Andrés de Francisco: «Atenas configuró la democracia antigua -si no la inventó- llevándola a su máximo nivel de desarrollo y radicalidad»

La democracia ateniense de los siglos V y IV a. C. constituye el ejemplo más famoso y quizás el más perfecto de democracia directa. Casa Mediterráneo se adentra en este fascinante periodo de la mano de Andrés de Francisco, traductor y autor de la introducción del libro de Mogens H. Hansen La democracia ateniense en la época de Demóstenes (Capitán Swing), acompañado de Juan Mesa, Catedrático de Filología Latina de la Universidad de Alicante. El coloquio tendrá lugar el viernes 10 de febrero a las 19 horas en la sede de la institución diplomática en Alicante (entrada libre hasta completar aforo) y también podrá seguirse por streaming en su canal de YouTube.

El libro cubre el tramo histórico 403 – 322 a.C., centrándose en los últimos 30 años, que coinciden con la carrera del político ateniense Demóstenes, uno de los oradores más relevantes de la historia. Un tiempo en el que los atenienses concibieron la libertad tanto como la capacidad de participar en el proceso de toma de decisiones como el derecho a vivir sin la opresión del Estado o de otros ciudadanos.

Los ponentes examinarán la democracia ateniense como sistema político y como ideología. Esta fue un extraordinario laboratorio de experimentación política y el escenario donde se forjaron las líneas maestras del pensamiento político occidental, con un maravilloso entramado de leyes, instituciones, prácticas, creencias y valores. Aunque se trata de la democracia mejor conocida de la antigüedad, se encuentra injustamente olvidada en la actualidad.

Con el fin de acercarnos a la concepción de la democracia en tiempos de Demóstenes y los ideales de aquellos primeros demócratas mantuvimos una entrevista con Andrés de Francisco. Doctor en Filosofía por la Universidad Nacional de Educación a Distancia (1990), es profesor titular de universidad en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UCM. Ha impartido docencia en la Universidad Complutense de Madrid (UCM), en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), en la Universidad de Barcelona (UB), en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) y en el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales (CEPC). Ha sido investigador invitado en el Instituto Internacional de Historia Social (1988), en la Universidad de Oxford (1988) y en la Universidad de Harvard (1997). Es autor de varios libros y artículos científicos, así como de artículos de opinión en El País y Rebelión. Sus últimos libros son: La mirada republicana (Madrid: 2012), Visconti y la decadencia (Barcelona: 2019), y Podemos, izquierda y “nueva política” (Barcelona: 2022).

Atenas fue una de las primeras ciudades en establecer los principios de la democracia. ¿Cuáles fueron sus principales aportaciones?

Podemos decir que Atenas configuró la democracia antigua -si no la inventó- llevándola a su máximo nivel de desarrollo y radicalidad. Realizó muchas aportaciones, pero tal vez la principal sea que incorporó a los pobres -los aporoi– al cuerpo de ciudadanos con plenos derechos políticos al tiempo que hizo de la ley, y el respeto a la ley, una seña fundamental de su identidad, contra la visión de sus críticos, que no fueron ni pocos ni pequeños.

¿Cómo concebían los atenienses la libertad? ¿Los ciudadanos atenienses eran más activos políticamente que los ciudadanos modernos?

La concebían en un sentido negativo -como los modernos- y en un sentido también positivo -como autogobierno político-. Tenían una noción de vida privada (y de bien) al margen  del Estado, y entendían que libertad era fundamentalmente vivir como uno quiere, sin estar sometido a la voluntad de otros. La democracia ateniense fue la más liberal de las democracias antiguas y el más liberal de los regímenes políticos de la Antigüedad. Hansen -como también nuestro gran Adrados- insiste mucho en esa dimensión liberal (moderna) de aquella democracia antigua. Pero sin duda, la libertad (eleutheria) era (para defensores y críticos) un rasgo esencial de la democracia ateniense. Los críticos pensaban que había demasiada libertad y que la democracia hacía plenamente libres a algunos grupos que no deberían serlo. Por eso terminaron por denigrar la democracia designándola como oclocracia, gobierno de la chusma.

