Pedro Olalla: “Los saberes griegos aportaron un caudal enorme al mundo musulmán, que sirvió, a la vez, para generar su propia cultura”

Pedro Olalla.

El atribulado viaje de los antiguos saberes griegos a través del islam y su entrada en Occidente a través de Al-Ándalus y en la España cristiana es, en mayor grado de lo que imaginamos, una de las líneas civilizatorias que han alimentado nuestra cultura y, sin lugar a duda, una de las historias poco conocidas que nos unen. Explorarla a través de los textos, las ciudades, los caminos y las personas es el objeto de un encuentro con el helenista Pedro Olalla, cuya polifacética obra reflexiona desde Atenas sobre el alcance de todo lo griego en la cultura universal.

Pedro Olalla arrojará luz a estos hechos a través de una conferencia audiovisual el próximo 24 de enero a las 19 horas en Casa Mediterráneo, que también podrá seguirse online en el canal de YouTube de la institución. El encuentro, titulado «De Grecia a Toledo: el viaje de la cultura griega a través del islam», de dos horas de duración, es de entrada libre hasta completar aforo.

¿Cómo entraron en contacto los saberes griegos con el islam?

No es una pregunta rápida de contestar… La historia de esta vía de transmisión de la cultura griega comienza, en realidad, mucho antes del islam. En realidad, todas las tierras de Sham y del Máshreq –en donde un día empezará a arraigar la nueva religión del Profeta–, habían sido antes una parte importante del área cultural grecorromana, cuyas raíces más profundas llegaban, a su vez, hasta los tiempos neolíticos. Desde tiempos remotos, pues, la civilización que un día será llamada “griega” tenía ya presencia en esas tierras de Oriente.

Después, a partir de los tiempos de la Antigüedad, podemos señalar varios momentos significativos para la transmisión de los saberes griegos. El primero es la Siria helenística de los Seléucidas, cuando las tribus nómadas gasánidas, que transitaban por allí en largas caravanas, comienzan a aprender el griego de la koiné y a ser helenizadas.

En un segundo momento, los jefes de esas tribus –a los que los griegos llamaban filarcas– pasan a ser reyes-clientes de los romanos, y con la llegada del Imperio a la llamada Gran Siria llega también el naciente cristianismo, que, aunque entonces se estaba aquilatando como religión en el espacio cultural de los griegos, ansiaba tener presencia en las tierras semitas donde se había producido la Revelación y donde había vivido Jesucristo. Así pues, desde antes incluso de que el cristianismo fuera proclamado religión oficial del Imperio Romano, muchos pueblos árabes comienzan ya a adoptar la fe cristiana; entre ellos, los nabateos.

Para la cristiandad de los primeros siglos, decir sirio era decir cristiano, sin importar si se trataba o no de pueblos árabes helenizados. Los sirios de Levante, pues, realizaban la liturgia cristiana en su propia lengua: un dialecto arameo que será conocido en la Historia como lengua siriaca. De este modo, la traducción de los textos sagrados y litúrgicos del griego al siriaco fue también una vía temprana e importante de penetración del helenismo entre los árabes.

Ya en el siglo IV, se fundaron las escuelas teológicas de Nísibis y Édesa, en las tierras altas de Mesopotamia. Precisamente allí fue donde los cristianos siriacos comenzaron a dedicarse al cultivo del saber de los yunán, es decir, de los antiguos griegos.

Otro foco importante de helenismo fue también la ciudad de Gundishapur, donde los soberanos persas fomentaron muy pronto el estudio de la medicina hipocrática. Aparte de la medicina hipocrática, se estudiaban también las matemáticas, la filosofía, la teología y otras ciencias de tradición griega. De Gundishapur, el foco de helenismo pasó en el siglo VI a Ctesifonte, a la fastuosa corte del rey Cosroes, quien promovió la búsqueda de manuscritos antiguos con obras de filosofía, astronomía, medicina y artes, y encargó traducciones del griego y del siriaco al persa.

Y –como es sabido–, a partir del siglo IX, el peso específico de los saberes griegos estará concentrado en la Casa de la Sabiduría de la recién fundada ciudad de Bagdad.

