Por María Gilabert Almagro.
En el mundo hay personas que tienen un especial magnetismo, que acaparan las miradas cuando entran a una sala repleta de gente, que emanan carisma sin saber explicar muy bien por qué. Esa capacidad de seducción la tenía el brillante e inclasificable escritor de viajes británico Bruce Chatwin (1940 – 1989). Basta con observar su profunda mirada en cualquiera de los retratos que nos quedan de él.
Quienes aún no lo conozcan pueden acercarse a su figura a través de las páginas de Bajo el sol. Las cartas de Bruce Chatwin (Sexto Piso, 2012), un libro en el que su viuda, Elizabeth Chatwin, y su biógrafo, Nicholas Shakespeare, recopilan su correspondencia con familiares y amigos, muchos de ellos personajes ilustres del siglo XX -como Salman Rushdie, Susan Sontag, Patrick Leigh-Fermor o Paul Theroux-, que desvela su fascinante personalidad. Una personalidad que quedó reflejada en su escritura, caracterizada por una fina ironía, un agudo sentido del humor y una admiración por los estetas, los nómadas y las personas de acción.
Los viajes fueron para Chatwin el motor de una vida ajena a convencionalismos y en constante búsqueda del misterio que rodea la existencia. Sus experiencias supo plasmarlas en libros que lo convirtieron en un destacado exponente y renovador de la literatura de viajes, aunque algunos le reprochaban que ficcionara retratos de gente real, lugares y acontecimientos. Él decía que su intención no era hacer un fiel reflejo de la realidad. Muchos otros escritores lo hacen, como quienes se dedican al género histórico, sin que ello suponga un menoscabo a su credibilidad.
La curiosidad llevó a Chatwin a recorrer los cinco continentes, desde las remotas tierras de la Patagonia en América del Sur y las vastas llanuras de Australia hasta lejanos parajes de Asia y África Occidental, sin olvidar el Mediterráneo. De hecho, en Grecia, donde el escritor estuvo a punto de convertirse a la fe ortodoxa poco antes de morir a la temprana edad de 48 años, reposan sus restos. Sus cenizas se enterraron bajo un olivo junto a la pequeña capilla bizantina de Agios Nikolaos, a pocos kilómetros de Kardamili, cerca del hogar de uno de sus mentores, el también escritor británico Patrick Leigh-Fermor. Chatwin vivió en Kardamili durante el invierno de 1985, donde terminó uno de sus libros más célebres, Los trazos de la canción (The Songlines).
Tal como relata su biógrafo, Nicholas Shakespeare, Chatwin solía subir al Monte Athos, donde se encuentra un monasterio con vistas al Egeo, un lugar del que el escritor dijo en sus notas: “Athos es, obviamente, otra maravilla atávica”, llegando a afirmar que “la búsqueda de los nómadas es la búsqueda de Dios”. Que los restos de Chatwin descansen en la cuna de la civilización occidental no deja de ser un gesto cargado de poesía y simbolismo.

Otro enclave mediterráneo importante para el autor, donde éste encontró paz y sosiego para escribir, se halla en Italia. Santa Magdalena, una recóndita villa con una torre de piedra situada en la región de la Toscana, restaurada por Beatrice Monti della Corte y Gregor “Grisha” von Rezzori, se convirtió en uno de sus lugares preferidos de retiro. Chatwin, cuando no estaba de viaje, se encerraba en la torre de Santa Magdalena para trasladar sus palabras al papel en el silencio del crepúsculo.
“He tratado de escribir en lugares tales como una choza de barro africana (con una toalla mojada alrededor de mi cabeza), un monasterio athonita, una colonia de escritores, una cabaña en los páramos, incluso en una tienda de campaña. Pero cada vez que llegan las tormentas de polvo, comienza la temporada de lluvias o un taladro neumático destruye toda esperanza de concentración, me maldigo y me pregunto: ¿Qué estoy haciendo yo aquí? ¿Por qué no estoy en la torre?”, declaró el propio Chatwin en su libro ¿Qué hago yo aquí? (What am I doing here?).