Finalmente, sí, los atenienses fueron un pueblo muy político y aquella democracia fue increíblemente participativa, lo que sorprende aún más sabiendo como sabemos que la acción política comportaba serios riesgos para el que participaba activamente, riesgos de recibir severas condenas, incluso de condenas a muerte o al exilio.

¿Qué buscaba la democracia y a qué intereses respondía? 

Todos los regímenes políticos buscan muchas cosas. Una preocupación fundamental de aquella democracia era seguir siéndolo, y para ello idearon todo tipo de mecanismos para combatir la posible oligarquización del régimen: desde el sorteo y la rotación hasta los diversos mecanismos de rendición de cuentas y control de la acción política. El deliberado amateurismo bien pudo ser un precio que conscientemente pagaron por evitar que el Estado cayera en manos de élites profesionalizadas. Como dice Hansen, la democracia ateniense era también una forma de vida, determinada por  un complejo diseño institucional y por la miríada de procedimientos que articulaban la acción y la relación política entre los ciudadanos y las distintas instituciones. Una forma de vida muy volcada hacia la política, muy politizada, sin duda, pero con principios muy claros. Hemos mencionado la libertad. La igualdad también es un valor fundamental de la democracia antigua, sobre todo la igualdad de palabra, la isegoria. Pero el régimen también buscaba la estabilidad y no menos la grandeza. Atenas en el siglo V a. C. fue una democracia imperial. Y estaba muy orgullosa de su cultura, de su teatro y su escultura y su arquitectura, y su filosofía. La gloria -el afán de gloria- formaba parte de su cultura republicana, así en la política como en el deporte, la cultura y el saber. Y era una sociedad muy religiosa. Por cierto, Atenea -la diosa adorada en el Partenón- no es una diosa cualquiera. Atenea era diosa de la guerra pero también diosa de la prudencia, a diferencia de Ares, al que la batalla podía cegar. Esta síntesis entre coraje y prudencia la valoraban los atenienses enormemente. Al ateniense le gustaba la luz y el conocimiento, sin rehuir la lucha y el lado agonístico -y competitivo- de la vida. Por eso también Apolo- y su oráculo- no dejó de ser consultado en Delfos, que también tenía su santuario de Atenea.

Aquél fue un experimento único de democracia directa, al ejercer los ciudadanos el poder ejecutivo de forma personal, pero la participación no era universal. ¿Qué ciudadanos eran los que podían ejercer la democracia directa?

Los varones hijos legítimos de matrimonios atenienses. Quedaban excluidos los metecos, los esclavos y las mujeres. Y los magistrados (archai), los jurados (dikastai) o los legisladores (nomothetai) debían tener más de treinta años.

¿A qué obedecía esta exclusión y qué asuntos se trataban en la Asamblea? 

La democracia ateniense, como cualquier otro régimen de la antigüedad (las tiranías o las oligarquías) estaba inserta en la cultura patriarcal del mundo antiguo, que era un mundo también esclavista. No le podemos pedir peras al olmo. La exclusión de los metecos no era ni por razones patriarcales ni esclavistas. Era más bien una cuestión de identidad entre la polis y el pueblo, y esa identidad tenía que defenderse de forma muy consciente dado que la democracia ateniense tenía una dimensión o una esfera socioeconómica que no coincidía con su dimensión o su esfera política. La esfera económica y social dejaba espacio para la actividad de metecos y también de las mujeres e incluso de los esclavos. Era una vida social y económica rica y variada. Pero el Estado era un coto cerrado y restringido y excluyente de los ciudadanos. Muchos inmigrantes en el mundo contemporáneo no son ciudadanos del país donde residen. Y hay quien cree que los Estados de hoy que reciben mucha inmigración deberían restringir todo lo posible el acceso a la plena ciudadanía de los mismos. Amén de ofrecer una identidad (cívica), la ciudadanía comporta determinados privilegios y confiere poderes. Y el poder y el privilegio se comparten a disgusto. Ahora como antiguamente.