Por cierto, ¿qué papel desempeñaron los movimientos de traducción, como el protagonizado por la Casa de la Sabiduría bajo el califato abasí, a la hora de trasladar al árabe los textos griegos, de preservarlos y de difundirlos?

La traducción era, en esos momentos, la puerta principal por la que la cultura musulmana encontraba acceso al conocimiento. La Casa de la Sabiduría atesoraba manuscritos de Ptolomeo, Euclides, Hipócrates, Galeno, Pitágoras, Platón, Aristóteles, Plotino, Cháraka, Aryabhata, Brahmagupta…, así como los nuevos libros árabes creados por influjo de esas obras. La Casa albergaba también un observatorio astronómico, un estudio cartográfico, un laboratorio de alquimia, y espacios de encuentro entre maestros y discípulos para el cultivo de las matemáticas, las ciencias naturales y la medicina. Y todo ese cultivo resultaba posible gracias a que la Casa era, sobre todo, un voluntarioso centro de traducción.

En los primeros tiempos de los abasíes, el mundo musulmán dio un salto cultural sin precedentes en su historia, y la traducción fue el principal motor de ese proceso. Las obras de los antiguos griegos proporcionaron la mayor parte de la materia prima; y, a su vez, el interés por esas obras en las cortes islámicas estimuló entre los cristianos la conservación y la copia de los entonces subestimados manuscritos antiguos. En los tiempos de la Casa de la Sabiduría, se puso en marcha un proceso imparable, por el cual, las obras científicas de los griegos antiguos –y, sobremanera, las de Aristóteles– salieron del relativo letargo en que estaban cayendo en los reinos cristianos –pese a los esfuerzos de algunos eruditos– y se reincorporaron al presente fuera de su contexto griego original. Dicho de otro modo: la empresa traductora y editora del tiempo de los primeros abasíes confirió a las obras griegas un nuevo valor, más allá del que tenían ya como legado del pasado en su propia cultura: el valor de ser motor del pensamiento filosófico y científico en tiempo presente y en un nuevo contexto que ya no sería propiamente griego, sino que pronto devendría universal.

Pedro Olalla.

La traducción de textos griegos realizada por los musulmanes, ¿fue más allá de la mera traducción? ¿Fueron las obras griegas adaptadas al contexto islámico?

En cierto modo, sí. Ese fenómeno de adaptación se había dado ya desde las primeras traducciones al siriaco realizadas por los árabes cristianos. En lo tocante a las cuestiones de la fe, los cristianos de Siria modificaban con frecuencia los escritos de los antiguos para conciliarlos con sus propias creencias, eliminando elementos politeístas –los dioses, por ejemplo, eran presentados como ángeles–, promoviendo la moral de la Iglesia y haciendo parecer, en ocasiones, que la filosofía no arrancaba tanto de la razón como de la revelación de los profetas.

Del mismo modo, los esfuerzos por abrirse hacia el conocimiento realizados en los primeros tiempos de la Casa de la Sabiduría fueron propios de una empresa difícil y de una actitud de subversión y resistencia: de una empresa difícil, porque casi todo estaba todavía por hacer; y de una actitud de subversión y resistencia, porque cada paso que se daba podía conllevar un serio enfrentamiento con la verdad revelada sobre la que se asentaba la naciente identidad islámica. A manera de ejemplo, una idea tan obvia y tolerante como la que entonces dejó expresada Al-Kindi –el primer gran filósofo que escribió en lengua árabe–, resultaba arriesgada y subversiva a los ojos de muchos: “No debe avergonzarnos reconocer la verdad y asimilarla, provenga de la fuente que provenga; incluso si ésta llega a nosotros a través de gentes antiguas o pueblos extranjeros.”

Así pues, las prácticas y resultados de las traducciones de Bagdad tuvieron, obviamente, sus luces y sus sombras, sus zonas grises –sus aspectos oscuros, incluso–, que fueron descubiertos con el tiempo y señalados por la crítica de sabios musulmanes posteriores, del rango de Avicena o Averroes. Se dijo, pues, que aquellas traducciones tempranas adolecían, a menudo, de mala comprensión y falta de rigor; se afirmó que, por sus añadidos y supresiones en el texto, eran más bien recreaciones de las obras antiguas a la medida y conveniencia del islam; se reprochó a los traductores y estudiosos la apropiación de ideas ajenas para la confección de obras propias, disimulando u ocultando de dónde procedían; y, lo peor de todo: se denunciaron, incluso, casos de destrucción deliberada de los originales para consolidar las traducciones árabes como único testigo del saber de los antepasados y para evitar cualquier operación de revisión o de retraducción. Pero, aun así, con todos sus defectos, aquellas traducciones fueron un gran aporte a la posteridad.

