vigilar para evitar que el enemigo se ocultara ahí. De modo que la distancia no era constante; dependía de los puntos que había que defender, bien fuera una cala o una aguada, es decir, un sitio donde el enemigo pudiera abastecerse de agua y así estar durante más tiempo atacando la zona.
Las torres podían defender la entrada a un valle de poblaciones; en ocasiones también evitar, no ya los desembarcos, sino también los embarques de población morisca, esa población que había sido obligada a recibir el bautismo en 1525, pero que realmente mantenía su fe y era musulmana. Muchos de ellos se embarcaban hacia el norte de África con la consiguiente pérdida de mano de obra para los señores territoriales.
Esa utilidad era muy diversa. Las torres habitualmente tienen una estructura que puede ser cuadrada, circular o troncocónica, y el acceso casi siempre era en alto. Las restauraciones para dar un uso actual a estas obras han situado una puerta a ras del suelo, pero en realidad la entrada estaba en el primer piso y la parte inferior era maciza para evitar, ante un asedio, que los atacantes derribaran los muros. Entonces, el acceso se hacía mediante una soga que se lanzaba desde el interior de la torre o por una escalera.
Y sobre ese acceso, en la parte superior había un matacán, una estructura que sobresalía y desde ahí se podían lanzar piedras y otros objetos al posible atacante. Desde ahí podían utilizar ballestas, arcabuces… y en la mayoría de los casos se perseguía que tuvieran una pieza de artillería para hostigar al barco que se acercara. Como decía, era una especie de juego entre atacantes y defensores, porque si no conseguías defender bien la torre, la pieza de artillería, que era costosísima, se la llevaba el enemigo.
Entonces, cuando advertían del peligro, si era de día lanzaban ahumadas, señales de humo. Y si era de noche, encendían un fuego. Cuando los vigilantes se percataban de esas señales, se iban dando el aviso de torre en torre para que toda la zona estuviera avisada y se recibieran los refuerzos necesarios para repeler ese ataque.
¡Es un sistema muy bien pensado y sofisticado!
Sí, es un sistema ancestral, porque lo leemos en las crónicas y, en la cultura audiovisual, nos lleva enseguida a pensar en las películas del Oeste americano, con los indios haciendo señales de humo. Era la forma de advertir en la distancia. Y lo que sí que resulta sofisticado -y ahí es donde entraba la experiencia de capitanes y de ingenieros, muchos de ellos italianos- era decidir dónde ubicar cada torre para que, con el menor gasto se pudiera proteger el mayor territorio posible y recibir las señales adecuadamente, en algunos casos con unos pocos recursos básicos.
Lo que hacían era colocar un orificio en la torre para asegurarse de que esa ahumada provenía de allí y no de un agricultor, orientando exactamente el lugar. Si había dudas, era necesario colocarse en ese punto y si coincidía con el humo, se sabía que procedía de la torre que estaba en peligro y no de cualquier otro origen.
El sistema estaba formado por unos 60 puntos a lo largo de toda la costa, desde la Torre de Sol del Riu en Vinaroz, en el norte, hasta la Torre de Pilar de la Horadada, en el sur.
Me gustaría que nos ofreciera algún ejemplo de torres vigía en la costa valenciana que hayan sobrevivido al paso del tiempo. En el sur de la provincia de Alicante hay varias como la Torre del Moro en Torrevieja o la Torre de la Horadada (pedanía de Pilar de la Horadada).
Torres hay muchísimas, aunque vigías, en realidad, no quedan tantas. Pensemos que el sistema estaba formado por unos 60 puntos a lo largo de toda la costa, desde la Torre de Sol del Riu en Vinaroz, en el norte, hasta la citada Torre de Pilar de la Horadada, en el sur. De esos 60 puntos, aproximadamente dos tercios eran torres; el resto, poblaciones que tenían sus murallas, la torre de la iglesia -que podía hacer las veces de punto de vigilancia-, castillos como el de Santa Pola y el de Alicante, poblaciones como Guardamar… que, sin necesidad específica de una torre, estaban al servicio de todo el sistema.
Se dividían entre la zona de Levante (norte) y la zona de Poniente (sur). La separación se encontraba en torno a la Albufera de Valencia. Pero no eran dos zonas equilibradas, la meridional, que correspondería principalmente a la provincia de Alicante, era, sin lugar a duda, la más rica de todo este sistema. Especialmente, debido a la propia orografía. No había tanta superficie de llanura y sí de acantilados y calas.
Ésas son las torres que más han pervivido por hallarse en lugares que, en algunos casos, no han sido devorados por una expansión urbanística. La de Pilar de la Horadada es una de ellas, de las más monumentales por su tamaño. En el norte, por ejemplo, unas pocas décadas antes de establecerse este sistema, se encuentra la Torre del Rey de Oropesa.

Torrevieja es una población que nos sirve para destacar la relevancia de este paisaje cultural que crearon las torres. Estas atalayas, por su nombre o por su aspecto, en algunos casos pueden parecer modestas, no grandilocuentes, pero hay que analizarlas en su conjunto, dentro de un sistema. Y así se explica que el primer mapa del Reino de Valencia, realizado por Ortelius en 1584, es decir, hace 440 años, no tiene relieve, carece de montañas, alberga muy poca información… pero dentro de esa escasez de datos están las torres, porque es lo que define al reino, es lo que se muestra como una unidad y es capaz de ofrecer una solución de conjunto en la frontera.