Las opiniones de los votantes estaban en ocasiones influidas por las sátiras políticas realizadas por los poetas cómicos en los teatros. ¿Tal era su capacidad de influencia? 

Naturalmente. Pero también por las obras dramáticas. Esquilo, que luchó en Salamina, fue uno de los grandes educadores del pueblo ateniense. En cuanto a la comedia, yo creo que es un signo de madurez de los atenienses: la sátira y la comedia también indican su capacidad para reírse de sí mismos.

¿El amateurismo o falta de profesionalización del pueblo ateniense que ocupaba el Estado se compensaba con la presencia de personal más preparado?

Sí, las figuras de los secretarios (grammateis) y los subsecretarios (hypogrammateis) son figuras esenciales. Eran trabajos remunerados realizados a menudo por metecos e incluso por esclavos cultos.

¿La brevedad de los mandatos era eficaz a la hora de evitar el clientelismo?

Sin duda alguna. Eso y la rotación. La rotación será a lo largo de la historia del pensamiento republicano una indiscutible seña de identidad de la tradición republicana, desde el gobernar y ser gobernado por turnos de Aristóteles hasta el principio de “equal rotation” de Harrington en el XVII. El principio llega intacto a la mentalidad de los revolucionarios modernos, tanto en América (especialmente en los antifederalistas) como en Francia. Lo contrario de la igual rotación es la “prolongación de la magistratura”, que para el republicano inglés, autor de la Oceana, “destruye la vida o el movimiento natural de una república” [1]. Por supuesto, la prolongación genera las oportunidades y los incentivos para el clientelismo. Y el clientelismo es una puerta abierta a la corrupción: en la Atenas de Demóstenes, en la Inglaterra de Walpole o en la España del siglo XXI. Eso no ha cambiado.

¿La democracia ateniense pudo eludir la existencia de élites profesionalizadas y el control de la política por parte de los ricos?

Como enseña Hansen, muchos de los ricos -quizá la mayoría- no participaban activamente en la política. Aristóteles señala esta descompensación de la democracia radical ateniense como un problema para el equilibrio político. Obviamente, no los demócratas atenienses. Por otro lado, muchos demagogoi se hacían ricos ejerciendo la política. Por lo tanto, sí había ciertos vínculos entre riqueza y política. Pero, en general, el sistema estaba diseñado para garantizar que el demos -mayoritariamente formado por los ciudadanos pobres, por los misthotoi– fuera soberano, kyrios.

Durante la democracia, Atenas vivió su mayor esplendor. La democracia ateniense perduró hasta el año 322 a.C. ¿Qué puso fin a las instituciones democráticas?

La derrota en la guerra y la victoria del imperio macedonio.

[su_animate type=»bounceInLeft»][su_quote]Hay cosas muy interesantes que la democracia contemporánea podría aprender y recuperar de aquel sorprendente régimen político.[/su_quote][/su_animate]

En la introducción del libro usted señala que la democracia ateniense, a pesar de ser un sistema muy conocido por los estudiosos y tratado en numerosas obras, ha sido ignorada por el discurso político contemporáneo. ¿A qué cree que obedece esta falta de consideración?