¿Qué aportaron los saberes griegos a los conocimientos culturales y científicos del mundo musulmán?

Un caudal enorme, que sirvió, a la vez, para generar su propia cultura. El mayor aporte fue, sobre todo, la filosofía natural de Aristóteles, la materia científica y los conocimientos aplicados, que era lo que más interesaba a los árabes: la astronomía de Hiparco y de Ptolomeo, la geometría de Euclides, la mecánica de Herón, la medicina de Hipócrates y de Galeno, la farmacopea de Dioscórides… E incontables volúmenes de geografía, matemáticas, alquimia, botánica, zoología, veterinaria, mineralogía, música, gramática… Incluso estamos descubriendo que también llegaron a interesarse por Homero.

El califa Al-Mamún realiza un envío al emperador Teófilo.

Durante el dominio musulmán en la península ibérica, Al-Ándalus fue un importante centro de aprendizaje e intercambio cultural. Ciudades como Toledo, Córdoba y Sevilla eran núcleos de conocimiento donde la coexistencia de musulmanes, cristianos y judíos facilitaba la transferencia de ideas. ¿Qué vías permitieron la penetración de los saberes griegos a Al-Ándalus?

Sabemos que existió una fecunda vía de transmisión de los saberes de la Antigüedad que salía de Grecia y llegaba a Toledo a través de las tierras del Máshreq, del Magreb y de Al-Ándalus; un caudaloso río de palabras, que brotaba del griego y llevaba sus aguas al latín a través del siriaco y del árabe (e incluso del mozárabe y el castellano); una voluntariosa empresa civilizadora, sostenida por mentes abiertas de griegos paganos, griegos cristianos, árabes cristianos, árabes musulmanes, judíos conversos y católicos tolerantes, atraídos todos por el conocimiento y la verdad.

Siguiendo el ejemplo de Bagdad, comenzaron a fundarse bibliotecas, escuelas y hospitales por todo el mundo islámico. La lejana Fez de Al-Andalus, tuvo, por ejemplo, un importante centro de estudios desde el temprano año 859 –la madrasa de Al-Qarawiyyinen, que, con el tiempo, llegaría a ser una auténtica universidad con un amplio currículum de ciencias griegas–; la Córdoba califal de Abderramán III y de su hijo Alhakén –auténtica rival de Bagdad– llegó a contar con numerosas bibliotecas, varios centros de estudio, escuelas gratuitas para las gentes sin recursos, y sendas academias de medicina y traducción; y Medina Azahara, la ciudad palaciega creada por los dos califas, tuvo una ingente biblioteca, con cientos de miles de volúmenes en árabe, griego y latín –adquiridos en todas las ciudades florecientes del islam y de la cristiandad– y un taller de copia y de fabricación de libros, gestionado directamente por mujeres.

Las traducciones de Toledo alimentaron durante mucho tiempo las mentes más abiertas e inquietas del Occidente cristiano y fueron las depositarias principales del saber de los antiguos griegos.

La ciudad de Toledo fue clave para la transferencia de saberes del mundo islámico al cristiano. ¿Qué papel tuvo esta la Escuela de Traductores en todo ese proceso?

Ya en los últimos tiempos de dominio islámico, Toledo había recibido la llegada de numerosos sabios musulmanes y hebreos emigrados de Córdoba, que habían hecho de la ciudad un vivero nuevo en donde cultivar lo que ellos llamaban “las ciencias de los griegos”: matemáticas, astronomía, alquimia y medicina. Con ellos, llegaron también algunos de los libros salvados de la famosa biblioteca de Alhakén, que, tras los desmanes ocurridos en Córdoba, habían comenzado a dispersarse por los reinos de Taifas.

