En plenas vísperas de Carnavales, la narradora, actriz y clown Virginia Imaz ofrecerá una charla el próximo 24 de febrero a las 18:30 horas en Casa Mediterráneo, centrada en la fiesta, el mito y el ritual que rodean a estas antiguas celebraciones cuyo origen remite a los pueblos ancestrales del Mare Nostrum. La entrada al encuentro es libre hasta completar aforo y con emisión online.
El origen de los Carnavales en el Mediterráneo es una combinación de antiguas tradiciones paganas, rituales de fertilidad y celebraciones religiosas que han ido evolucionando a lo largo de la historia de la región. Muchas de las celebraciones griegas dedicadas a Dionisio, las festividades romanas en honor a Saturno y las fiestas celtas e íberas que marcaban el cambio de estaciones se adaptaron e incorporaron al cristianismo, convirtiéndose en un periodo de celebración antes del ayuno y la penitencia de la Cuaresma. De hecho, el término “Carnaval” procede del latín “carne vale” (“adiós a la carne”), expresando así la transición a un periodo de abstinencia. Con el paso del tiempo, el Carnaval adquirió en la Edad Media un componente más teatral, incluyendo desfiles, máscaras y sátiras.
Entrevistamos a Virginia Imaz para aproximarnos a la idiosincrasia de los Carnavales en el Mediterráneo desde sus conocimientos como maestra de la narración y su declarada pasión por estas celebraciones.
¿Qué elementos caracterizan y distinguen los Carnavales del Mediterráneo frente a los que se celebran en otras latitudes?
Yo diría que algunos carnavales muy conocidos de otros lugares del mundo tienen su origen en los carnavales de las ciudades del Mediterráneo. Expertos que se han dedicado a investigarlo sitúan ese origen en poblaciones como Vinaroz, Sitges, Niza, Venecia… y lo datan hace unos 5.000 años en Egipto y Sumeria. Son festividades sumamente antiguas, ligadas al cambio de ciclo de agricultura; eran una llamada a la primavera, una celebración de la fertilidad. Y también estaban vinculadas a la diversión, al placer, a la catarsis en el contexto de situaciones que eran muy duras. En ese tipo de circunstancias, se producía un cambio de roles sociales. Los esclavos podían ser liberados durante unos días de sus obligaciones y disfrazarse de cualquier cosa. ¡Imagínate! Para un esclavo, de repente, poder dejar de serlo un rato era una gran metáfora de vida. Incluso hoy en día, a menudo somos esclavos de nuestros roles sociales.
Por ejemplo, en mi caso, soy mujer, madre, con una edad, de una clase social y con unos ingresos determinados, con una biografía x… Y hay veces en que me es muy difícil dejar de ser hija, madre o esposa. Y, de repente, con el carnaval puedo ser cualquier cosa.
¿Qué vestigios conserva el Carnaval de antiguas celebraciones paganas o mitológicas de la región mediterránea, como las Saturnales romanas o las Dionisias griegas?
Hay un origen muy agrario, que está vinculado a divinidades que protegían las cosechas. Por ejemplo, en el carnaval de Niza representan figuras de papel maché y hay muchas flores. De ahí la famosa batalla de las flores, que tiene que ver con una llamada a la primavera. Todo se renueva, todo renace después del invierno, todo lo que se siembra luego se cosechará. Es un motivo de celebración.
Más adelante, con el tiempo, estas festividades fueron asumidas por las grandes culturas grecorromanas, particularmente de las fiestas dionisíacas en honor a Dionisos, más conocido por ser el dios del vino, pero con otras muchas más connotaciones. Dentro del Olimpo le llamaban también “el nacido dos veces”, era un dios de transmutación. Las festividades en su honor, las dionisiacas, dieron lugar al teatro. De ahí también mi interés y mi pasión por este tema: lo escénico ligado al ritual, a la catarsis, a la máscara, a ser otro y otra, a dejar de ser quien eres habitualmente y encarnar un personaje, estar poseído por algo más grande.
