Nuria Oliver en la presentación de la Estrategia de Diplomacia Pública: «La ciencia es una política exterior que genera confianza y tiende puentes»

La ingeniera alicantina Nuria Oliver fue una de las protagonistas de la presentación de la primera Estrategia de Diplomacia Pública de España 2026-2028, impulsada por el Ministerio de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación y que contó con la presencia del director general de Casa Mediterráneo, Andrés Perelló, y el director adjunto, Ignacio de Julián.

Reconocida internacionalmente por su trayectoria en inteligencia artificial, Oliver ofreció una intervención inspiradora en la que reivindicó el papel de la ciencia, la innovación y el conocimiento como herramientas fundamentales para fortalecer la proyección internacional de España.

Durante su intervención defendió que la ciencia es un lenguaje universal capaz de tender puentes entre sociedades y recordó que, en un mundo cada vez más condicionado por la inteligencia artificial, el verdadero valor reside en la capacidad de formular buenas preguntas, mantener la curiosidad, escuchar con humildad y cooperar para encontrar soluciones compartidas. Una reflexión sobre cómo el conocimiento puede convertirse en una de las mejores cartas de presentación de un país ante el mundo.

A continuación podéis leer su intervención completa y descubrir una visión tan inspiradora como necesaria sobre el futuro de la diplomacia pública, la ciencia y la innovación:

«Conocimiento, confianza y cooperación: La ciencia como infraestructura de la diplomacia del siglo XXI»

Excelentísimas autoridades, representantes del cuerpo diplomático, colegas de la comunidad científica, señoras y señores:

Cuando me invitaron a hablar aquí sobre ciencia y diplomacia, lo primero que vino a mi mente fue el espacio [no porque la Tierra sea un caso perdido]: una nave que lleva más de veinticinco años sobrevolando el planeta cada noventa minutos, la Estación Espacial Internacional. Nació en la posguerra fría como un gesto deliberado: convertir a los mismos ingenieros que habían diseñado misiles intercontinentales en socios de un mismo laboratorio orbital. Hoy, Estados Unidos, Rusia, Japón, Canadá y Europa —a través de la Agencia Espacial Europea, de la que España es miembro— siguen operando juntos, todos los días, una de las estructuras más complejas jamás construidas.

¿Cómo es esto posible? Sin duda no porque sus socios compartan hoy una misma agenda política, ni porque confíen plenamente los unos en los otros. Pero quienes trabajan en la Estación Espacial Internacional comparten algo poderoso: la curiosidad. El deseo de saber. Y esa curiosidad compartida ha resultado suficiente, durante casi tres décadas, para sostener algo cercano al objetivo de la diplomacia: un espacio donde el desacuerdo no impide colaborar.

En esa historia caben, todavía sin nombre, las tres formas de interacción entre la ciencia y la diplomacia, de las que hablaré en el resto de mi ponencia. Juntas sostienen la idea que quiero defender hoy: que la ciencia no es solo una política de innovación. Es también una política exterior.

No porque los científicos seamos diplomáticos, ni porque los laboratorios sustituyan a las embajadas. Sino porque la ciencia proyecta al mundo una imagen de un país, construye reputación, y la reputación es uno de los activos estratégicos más valiosos de cualquier nación.

Esta es la primera forma en que ciencia y diplomacia se cruzan: la ciencia para la diplomacia, la colaboración científica generando confianza y tendiendo puentes, incluso cuando todo lo demás falla.

España ocupa hoy el noveno puesto mundial en producción científica, y el tercero de la Unión Europea, con más de 126.000 publicaciones en 2024. Cada investigador extranjero que desarrolla parte de su carrera en España. Cada estudiante que elige nuestras universidades [y no solo por el clima, aunque ayuda]. Cada proyecto europeo coordinado desde aquí. Cada artículo firmado con instituciones de otros continentes.

Todo ello construye una imagen de España mucho más poderosa que cualquier campaña de comunicación. Porque los países cuya ciencia es excelente transmiten que son capaces de atraer talento, de pensar a largo plazo, de cooperar, de construir instituciones sólidas. La reputación de un país depende, sobre todo, de lo que el mundo experimenta cuando colabora con él.