La reconquista de Toledo consiguió en el año 1085, con un pacífico acuerdo entre cristianos y musulmanes, que favoreció también a judíos y francos. Aunque la prometedora convivencia surgida de este pacto se fue deteriorando con el tiempo, es innegable que los doscientos años transcurridos desde entonces hasta el fin del reinado de Alfonso X, el Sabio, fueron para Toledo una época fructífera de encuentro y colaboración entre culturas.

A decir verdad, aún no sabemos si, en Toledo, existió realmente una “escuela de traductores” en el sentido que lo fue la Casa de la Sabiduría de Bagdad; pero sabemos con certeza que existió, durante más de dos siglos, una intensísima actividad de traducción, fruto del trabajo en común de muchos estudiosos de talento, amparados, a veces, por las autoridades eclesiásticas o por la propia corte.

Es igualmente cierto que, en esos mismos años, también en otras tierras donde hubo mestizaje cultural –como el Valle del Ebro o los Condados Catalanes– se tradujeron al latín obras griegas y árabes –¡incluso se tradujo el Corán por vez primera!–; pero, con todo, en los siglos XII y XIII, Toledo fue, de forma indiscutible, el mayor foco de traducción de todo el Occidente medieval.

Los libros traducidos en Toledo fueron copiados y estudiados en las universidades de Salamanca, Bolonia, Óxford, Cambridge, París, Toulouse, Montpellier, Nápoles… Las obras de Avicena y Averroes influyeron poderosamente en el pensamiento de Santo Tomás de Aquino; las de Ibn Arabí inspiraron a Dante y a Raimundo Lulio; las de al-Bitruyi, a Copérnico y Kepler; las de al-Juarismi, a Fibonaci…

Las traducciones de Toledo alimentaron durante mucho tiempo las mentes más abiertas e inquietas del Occidente cristiano y fueron las depositarias principales del saber de los antiguos griegos hasta que nuevas traducciones de los originales empezaron a entrar por la vía latina. Eso, comenzará a pasar, tímidamente, en el siglo XII, avanzará unos pasos en el XIII, y no sucederá, de forma sistemática, hasta el XIV y XV. Pero ésa es otra historia. Muy hermosa, también.

¿Podríamos concluir, pues, que, en la transmisión de los saberes griegos a Occidente, existió una vía cristiana y una musulmana?

En líneas generales, no se puede negar que las hubo. Pero yo creo que, si vemos un poco más allá de la pertenencia a una u otra comunidad religiosa, hubo, en realidad un único camino: el de la libertad y la razón, frente a la sumisión y el dogma. Sí, en mi opinión, la línea que define ese único camino del conocimiento no pasa entre los fieles de una religión y los de otra; pasa entre los dispuestos a buscar la verdad y los dispuestos a disfrazar de verdad su propia conveniencia.

Sobre Pedro Olalla

Escritor, profesor, traductor, fotógrafo y cineasta, por el conjunto de su obra y por su labor en la promoción de la cultura griega, Olalla, ha recibido, entre otros importantes reconocimientos, los títulos de Embajador del Helenismo (por el Estado griego), Caballero de la Orden del Mérito Civil (por el Estado español) y miembro asociado del Centro de Estudios Helénicos de la Universidad de Harvard.

Entre sus obras destacan el ‘Atlas Mitológico de Grecia’ –patrocinado por la Fundación Onassis y premiada por la Academia de Atenas–; la serie documental de televisión ‘Los lugares del mito’; la película documental ‘Ninfeo de Mieza: El jardín de Aristóteles’; el libro ‘Arcadia Feliz’; la trilogía integrada por ‘Historia Menor de Grecia’, ‘Grecia en el aire’ y ‘De senectute politica: carta sin respuesta a Cicerón’; el ensayo ‘Palabras del Egeo. El mar, la lengua griega y los albores de la civilización’ (Acantilado, 2022), así como las películas ‘Con Calliyannis’,  ‘Grecia en el aire’, versión audiovisual de su libro homónimo, ‘Juan de Fuca. En busca del Paso del Norte’ y ‘Francisco Albo. Marinos griegos en la primera vuelta al mundo’, estas dos últimas realizadas con la colaboración de Casa Mediterráneo.


Por María Gilabert Almagro
Responsable de la Revista Casa Mediterráneo