Boutaina El Hadri y Lourdes Mirón: «España y Europa necesitan una estrategia estructural contra la islamofobia: no es una recomendación, es una obligación democrática»

En un momento marcado por el aumento de discursos de odio y la polarización, Casa Mediterráneo y la red de solidaridad social Jovesólides impulsan una nueva edición del Congreso contra la Islamofobia, un espacio que se ha consolidado como referente en la defensa de los derechos humanos y la convivencia intercultural. Con motivo del III Congreso, conversamos con sus codirectoras, Boutaina El Hadri y Lourdes Mirón, quienes analizan con profundidad el auge de la islamofobia en España y en Europa, el impacto del contexto internacional y la urgencia de articular políticas estructurales que frenen este fenómeno.

Boutaina El Hadri (a la izquierda en la imagen de portada) es activista social hispano-marroquí especializada en inclusión, migración y lucha contra la discriminación. Desde 2011 dirige Jovesólides España, impulsando proyectos para combatir el racismo, la islamofobia y promover la participación social de las personas migrantes. También es vicepresidenta del Consell Valencià de Migració y participa en numerosas redes y movimientos sociales. En 2024 fue elegida miembro de la Junta Directiva de la Red Europea contra el Racismo (ENAR).

Lourdes Mirón (a la derecha en la imagen de portada), por su parte, es especialista en gestión de organizaciones no lucrativas, innovación social y comunicación, y preside Jovesolides, entidad dedicada al desarrollo comunitario y la inclusión social. Ha dirigido proyectos europeos como reconoce.org y actualmente es vicepresidenta de la Coordinadora Valenciana de ONGD.

El evento, que se celebrará el viernes 21 de noviembre bajo el lema «Garantiza, valora y desafía para frenar la islamofobia» y reunirá a expertos, instituciones y sociedad civil, ha tenido una excelente acogida y, a pocos días antes de su celebración, ya ha colgado el cartel de completo.

¿Cuál es el objetivo principal del III Congreso contra la Islamofobia y qué lo diferencia de ediciones anteriores?

El objetivo central es situar la islamofobia en el centro del debate público y ofrecer respuestas sólidas para combatirla. Esta edición da un salto cualitativo porque está construida desde las comunidades afectadas, incorporando voces jóvenes, propuestas institucionales, análisis político y un eje cultural que permite transformar imaginarios.

Este año, además, el contexto internacional es determinante. El genocidio en Gaza ha expuesto hasta qué punto la deshumanización de las comunidades musulmanas y árabes opera como un marco global que justifica violencia, impunidad y vulneraciones sistemáticas de derechos humanos. Lo que ocurre en Palestina no es un hecho aislado: es la expresión más extrema de narrativas islamófobas normalizadas a nivel político, mediático y social.

En España vemos reflejos directos de ese clima. Tras los hechos de Torre Pacheco se registraron más de 138.000 mensajes de odio en solo dos semanas, un volumen que evidencia que la islamofobia es estructural y que erosiona la convivencia. Porque la islamofobia no es un problema minoritario: es un desafío democrático global que atraviesa fronteras y afecta tanto a Europa como al resto del mundo.

Este congreso nace precisamente para ofrecer una respuesta democrática y organizada a esa realidad.

El lema de este año es «Garantiza, valora y desafía para frenar la islamofobia». ¿Qué aspectos clave queréis subrayar?

El lema funciona como una guía de acción. «Garantiza» recuerda que los derechos humanos deben protegerse incluso cuando el odio se normaliza o se instrumentaliza políticamente, algo que estamos viendo tanto en Europa como en el contexto internacional.

«Valora» pone el foco en el legado islámico y en las propuestas culturales que, desde el ámbito artístico y comunitario, contribuyen a combatir la islamofobia y a reconstruir imaginarios más justos.

«Desafía» implica algo muy concreto: poner encima de la mesa los discursos islamófobos, diseccionarlos y desmontarlos con rigor, datos y acción social.

En un país que ha llegado a registrar picos de 33.000 mensajes islamófobos en un solo día, este enfoque integral es imprescindible.

¿Por qué es tan importante visibilizar la islamofobia en España y en Europa?

Porque lo que no se nombra se normaliza. La islamofobia está condicionando políticas públicas, narrativas mediáticas y percepciones sociales en toda Europa. Y el contexto internacional ha amplificado este fenómeno: el tratamiento desigual de la violencia en Palestina, el lenguaje deshumanizador o la legitimación de agresiones colectivas muestran cómo la islamofobia opera también en el ámbito diplomático y político.

En España, la reacción tras Torre Pacheco evidenció la velocidad con la que puede desatarse una ola de criminalización. Visibilizar la islamofobia es una obligación democrática: permite proteger derechos, evitar políticas basadas en la sospecha permanente y frenar dinámicas que, a nivel global, están teniendo consecuencias devastadoras.

Por eso afirmamos que España y Europa necesitan una estrategia estructural contra la islamofobia: no es una recomendación, es una obligación democrática.

Si no se nombra la islamofobia, no se legisla, no se mide y, en la práctica, no existe para las políticas públicas.

¿Son necesarios más espacios de debate como este?