Y la ciencia, además de representar a los países, tiene una capacidad extraordinaria para acercarlos. El CERN (la Organización Europea para la Investigación Nuclear) nació apenas unos años después de la Segunda Guerra Mundial para demostrar que Europa podía reconstruirse también a través del conocimiento. El Tratado Antártico convirtió un continente entero en un espacio de investigación y cooperación pacífica. Y la Estación Espacial Internacional, como hemos visto, demuestra que esa misma lógica sigue funcionando hoy, incluso entre potencias que compiten en casi todo lo demás. La ciencia abre canales de comunicación cuando la política los cierra, y mantiene relaciones cuando otros espacios de diálogo atraviesan momentos difíciles.

Antes de pasar a la segunda y la tercera forma de interacción entre la ciencia y la diplomacia, permítanme detenerme en algo distinto: la condición que hace posibles a las tres.

Solemos pensar que el mayor logro de la ciencia ha sido producir conocimiento. Yo creo que su mayor contribución ha sido algo diferente: la ciencia ha construido una de las instituciones humanas más sofisticadas para gestionar el desacuerdo. Un sistema que permite que personas con culturas, lenguas e incluso visiones del mundo radicalmente distintas puedan trabajar juntas. Y que convierte el desacuerdo no en un obstáculo, sino en un motor del progreso.

Las y los científicos discrepamos constantemente. A veces con gran intensidad —basta asistir a cualquier congreso científico para comprobarlo. Pero cuando terminamos de discutir, no gana quien habla más alto ni quien ocupa una posición de mayor autoridad. Ganan —provisionalmente— las evidencias científicas. Y subrayo lo de provisionalmente, porque la ciencia nunca da una discusión por cerrada para siempre. La ciencia no exige confianza ciega. Exige procedimientos que hacen innecesaria esa confianza absoluta. Y cambiar de opinión ante nuevas evidencias científicas no es perder un debate. Es ganar conocimiento.

Ojalá esa idea resultara cada vez más familiar fuera de los laboratorios.

Con frecuencia hablamos de la confianza como el ingrediente esencial de las relaciones internacionales. Pero la confianza rara vez aparece al principio. Se construye. Lo que suele existir al principio es otra cosa: la curiosidad para querer entender. La disposición a escuchar antes de responder. La voluntad de comprender antes de juzgar. La humildad de aceptar que nuestra interpretación de la realidad quizá no sea la única posible.

En ese sentido, ciencia y diplomacia comparten una misma aspiración: hacer posible la cooperación en un contexto donde el desacuerdo es inevitable. La cooperación no exige pensar igual. Exige compartir un método, unas reglas y la voluntad de seguir haciéndose preguntas juntos.

Esta reflexión adquiere hoy una urgencia especial. Durante décadas hemos hablado de la globalización del conocimiento. Hoy vivimos en la geopolítica del conocimiento. El talento, la investigación y la innovación se han convertido en activos estratégicos. Y el conocimiento tiene una propiedad especial: a diferencia de la mayoría de los recursos estratégicos, no disminuye cuando se comparte. La ciencia abierta y el software de código abierto llevan décadas demostrándolo: buena parte de la infraestructura digital del mundo está construida sobre código que alguien decidió compartir gratuitamente. Cada vez que una idea circula, aumenta la posibilidad de que alguien la mejore o encuentre una aplicación inesperada. Compartir conocimiento, de forma responsable, no reduce su valor. Lo multiplica.

La tensión entre apertura y protección es hoy uno de los grandes retos de la diplomacia científica. La Comisión Europea lo describe con precisión: apertura responsable. Tan abiertos como sea posible. Tan protegidos como sea necesario.

Frente a esta tensión, Europa cuenta con una fortaleza propia, construida durante más de medio siglo: ha demostrado que la cooperación puede ser una ventaja competitiva. El CERN, la Agencia Espacial Europea, el Laboratorio Europeo de Biología Molecular: la excelencia científica no surge del aislamiento, surge cuando el talento circula y los países crean espacios donde cooperar es más sencillo que competir de forma estéril.

¿Y España? Tiene una oportunidad extraordinaria, y no solo por la creciente calidad de su sistema científico. Puede desempeñar un papel singular como país puente: entre Europa e Iberoamérica, entre el Mediterráneo y el norte del continente.