Una breve, pero intensa, vida
Para llegar a entender la relación de Chatwin con el Mediterráneo, así como las motivaciones de su vida y escritura, conviene hacer un breve repaso a su biografía. Bruce Chatwin nació en 1940 en Sheffield (Reino Unido). Después de pasar por la Marlborough School, en 1958 con apenas 18 años entró a trabajar para la prestigiosa casa de subastas Sotheby’s, donde se convirtió en un experto en arte impresionista. En esa época empezó a tener problemas de vista que él atribuyó al examen detallado de las piezas de arte, de modo que un oftalmólogo le aconsejó mirar más hacia el horizonte. Dicho y hecho. Chatwin se fue a Sudán y a la vuelta dejó su trabajo. Su interés por la arqueología lo llevó a matricularse en esta disciplina en la Universidad de Edimburgo, pero la tediosa vida académica le hizo abandonar los estudios. Posteriormente, fue fichado por el suplemento Sunday Times Magazine como asesor de arte y arquitectura, donde su vida daría un nuevo giro.
Al entrevistar a la arquitecta y diseñadora Eileen Gray, de 93 años, en su casa de París, Chatwin se fijó en un mapa de la Patagonia y le dijo que siempre había querido ir allí. Ella le contestó que también era su deseo y le pidió que fuera en su lugar, dada su avanzada edad. Chatwin viajó a esa remota región de América del Sur y se despidió de su trabajo con un escueto telegrama: “Me he ido a la Patagonia”. Tras seis meses allí publicó En la Patagonia, que lo catapultó a la fama y le valió reconocimientos como el Hawthornden Prize y el E. M. Forster Award of the American Academy of Arts and Letters. Su siguiente obra fue El virrey de Ouidah, una historia ficcionada sobre el comercio de esclavos para la que se documentó con largas estancias en Benín.

Los trazos de la canción (The Songlines), uno de sus libros más reconocidos, fue el resultado de su estancia en Australia, donde, fascinado por las prácticas ancestrales de los aborígenes, encontró profundas conexiones entre sus canciones y las rutas nómadas, en una suerte de caminos invisibles. Los aborígenes se movían mediante antiguos cantos que les servían de mapa para no extraviarse en sus rutas por el desierto. Chatwin creía en la tesis de que mientras se canta a la tierra, al árbol, la roca o el camino, éstos llegan a ser y se es uno con ellos.
La historia de Colina negra, su siguiente libro, se recrea más cerca de su hogar, en las granjas de las colinas de la frontera de Gales, donde cuenta la relación entre dos hermanos gemelos que crecen aislados de los acontecimientos del siglo XX. Su último libro publicado en vida fue Utz, ambientado en Praga, donde aborda la obsesión que lleva a la gente a coleccionar objetos. ¿Qué hago yo aquí? es una selección personal de relatos, semblanzas, anécdotas y crónicas de viaje que evidencian las grandes cualidades del escritor inglés.
En definitiva, aunque Bruce Chatwin no centró su obra en el Mediterráneo, esta región le sirvió como refugio para escribir, ejerciendo a su vez una importante influencia en su pensamiento y en algunas de sus obras más emblemáticas.
Principales fuentes consultadas:Documental: Werner Herzog, Nomad: In the Footsteps of Bruce Chatwin (2019). Disponible en la plataforma Filmin.
Artículo: “Bruce Chatwin’s journey to Mount Athos”, by Nicholas Shakespeare https://www.johnsanidopoulos.com/2010/08/bruce-chatwins-journey-to-mount-athos.html
Artículo en la revista Far out magazine: https://faroutmagazine.co.uk/santa-maddalena-tuscan-retreat-inspired-bernardo-bertolucci/
Artículo en la web de Santa Magdalena Foundation: http://santamaddalena.org/the-foundation/
Artículo en el blog The Jolly Traveller: https://www.malathronas.com/3307/bruce-chatwin-grave/
Libro: Peregrinos de la belleza. Viajeros por Italia y Grecia (Acantilado, 2015), María Belmonte.
Página web dedicada al escritor: BruceChatwin.co.uk – Your home for news on Bruce Chatwin and Literary Travel.
María Gilabert Almagro es periodista y responsable de la revista digital de Casa Mediterráneo.