Sí, sin duda. La islamofobia es una forma específica de racismo con mecanismos propios, y necesita ser nombrada para poder ser medida y atendida. Además, es imprescindible abrir este debate porque hemos identificado que existe también una islamofobia de izquierdas, más sutil pero especialmente peligrosa, ya que se presenta como un discurso progresista mientras legitima estereotipos, sospechas y formas de rechazo hacia las personas musulmanas.

Los espacios de diálogo permiten anticipar tendencias de odio, desmontar prejuicios y construir marcos alternativos basados en la igualdad. Si no se nombra la islamofobia, no se legisla, no se mide y, en la práctica, no existe para las políticas públicas.

¿Cuál ha sido el reto más importante al organizar el congreso?

El mayor reto ha sido articular un programa que combine rigor, diversidad de miradas y propuestas concretas. Queríamos integrar investigación, institucionalidad, activismo, cultura y comunidad sin perder coherencia ni profundidad.

El segundo desafío ha sido responder a un momento social especialmente tenso, en el que la sociedad exige espacios serios, útiles y comprometidos con la convivencia democrática. El apoyo de Casa Mediterráneo ha sido clave para consolidar una edición que aspira a ser referente.

La cultura pone en valor un legado islámico que forma parte de nuestra identidad mediterránea y que, cuando se visibiliza, actúa como un antídoto contra la desinformación y los prejuicios.

La cultura ocupa un papel central este año. ¿De qué manera contribuye a combatir la islamofobia?

La cultura transforma imaginarios y crea vínculos que ninguna ley puede generar por sí sola. El odio crece donde hay desconocimiento; la cultura, en cambio, favorece el acercamiento, el conocimiento mutuo y la convivencia, construyendo una memoria compartida y un sentido de pertenencia que fortalecen el tejido social.

En un contexto de odio digital que se viraliza en minutos, la cultura permite reconstruir relatos, humanizar al otro y ofrecer espacios donde las personas puedan mirarse, escucharse y reconocerse. Además, pone en valor un legado islámico que forma parte de nuestra identidad mediterránea y que, cuando se visibiliza, actúa como un antídoto contra la desinformación y los prejuicios.

La cultura es, en definitiva, una herramienta emocional, política y comunitaria imprescindible para generar encuentros reales y sostener la convivencia.

¿Hay alguna experiencia o proyecto que os gustaría destacar?

Más que un proyecto concreto, queremos subrayar la conexión entre memoria, identidad y acción social que atraviesa toda esta edición. Las iniciativas seleccionadas combinan creatividad, justicia social y trabajo comunitario, generando impacto real en escuelas, barrios y espacios públicos. Sin embargo, hay una historia que este año queremos destacar especialmente: la de Noureddin El Yemlahy.

Su caso tuvo un enorme impacto social. Noureddin pasó meses bajo arresto tras una detención errónea que lo situó injustamente en el centro de un proceso judicial. Su absolución puso en evidencia hasta qué punto la sospecha sobre la juventud musulmana puede derivar en errores graves con consecuencias personales profundas. Su vivencia nos recuerda la importancia de contar con protocolos institucionales más consistentes y garantistas, que eviten que la islamofobia —explícita o implícita— influya en decisiones que afectan a la vida de las personas.

Noureddin y su hermano Ali canalizan esa experiencia a través de La Última Medina, un proyecto que combina reflexión histórica, identidad, activismo y cultura, y que demuestra cómo la narrativa puede ser una herramienta poderosa para desmontar prejuicios y generar comunidad.

En conjunto, todas estas experiencias demuestran que la convivencia no es un lema: es un trabajo colectivo, cotidiano y sostenido en el tiempo.

El verdadero éxito llegará cuando no sea necesario organizar congresos contra la islamofobia, porque habremos logrado construir una sociedad donde la igualdad y el respeto sean la norma.

Para terminar, el congreso colgó hace unos días el cartel de aforo completo. ¿Cómo valoráis esta respuesta?

La acogida ha sido extraordinaria, pero también un recordatorio de la responsabilidad que asumimos. El congreso ha despertado un interés notable, con alrededor de 150 personas inscritas provenientes de los ámbitos cultural, académico, asociativo, comunitario y político. Además, contamos con una diversidad de procedencias que refleja la amplitud del fenómeno: Marruecos, Bulgaria, Grecia, Colombia, Argentina, Argelia, Malasia, Guinea Ecuatorial, Siria, México, Ecuador, Etiopía, Alemania, Pakistán, Senegal, Bolivia, Cuba, Palestina, Bosnia-Herzegovina, Türkiye, además de múltiples territorios del Estado español.

Que el aforo se haya completado tan rápido demuestra que la islamofobia sigue siendo un problema profundo, urgente y no resuelto, que afecta a amplias capas de la sociedad. Por eso, aunque agradecemos la respuesta, no podemos decir que estemos plenamente contentas: si tanta gente siente la necesidad de acudir a un espacio como este, es porque aún queda mucho por hacer.

La demanda evidencia que la ciudadanía quiere comprender el fenómeno y busca herramientas para combatirlo, pero también señala que la convivencia y los derechos continúan amenazados por discursos de odio que se normalizan. Para nosotras, el verdadero éxito llegará cuando no sea necesario organizar congresos contra la islamofobia, porque habremos logrado construir una sociedad donde la igualdad y el respeto sean la norma.


Por Gemma Belén
Técnico de áreas, Casa Mediterráneo