Ésas son algunas de las torres que nos han llegado, pero otras han desaparecido. Por ejemplo, el nombre de Torrevieja procede precisamente de la existencia de una atalaya [de las tres que había]. De hecho, en algunos lugares nos queda el testimonio de las torres por los propios topónimos de las poblaciones; en este caso, Torrevieja es uno de los más emblemáticos. Y en otros, las torres quedan reflejadas en el escudo de la ciudad. Por ejemplo, si analizamos el de Benidorm encontramos un castillo que estaba en la pequeña península de la bahía, del que ya no queda nada, pero el escudo contiene dos torres, las que dominaban toda la ensenada. En el término de Villajoyosa se halla la Torre del Aguiló. Muchísimas poblaciones tienen en su escudo una torre junto al mar, porque es lo que daba garantías a la población asentada en zonas muy peligrosas, con centros históricos a tan sólo unos kilómetros de la costa.
El paisaje cultural es el resultado de la interacción en el tiempo de las personas y el medio natural.
Como señala, la relevancia de las torres vigía queda reflejada en los escudos y en los nombres de algunas ciudades, pero ¿estos hechos son conocidos por la población en general? ¿Esta exposición pretende divulgar acontecimientos importantes de nuestra historia y poner de relieve el valor de estas atalayas?
Correcto. La idea es precisamente ésa. La exposición se genera dentro de la Cátedra Demetrio Ribes, que es una institución que lleva 20 años apostando por la investigación, la difusión de estudios sobre la historia del transporte y sus infraestructuras, la obra pública, la ingeniería civil, etcétera. Y éste es un caso emblemático porque la obra pública funciona precisamente en red. Una carretera, una línea de ferrocarril, un acueducto… son sistemas y no sólo elementos aislados.
Entonces, lo que queríamos subrayar es esta idea: traspasar la consideración del elemento aislado vinculado a un municipio y exponer su utilidad dentro de un sistema, dentro de una red. En su día, tuvo una enorme importancia y, como he comentado a través del ejemplo del mapa de Ortelius de 1584, sirvió para fijar la imagen, ya no sólo de un municipio, sino también de todo el reino. E incluso hay pinturas en el siglo XVII que, para hacer una referencia al reino entero, utilizan la torre, porque era algo común, que ofrecía bienestar a través de la defensa colectiva.
Si analizamos la definición que ofrece el Plan Nacional de Paisaje Cultural aquí en España en 2012, éste se define como el resultado de la interacción en el tiempo de las personas y el medio natural, cuya expresión es un territorio percibido y valorado por sus cualidades culturales, producto de un proceso y soporte de la identidad de una comunidad.
Queríamos dar a conocer que, en su día, las torres de vigilancia fueron un elemento de identidad y, desde nuestro tiempo, merece subrayarlo y trasladar a la sociedad la importancia que todos estos elementos adquirieron. La mayoría son BIC, Bienes de Interés Cultural por Real Decreto.
La exposición se ha hecho con enorme rigor, con mucho material, pero con el fin de trasladarlo a la sociedad. Por ello, tiene un carácter sumamente gráfico y audiovisual. Los textos están en tres idiomas -valenciano, español e inglés- y domina la imagen. Además, se presenta con un panotour (tour panorámico), es decir, cualquier persona a través de su dispositivo móvil o de las pantallas que están habilitadas puede ir de torre en torre apreciando esas vistas panorámicas, obteniendo imágenes aéreas, vídeos… Y además hay un audiovisual con imágenes también muy impactantes que permiten un conocimiento de todo este legado. Son elementos de una enorme importancia patrimonial y que generan un paisaje cultural que es, precisamente, lo que intentamos subrayar con esta exposición.
Por último, ¿dónde comenzó su recorrido ‘De temor y seda’ y en qué lugares proseguirá su itinerancia tras su paso por Casa Mediterráneo?
Queríamos que la exposición comenzara en la zona de Alicante, de modo que se inauguró oficialmente en Santa Pola, en concreto, en su Castillo Fortaleza, un marco idóneo al tratarse de una localidad con una riqueza notable de elementos patrimoniales vinculados a las torres de vigilancia.
De ahí pasó a Valencia, al Edificio del Reloj, a 50 metros de donde estuvo el Baluarte del Grau, un elemento que también estaba muy asociado a todo este sistema. Después viajó a Villajoyosa, a Benicarló y a Xàbia, desde donde se ha trasladado a Alicante. Siempre vamos buscando lugares que tengan esa riqueza patrimonial vinculada a la exposición, que estén cerca del mar y Casa Mediterráneo, situada al lado del Puerto, crea una atmósfera muy interesante para esta exposición.
Tenemos ya comprometidos lugares como Callosa d’en Sarrià, Altea, Dénia… La verdad es que ha tenido una magnífica acogida y no ha parado desde que comenzó su andadura.
Más información:
En el Panotour de la exposición: tourtorres.uv.es
En la página web de la Cátedra Demetrio Ribes.
Vídeo de la Exposición ‘De Temor y Seda. Las Torres de Vigilancia de la Costa’. Cátedra Demetrio Ribes. (youtube.com)
Por María Gilabert Almagro
Responsable de la Revista Casa Mediterráneo.