Y las Saturnales o las bacanales romanas tendrían el mismo espíritu, con Baco, el equivalente romano al dios griego Dioniso. Saturno, además de devorar el tiempo, a sus hijos, que es por lo que lo conocemos, sobre todo en algunos cuadros, era el dios de la agricultura, el que determinaba que los ciclos tenían que morir para empezar de nuevo. Y pone en cuestión también la propia idea de muerte, porque, ¿la semilla está muerta cuando no vemos que la planta florece? Esta idea tiene resonancias sobre la propia vida humana. ¿Realmente morimos del todo o lo que queda es una semilla nuestra que germina y la conciencia continúa? En la antigüedad se creía que la vida continuaba y que el ciclo se repetía sin tregua. Todo esto es fascinante.
¿Cómo influyen los elementos espirituales o religiosos en el imaginario del Carnaval mediterráneo?
La Iglesia Católica se apropiaría de ciertos rasgos de las festividades de origen pagano, griegas y romanas, reconvirtiéndolas y dándoles un barniz, un sincretismo que les permitiera relacionarlas con su propio santoral. Al final, la idea de los carnavales católicos es la misma. De hecho, la palabra carnaval procede del latín Carna vale, que significa “adiós a la carne”. En cuanto a la carne como alimento y como apetito sexual. Por eso, las fechas del carnaval se tomaban en el calendario los días previos a la Cuaresma, que es un tiempo sin carne. Era una preparación espiritual para la resurrección que nos traía Jesucristo. Realmente, hay muchas similitudes y sincronías con los ritos dedicados a Dioniso.
Los carnavales se extendieron por todo el Mediterráneo, adoptando en cada ciudad características un poco diferentes. Yo he tenido la fortuna de conocer algunos de estos carnavales por mi trabajo como teatrera, como nómada y por mi propio interés personal. Por ejemplo, en Vinaroz hay una noche de pijamas donde todo el mundo va así vestido. Me parece un divertimento, una gloria, una picaresca, una travesura…
Por todo el Mediterráneo se extendieron estas celebraciones y básicamente había desfiles, con carrozas muy coloridas y decoradas, al principio, sobre todo, con motivos ligados la agricultura y al ganado con pieles de oveja y cencerros. El pueblo venía a despertar a la primavera y, aunque eso ha ido evolucionando, todavía hoy sigue habiendo muchos vestigios en carrozas de flores, plantas, representación de la vid, de la parra, del culto al vino tan querido en el Mediterráneo y a Dioniso.
Supone una forma de recordar que la vida es corta, no podemos estar todo el rato serios ni graves, aunque el mundo sea hostil. Hay que rescatar el optimismo, reconectar con la alegría y para eso se recurre puntualmente, una vez al año, a drogas como el alcohol, sustancias que alteran nuestra percepción y nuestra conciencia. Algo muy diferente a cuando se pierde la idea de ritual y la ingesta de alcohol se hace todos los fines de semana. Entonces, dejas de ser libre porque la sustancia te hace prisionero, se vacía de contenido, se frivoliza y pierde el componente de lo sagrado. Por ello, el carnaval es maravilloso una vez al año; todos los días sería un verdadero problema, una ocasión para que campeara la delincuencia.
Los carnavales, además de intentar conectar con la alegría a través de la música, la danza, el color, dan permiso para disfrutar, para gozar como si se fuera a acabar el mundo.
¿Qué otras fiestas de carnaval destacaría en el Mediterráneo?
En otros pueblos o ciudades, en lugar de carrozas se utilizaban barcas. Por ejemplo, en Venecia, el desfile de las barcazas con quemas y luces es una maravilla, un espectáculo digno de ver. Yo diría que uno de los componentes más grandes, además de intentar conectar con la alegría a través de la música, la danza, el color, es que hay permiso para disfrutar, para gozar como si se fuera a acabar el mundo. Y eso nos puede hacer sentirnos intensamente vivos. Y creo que hay más elementos en el Carnaval que tienen que ver con la preparación a lo espiritual, como el vino veritas, las verdades que se dicen con el vino. Normalmente, este tipo de sustancias provoca que se relajen los filtros sociales y atreverse a expresar lo que se desea o denunciar lo que se considera injusto. Todo eso es muy sanador, catártico, terapéutico, porque cuando me doy vacaciones del ego, de quien soy todos los días, me permito explorar mi propia sombra.