Esa posición no es abstracta. A través del programa CYTED, España lleva más de treinta años coordinando proyectos de investigación con más de veinte países iberoamericanos. La lengua compartida, las redes académicas construidas durante décadas y nuestra posición geográfica nos permiten conectar ecosistemas de conocimiento que de otro modo raramente se hablarían. Este próximo noviembre, cuando Madrid acoja la Trigésima Cumbre Iberoamericana, esa posición de puente volverá a hacerse visible. Y hace apenas dos meses, España contribuyó a que el Consejo Europeo adoptara el primer Marco Europeo de Diplomacia Científica, un compromiso conjunto para seguir haciendo posible la cooperación científica abierta entre los Veintisiete. Es la segunda forma en que ciencia y diplomacia se cruzan: la diplomacia para la ciencia, los acuerdos políticos y la cooperación internacional haciendo posible construir infraestructuras y comunidades científicas que ningún país podría sostener en solitario.

Todo esto -CYTED, la Cumbre, el Marco Europeo- es, en el fondo, un instrumento al servicio de un mismo objetivo: el talento. Es y debería ser nuestro principal activo: el que formamos, el que atraemos, el que retenemos. Como señala el informe Draghi, la ventaja diferencial de Europa dependerá de su capacidad para convertir conocimiento en prosperidad. Y eso implica que la diplomacia científica empieza mucho antes de que un investigador cruce una frontera: empieza cuando invertimos de forma sostenida en ciencia, entendiendo que apoyarla es también una inversión en la credibilidad y la influencia internacional de nuestro país.

Es lo que demuestra ELLIS, el European Laboratory for Learning and Intelligent Systems, una red europea de excelencia científica en IA: ningún país europeo, por sí solo, tiene la escala para liderar la Inteligencia Artificial, pero Europa, como comunidad científica integrada, sí puede. Gracias a ELLIS hemos atraído investigadores de primer nivel que, de otro modo, habrían terminado en California o Shenzhen, porque ofrece masa crítica europea, excelencia científica real, y una comunidad donde colaborar es más natural que competir. Desde ELLIS Alicante, la unidad ELLIS que lidero, añadimos una pregunta inseparable: no solo cómo hacer la IA mejor, sino para qué y para quién.

Pero ese liderazgo, hoy, se disputa. Las grandes potencias han entendido que el conocimiento constituye uno de los principales factores de influencia del siglo XXI, y compiten por él con la misma intensidad con la que antes competían por otros recursos estratégicos. La geopolítica del conocimiento ha dejado de ser una metáfora.

El ejemplo más claro es la Inteligencia Artificial, mi área de especialización [no podía hablar de ciencia sin hablar de IA]. Gobernar tecnologías mientras las construimos no es nuevo. Lo hicimos con la energía nuclear, con Internet. Pero quizás no lo habíamos hecho a esta velocidad, a esta escala y con tanto desconocimiento sobre los propios sistemas que estamos desplegando. Lo sé por experiencia propia: los investigadores de Inteligencia Artificial llevamos décadas subestimando cuánto tardaría en llegar, y ahora nos sorprendemos de lo rápido que avanza. No somos exactamente los mejores prediciendo nuestro propio campo [igual deberíamos preguntarle a la IA]. En ese escenario, la cualidad más necesaria es lo que la ciencia practica desde sus orígenes: avanzar con rigor bajo incertidumbre, y tener la honestidad de admitir que nuestras respuestas de hoy necesitarán ser revisadas mañana.

Es la tercera forma en que ciencia y diplomacia se cruzan: la ciencia en la diplomacia, el conocimiento científico apoyando la toma de decisiones sobre desafíos que ningún país puede resolver solo, desde el agua, la energía y la salud global hasta la gobernanza de la Inteligencia Artificial.

Termino donde empezamos.

La Estación Espacial Internacional funciona porque un grupo de personas decidió que su curiosidad era más grande que sus diferencias. No necesitaron confiar ciegamente. Necesitaron algo más sencillo y más difícil a la vez: la disposición a seguir haciéndose preguntas juntos.

En una época en la que la IA puede responder en segundos a casi cualquier pregunta, la cualidad más estratégica que puede cultivar una sociedad es su capacidad de formular buenas preguntas.

La curiosidad para escuchar.

La humildad para cambiar de opinión.

Y la voluntad para seguir buscando respuestas.

La diplomacia pública consiste en proyectar al mundo quiénes somos. La ciencia es quizá la forma más creíble de hacerlo, porque no proyecta solo lo que sabemos. Proyecta cómo pensamos. Cómo cooperamos. Y, sobre todo, cómo afrontamos el desacuerdo.

Muchas gracias.

Nuria Oliver, PhD (Madrid, Julio 2026)