Bueno, habría muchas razones. La historia es larga y desde el siglo V y IV a.C. ha habido muchas discontinuidades y muchas innovaciones políticas. Y ha pasado mucho tiempo. Las cosas se olvidan y a menudo se entierran. Además, el gobierno representativo moderno -la democracia parlamentaria- no tiene su génesis histórica en la democracia directa antigua sino que arranca del sistema feudo-estamental tardo-medieval europeo. El constitucionalismo moderno tiene miedo a la democracia, y en eso entronca con la tradición republicana contramayoritaria y elitista que inician los críticos de la democracia radical ateniense, con Platón y Aristóteles a la cabeza. Incluso académicamente la recuperación de la democracia ateniense no llega hasta el siglo XIX (con la excepción del clasicismo alemán del XVIII). Ahora bien, hay cosas muy interesantes que la democracia contemporánea podría aprender y recuperar de aquel sorprendente régimen político. Tal vez así podrían nuestras democracias resistir mejor el deterioro y las amenazas que están sufriendo, sus tendencias autocráticas hacia el decisionismo, el liderazgo carismático o el neocesarismo plebiscitario. Las democracias parlamentarias contemporáneas harían muy bien si reforzaran sus mimbres republicanos, y en eso la república democrática ateniense es una fuente inagotable de inspiración.

Los detractores de la democracia directa sostienen que las actuales ciudades pobladas por millones de habitantes serían ingobernables por este sistema. ¿Es un argumento suficiente para apartar la idea de aquel modelo de autogobierno popular? ¿Sería viable en la actualidad?

Yo creo que no, y que sería una equivocación intentar emular esa dimensión de la democracia antigua. No sólo por cuestiones de escala, sino también de motivación y de orientación de la vida en general. En las sociedades capitalistas contemporáneas predomina el homo œconomicus, la sociedad civil tiene más autonomía y capacidad de autoorganización, a través del mercado y de su red de asociaciones privadas, partidos, sindicatos, iglesias, clubes, etc. Hoy predominan los placeres privados y los intereses del dinero, y eso despolitiza a la ciudadanía. Los intentos de abrir determinadas decisiones a la participación ciudadana, sobre todo a nivel local, han sido un fracaso. Al final participan cuatro gatos y la decisión carece de verdadera legitimidad democrática. Por ello, hay que ser más realistas y, en todo caso, intentar trasladar ese espíritu participativo antiguo a los muchos microespacios políticos que se abren en la sociedad civil moderna. Pero incluso ahí es muy difícil estimular la participación política. Porque la política -no nos engañemos- consume tiempo, energía y esfuerzo. Y genera muchos sinsabores. La gente se cansa, se desanima y termina pasando. Yo sinceramente no sé qué diseño de incentivos habría que idear para estimular una participación real e ilustrada de la ciudadanía. Por otro lado, no creo que nadie en la clase política esté verdaderamente interesado en ese posible diseño de incentivos.

Otro argumento contra la democracia ateniense remite a la esclavitud. En la actualidad sigue habiendo formas modernas de esclavitud. ¿Este discurso puede ser una forma de una supuesta superioridad moral del mundo moderno?

El mundo contemporáneo esconde mucha injusticia y es experto en hipocresía. Hay mucha desigualdad, hay explotación, hay dominación y falta de libertad. Pero hay diferencias netas con respecto al mundo antiguo. El mundo antiguo era esclavista; el mundo moderno no lo es. Afortunadamente, no se pueden comprar esclavos en la plaza pública. Otra cosa es que determinados grupos o individuos, en determinadas partes del capitalismo global, estén de facto esclavizados o semiesclavizados, entre ellos, niños y mujeres.

El autor del libro expone que el trabajo de las mujeres cumplió una función económica mayor que la esclavitud a la hora de liberar a los hombres para dedicarse a la vida política. ¿Qué papel desarrollaron las mujeres en este sentido?

El oikos (la casa y la familia) no solo era unidad reproductiva, como ocurre con la familia nuclear moderna. Era también, en buena medida, unidad productiva. Y ahí las mujeres cumplían una función económica (con excepción de la de arar la tierra). Al estar excluidas de la política, podían suplir en el oikos al marido, y liberarlo temporalmente de sus funciones económicas. Hansen, en efecto, piensa que las mujeres pudieron ser más facilitadoras de la participación política de los varones que los esclavos. En cualquiera de los casos, sin la remuneración por esa participación, en la Boule, en los Dikasteria y, finalmente, en la Ekklesia, la democracia radical no habría sido posible, porque los trabajadores manuales vivían de un jornal (un misthos), y participar de esa manera tan intensa y prolongada en la cosa pública habría tenido un coste económico insoportable para ellos.

