
El próximo jueves 10 de julio, dentro del ciclo «Escritores y el Mediterráneo», conversaremos en Casa Mediterráneo sobre posverdad, posperiodismo y posdemocracia, tres conceptos clave para entender la crisis de nuestro tiempo. El encuentro servirá como marco para la presentación del libro En manos de la desinformación (Los Libros de la Catarata, 2025), del historiador y profesor de periodismo Pepe Reig Cruañes, un ensayo lúcido y documentado que analiza el impacto de la desinformación en un contexto de creciente desigualdad social, polarización y pérdida de confianza en las instituciones democráticas.
Junto al autor, participarán en el acto figuras destacadas como Ana Barceló, Rosalía Mayor, Andrés Pedreño y Pilar Cuenca. El evento, de entrada libre hasta completar aforo, empezará a las 19:00 h. y será retransmitido online.
Reig ha ejercido la docencia universitaria durante casi tres décadas, etapa en la que fue consolidando un gran interés por la seguridad fáctica y la verificación de la información periodística. Con la expansión de las redes sociales y la consiguiente crisis del periodismo tradicional, centró su investigación en el impacto de la desinformación y el auge de las fake news.
En esta entrevista previa al evento, conversamos con Pepe Reig —quien ya nos visitó el año pasado para presentar su libro de relatos Conmigo no cuentes— sobre las claves de su nuevo ensayo.
En su último libro En mano de la desinformación analiza la posverdad, el posperiodismo y la posdemocracia; de los tres, ¿cuál es el más preocupante?
Lo más preocupante es la sincronía de esos tres procesos: la pérdida del prestigio de la verdad, la adulteración del periodismo en la competición feroz por el clickbait y el ataque de liberado a los fundamentos de la democracia. Es la sincronía lo que lo vuelve mortal. La condición de posibilidad para que eso se dé está en otra parte: la creciente desigualdad social es lo que crea los públicos frustrados que son el caldo de cultivo de los populismos autoritarios. La democracia encerraba una promesa de igualdad y esa promesa se ha incumplido.
¿Estamos realmente indefensos ante la desinformación o aún hay formas eficaces de combatirla?
Los sistemas políticos siempre llegan tarde a los procesos sociales. Estamos y estaremos indefensos ante la desinformación mientras no acabemos de encontrar y desplegar el conjunto de normas y herramientas que permitan devolver a la discusión pública al centro de la escena, mientras no aprendamos a ejercer el tipo de periodismo cívico que requiere una sociedad invadida por el algoritmo. Empezamos a saber lo que hay que hacer, pero puede que aún no estemos en condiciones de hacerlo.
El ensayo arranca con una cuestión potente: ¿cuánta verdad tolera una dictadura y cuánta mentira una democracia? A lo largo de su investigación, ¿ha encontrado una respuesta a esa paradoja?
La respuesta nunca podría ser una cifra, sino una idea: aunque todo régimen intenta organizar su estabilidad, siempre se desempeña peor con aquello que le es intrínsecamente contradictorio. Las democracias nacieron como una búsqueda de verdades en una discusión libre, mientras que las dictaduras se empeñaban en una sola verdad a costa de prohibir la discusión sobre ella. Cuando las dictaduras permiten la libre discusión, empiezan a morir y cuando las democracias limitan o prohíben esa misma controversia, mueren también.
¿Qué es la posverdad? ¿Se ha normalizado en la vida pública?
La posverdad no es otra cosa que la indiferencia generalizada hacia la verdad, es decir, un estado en el que no importa tanto la verdad de lo que se dice, como la coincidencia con las propias creencias. Las creencias íntimas no proceden de ningún método de observación, ni tampoco derivan ya de ninguno de los grandes relatos emancipatorios de la modernidad, cuya muerte se decretó hace décadas.
Ese estado intelectual no es meramente una moda cultural, sino que responde a la profundización del capitalismo global y el tipo de individualismo narcisista que antropológicamente promueve. Es una suerte de «condición humana posmoderna», perfectamente funcional a las necesidades del consumo de masas.
En el periodismo actual parece que se ha perdido el buen hacer de contrastar las noticias.
El periodismo que ha servido para sostener las democracias en la segunda mitad del siglo XX, sufrió primero una crisis de modelo de negocio con la digitalización y enseguida un ataque deliberado desde la otra forma dominante de comunicación que hemos llamado las redes y plataformas sociales. La respuesta del periodismo clásico a esos dos embates fue precarizar el empleo (con un coste notable en términos de calidad del desempeño) y aflojar las exigencias deontológicas del periodismo para competir en el mercado de la atención en un mundo hiperconectado. El gran sacrificado resultó ser el núcleo de hechos compartidos que habían servido para sostener una conversación pública democrática. Esos hechos habían sido la materia prima del periodismo, su trabajo era asegurar el suficiente suministro fáctico para el espacio en el que se discuten los asuntos de interés general. Cuando ese suministro empezó a decaer, los «hechos alternativos» y las fake news vinieron a ocupar el hueco.
En En manos de la desinformación cuenta como han evolucionado conceptos como verdad (hacia verosimilitud) y noticia (hacia historias interesantes) lo que ha abonado el terreno para la aparición de los bulos; y menciona las «conspiranoias».