A esto habría que añadir el hecho de que lo que nos define como hombres o como mujeres en algunas culturas ha sido muy rígido. Lo femenino y lo masculino lo asociamos mal, cuando lo que nos define no son rasgos rígidos ni estables. Esta cultura ha definido, por ejemplo, que los hombres no pueden llevar faldas, cuando en la antigüedad los guerreros y sacerdotes iban con faldas cortas o con túnicas. A muchos hombres, sin que su heterosexualidad ni virilidad esté en duda, les gustaría jugar o experimentar con un revuelo de faldas. Por eso, en los carnavales un montón de hombres se disfrazan de mujeres. Y al revés.
Nos disfrazamos del anhelo de lo que no tenemos permitido. También hay personas de cierta edad que se disfrazan de niños en un deseo de recuperar la infancia o la juventud. Los disfraces que elegimos no son al azar o no deberían serlo, sino un anhelo del corazón, un recreo existencial. Yo adoro disfrazarme, jugar a múltiples posibilidades. Además de narradora, soy payasa. Considero que la nariz es la máscara más pequeña que existe. Cuando te pones una máscara, la que sea, la nariz de payaso, un maquillaje, una joroba, un cuerpo musculoso… te transforma, hace que la gente te vea diferente y así te sientas durante un rato. Creo que es un regalo terapéutico, un ejercicio de sanación, de transformación. Especialmente cuando nadie te reconoce se produce una borrachera de libertad, que te anima a atreverte a cualquier cosa gracias al anonimato y a la permisividad del Carnaval.
Soy muy fan de los Carnavales de Cádiz, que se considera mediterráneo, aunque geográficamente no lo sea, porque tiene una relación directa con el Carnaval de Venecia. Ambas ciudades estaban muy vinculadas por el comercio marítimo y veo un montón de influencias. Las chirigotas gaditanas reciben reconocimiento cuando, además de derrochar humor, captan una preocupación social. El sentido del humor es un exorcismo de lo que más nos asusta.
También hay un carnaval en Croacia maravilloso, el de Rijeka, que tiene elementos de los carnavales de mi tierra, Euskadi, donde se utilizan pieles de oveja, cencerros en el cuello y máscaras con cuernos y plumas, muy ligados al pastoreo. Se organiza un rally, haciendo una parodia del París-Dakar, en el que los habitantes tunean sus coches con personajes conocidos popularmente y se disfrazan haciendo una representación escogiendo un tema de actualidad.
¿Qué conexiones hay entre los rituales actuales y los ancestrales de las culturas mediterráneas?
La celebración de los carnavales es muy antigua. De repente, aparecen textos de 1200 con evidencias de que ya entonces existía el carnaval. Por ejemplo, el Carnaval de Niza es de finales de 1800, pero hay textos de 1200 hablando de esa festividad. Van surgiendo vestigios escritos de viajeros o de filósofos que contaban lo que habían presenciado. Ésta es una parte que forma parte de la tradición, del patrimonio de la humanidad. Casa Mediterráneo está inmersa en esa tarea de conservación y divulgación de todo lo que constituye una cultura que tiene como eje vertebrador un mar de conexión, de influencias, de guerras, de negociación, de aprendizaje.
Hay leyendas, hay canciones, hay juegos, hay maneras de hacer, hay festividades de origen pagano como éstas de los carnavales… Y me parece una maravilla haberlo podido conservar, sobre todo porque los carnavales han conseguido sobrevivir a épocas históricas de prohibición y de censura. Desde los comienzos, las bacanales fueron prohibidas en la antigua Roma. En España, en la guerra Civil y en la posguerra, no hubo muchas poblaciones que pudieron mantener sus carnavales y algunas lo hicieron de manera clandestina.
Por María Gilabert Almagro
Responsable de la revista Casa Mediterráneo