Según usted afirma en la introducción, lo específico de la democracia ateniense es el conjunto de innovaciones institucionales que permitieron que los muchos “pobres libres” gobernaran en un sistema de autogobierno popular de un demos, ampliado al proletariado masculino. ¿Este fenómeno fue significativo en el proyecto de emancipación social?

Sí, claro. Las clases populares controlaron el Estado y pudieron defender políticamente sus intereses. El Estado es un recurso de poder impresionante: puede imponer impuestos y establecer políticas públicas. Los pobres salieron sin duda beneficiados con la democracia, económicamente y también culturalmente. Aquel pueblo fue educado en el teatro por Esquilo, Sófocles, Eurípides y Aristófanes. Su producción teatral hoy es cultura elitista; pero en su día era teatro popular. El ateniense podía también escuchar los elaborados discursos de sus rethores en la Asamblea y a los sofistas en el ágora, estaba rodeado de una escultura y una arquitectura que ahora consideramos inmortal, estaba muy bien informado de las leyes y los decretos promulgados, pues todo lo político era público en Atenas. Y los grandes impuestos recaían sobre los ricos.

El libro de Hansen, según usted afirma, destaca por su carácter científico y la búsqueda de la verdad. ¿Es una obra accesible para lectores poco familiarizados con el mundo griego clásico? ¿Cómo calificaría este trabajo?

Yo creo que hay dos grandes tipos de trabajo intelectual en humanidades. El del especialista y el del pensador más integrador de saberes dispares. La academia favorece la formación del primer tipo, del especialista. Hansen es un exponente espectacular de este tipo. Ortega y Gasset, para entendernos, sería un maravilloso exponente del segundo. Obviamente Ortega leyó a muchos especialistas del estilo de Hansen en su vida, pero jamás habría escrito un libro parecido a este. Por lo tanto, el segundo tipo de trabajo intelectual depende del primero.

Pero hay especialistas y especialistas. Hansen es de los mejores en su campo. Como aquel que dice, ha dedicado su vida a la democracia ateniense, y su aportación es mundialmente reconocida. Y lo ha hecho con el espíritu de la ciencia más estricta. Por lo tanto, su trabajo está marcado por los valores de la honestidad intelectual y por un genuino interés en la verdad. Por ello mismo, no rehúye el debate sobre cuestiones controvertidas y todavía abiertas, y no le duelen prendas en reconocer, llegado el caso, que sobre determinada cuestión no podemos afirmar nada de forma concluyente.

Este libro en concreto (La democracia ateniense en la época de Demóstenes) es muy asombroso porque, siendo un trabajo muy especializado, sirve también para el lector que quiera introducirse de verdad en la Atenas democrática, y en este sentido es muy asequible. Es posiblemente el texto más completo sobre el tema. Hansen guía al lector, como si de un paseo turístico se tratara, por todas las instituciones de la democracia antigua, produciendo una sensación de cuasi-presencia, y lo analiza todo: su economía, su demografía, su política, su ideología, sus valores, sus debates, su historia. Y domina todos los campos: desde la arqueología hasta la literatura, desde la historiografía a la filosofía. Es un trabajo impresionante. A la vez, es un trabajo también pensado para el especialista. Su aparato crítico es incluso exagerado, no deja de citar una fuente -primaria o secundaria- para validar sus tesis y argumentos, o las meras descripciones de la realidad histórica, y señaliza perfectamente las cuestiones controvertidas y sujetas a debate académico, diferenciando con claridad su posición de la de los críticos. El especialista tiene este libro en su biblioteca desde que salió. El que quiera saber en profundidad cómo era y cómo funcionaba la democracia antigua -y en gran medida, por comparación, nuestras democracias- debería correr y hacerse con él antes de que se agote.

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[1] J. Harrington (1992), The Commonwealth of Oceana, Cambridge: Cambridge University Press, p. 33.