Las conspiranoias son los nuevos relatos de un mundo que ha perdido los grandes relatos. Lo interesante de las conspiranoias es que dan curso a emociones y temores que el público tiene, ofreciendo una lectura coherente de todo aquello que parece ir mal para uno dentro del sistema. Que las conspiranoias resulten falseadas no merma para nada su capacidad de atraer intelectualmente a grandes públicos. Cuanto más se desmiente una conspiración más verdad parece. Ni siquiera importa tanto la apariencia de verdad, lo que importa es el propio método. Un método que cree descubrir tras cada acontecimiento una conspiración organizada. Esa forma de razonar resulta muy consoladora, porque explica la impotencia de los individuos en una sociedad compleja y legitima de paso la abstención y desafección cívica. Las conspiranoias, como las fake news, no promueven una creencia determinada, sino una generalizada descreencia que se vuelve inmune a los hechos y evidencias. Es una especie de vacuna contra el realismo.
¿Cómo influye el clickbait en la calidad de la información y en la confianza del público hacia los medios?
Lo que nos está ocurriendo es que el periodismo ha pasado de la vieja carrera por la primicia, que ya hacía peligrar el rigor de la información, a una carrera por los clics, es decir, por el tiempo de conexión y las interacciones del usuario con la pieza. Dentro de un mundo extremadamente competitivo que lucha por retener o captar la atención de un público que ya vive bombardeado con millones de estímulos, los relatos periodísticos han ido perdiendo no solo el rigor sino también la forma y el tempo propios, para adoptar los del espectáculo. No solo se pierde exactitud, sino que también se altera el temario, es decir, la agenda de los medios se vuelve cada vez más espectacular y menos informativa. La carrera ya no es por dar más información y darla antes que los demás, sino más emoción y más tiempo de conexión, es decir, sintonía con las emociones, generalmente negativas, del público (incertidumbre, temor, ira …). Emociones que, por cierto, también son la materia prima del discurso populista contra la democracia.
Parece que el populismo es la mayor amenaza de la democracia…
La democracia ha incumplido su promesa oculta de igualdad y eso es lo que la condena. El gran hándicap de la democracia ha sido siempre la lentitud y debilidad de su respuesta a sus enemigos sistémicos. El populismo autoritario es, en verdad, la mayor amenaza hoy, no solo porque no acertamos a combatirlo sino porque encuentra un aliado poderoso en la frustración social propiciada por la desigualdad creciente. Sí en algún momento pareció que la democracia era el sistema que mejor cuadraba a la economía de mercado, hoy podemos afirmar que el capitalismo globalizado se está volviendo, cada vez más, contra la democracia. Las oligarquías le están buscando un recambio y ese recambio se parece mucho a lo que llamamos posdemocracia o «democracia iliberal». Quien quiera ver de qué hablo que mire a la América del Trump.
Allí vemos como se está utilizando el miedo como estrategia política.
Así es. Si observamos el empeño con que la administración Trump introduce el amedrentamiento social en todos los órdenes (la persecución de inmigrantes, arresto de representantes políticos, castigo a las voces disidentes de la universidad, despido de los funcionarios que se oponen a la arbitrariedad, etc.), todo eso tiene una única función: generalizar el miedo cívico. Ese es el medio ambiente en el que el autoritarismo puede triunfar.
Hablemos ahora de redes sociales. Aunque gracias a ellas la audiencia se ha vuelto más participativa y, en cierto sentido, más democrática, eso no se ha traducido en una mejora de la calidad de la conversación. Ahora todo el mundo puede opinar, y a todas las opiniones se les da la misma validez.
Justamente eso es lo que nos está pasando: creíamos que las redes traían una forma nueva de participación distribuida, desinteresada y abierta, pero ese fue un espejismo que duró lo que tardó en imponerse la mercantilización de la red. La versión capitalista de Internet, que es lo que hoy tenemos en lugar de aquella versión cooperativa que nació en las universidades de Estados Unidos y de la que ya prácticamente solo queda la Wikipedia, ha volatilizado aquella esperanza. La Internet real de hoy ha dividido al público en burbujas de afinidad, los algoritmos que rigen el funcionamiento de las plataformas conducen inexorablemente a una suerte de ensimismamiento de los públicos, que creen intervenir en la esfera pública, cuando solo contempla fragmentos minúsculos de ella. Los usuarios se desentrenan en los hábitos de la conversación, porque cada vez resulta menos probable tropezar con discursos y argumentos diferentes que requieran un esfuerzo de comprensión del otro. La gran paradoja de la gobernanza algorítmica es que cuanto más tiempo permaneces conectado (engagement) más estrecho es tu circulo de interacciones.
Otra gran paradoja es que los bulos tengan mayor repercusión y alcance que la información verificada.
La moneda falsa circula mejor que la verdadera. El gran reto que afrontamos es, precisamente, aprender a utilizar las armas que ya usa la desinformación (viralidad, relatos atractivos, inteligencia artificial) para emplearlos eficientemente en el combate contra ella.
Por último, En manos de la desinformación aborda la idea posmoderna de equiparar el desmentido con la censura. ¿Por qué es tan peligrosa esta práctica?
Cuando X y Facebook decidieron recientemente suprimir los tímidos controles que estas plataformas habían introducido para reducir el impacto de las mentiras, lo hicieron alegando que no podían estar a favor de la censura. Eso también era mentira. Ellos sabían perfectamente que el trabajo de los verificadores no era censurar, sino tan solo etiquetar como falsas las mentiras de la red, pero a Elon Musk y a Zuckerberg eso tampoco les vale. Prefieren que las mentiras circulen sin ser desmentidas. Eso es lo que da dinero, porque es lo que produce tráfico. La confusión deliberada entre desmentido y censura forma parte ya del discurso de las derechas. En todas partes sea aprestan a defender la libertad de mentir y votan en contra de que se impida el acceso al parlamento de los seudo medios especializados en difundir bulos.
Por Gemma Belén
Técnico de áreas, Casa Mediterráneo