Cambio, crisis y movilizaciones en el Mediterráneo Occidental: “El Mediterráneo debe seguir existiendo como un mar de patrimonio cultural y político compartido y no convertirse en una frontera de ruptura, desolación y vulneración de derechos”

En la última década, la región del Mediterráneo Occidental ha afrontado una superposición de crisis de diversa intensidad que han tenido consecuencias en los ámbitos económico, social y político, así como en los flujos migratorios y las relaciones entre España y el norte de África. Las claves para comprender los efectos de esas crisis se abordarán el próximo 18 de enero a las 19:00 horas en un encuentro en Casa Mediterráneo en el que participarán Ana I. Planet y Ángeles Ramírez, investigadoras de la Universidad Autónoma de Madrid, y Miguel Hernando de Larramendi, Catedrático de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Castilla-La Mancha.

Los tres son coautores, junto a otros expertos, de un libro colectivo titulado Cambio, crisis y movilizaciones en el Mediterráneo Occidental, que recoge los resultados de un proyecto en red liderado por cinco investigadoras e investigadores de la Universidad Autónoma de Madrid (Ana I. Planet y Ángeles Ramírez), de la Universidad de Castilla-La Mancha (Miguel Hernando de Larramendi y Bárbara Azaola) y del Instituto de Estudios Sociales Avanzados del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (Thierry Desrues).

En esta entrevista, Ana I. Planet, Ángeles Ramírez y Miguel Hernando de Larramendi nos adelantan algunos de los asuntos que analizarán en el encuentro. El evento es de entrada libre hasta completar aforo y podrá seguirse de manera telemática a través del canal de YouTube de Casa Mediterráneo.

¿Cuáles son las principales consecuencias de las crisis acaecidas durante la última década en la región del Mediterráneo? Ante las expectativas generadas por las “Primaveras árabes”, ¿cuáles han sido los resultados reales en la cuenca mediterránea? ¿Las causas profundas que ocasionaron las protestas ciudadanas han desaparecido?

Miguel Hernando de Larramendi

Miguel Hernando de Larramendi.- Durante la última década, ambas orillas del Mediterráneo Occidental han afrontado una convergencia de crisis de diferente intensidad que han tenido repercusiones sobre las políticas públicas, sobre los sistemas de representación política y social y sobre las relaciones regionales y trasnacionales, afectando también a los movimientos y a la instalación de las poblaciones migrantes en Europa. El agravamiento de las crisis ha ido in crescendo y ha agudizado la inestabilidad en la zona, situando de nuevo las cuestiones de seguridad en el centro de la agenda regional e incluyendo dinámicas que reconfiguran geopolíticamente la región y e impactan fuertemente en las poblaciones.

La invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 ha situado el espacio de la vecindad oriental como prioridad renovada de la agenda internacional de la Unión Europea. Este desplazamiento hacia el Este va a tener, sin duda, repercusiones en las relaciones de Bruselas con los países de la vecindad sur del Mediterráneo, muy sensibles a las consecuencias económicas y sociales de la guerra en Ucrania en un contexto de vulnerabilidad agravada por la pandemia del COVID 19 y la superposición de crisis desde 2008 (crisis financiera de 2008, protestas antiautoritarias conocidas como “primavera árabe” en 2011, crisis migratorias, desafíos derivados del aumento del precio de los alimentos, aumento del servicio de la deuda y riesgo de default de países como Túnez y Egipto).

Esta acumulación de crisis actúa como revelador y acelerador del malestar existente entre amplios sectores de las sociedades norteafricanas frente a sus gobiernos. A una década vista de los intensos meses de movilización de las llamadas “primaveras árabes” de 2011, las expectativas iniciales de transformación democrática en la región han dado lugar a procesos de restauración autoritaria, sin que las causas profundas que impulsaron las protestas hayan desaparecido como lo muestran la pervivencia de  movilizaciones en  Túnez, en la región marroquí del Rif en 2016, con importante repercusión en Europa en una clara dinámica transnacional, el desencadenamiento del Hirak en Argelia en febrero de 2019 en el que durante más de un año de movilizaciones semanales se reclamaba un cambio radical de sistema político. La continuidad de las protestas en la región con reivindicaciones económicas, sociales y ecológicas siguen mostrando la brecha entre las poblaciones y sus gobiernos.

¿Las respuestas institucionales implementadas tras las “Primaveras árabes” han sido satisfactorias para la mayoría de la población?

Miguel Hernando de Larramendi.- La respuesta de los regímenes norteafricanos a las protestas antiautoritarias de 2011 conocidas como “primavera árabe” se centró en la realización de reformas institucionales (celebración de nuevas elecciones, aprobación de nuevos textos constitucionales…), pero no abordó los problemas sociales, económicos y de desigualdades territoriales de fondo que se encontraban en el origen de unas movilizaciones que reivindicaban justicia social, dignidad y el fin de la corrupción. La pervivencia de estas desigualdades se puso de manifiesto de nuevo durante la pandemia de la COVID-19 y ha empujado a países como Marruecos a intentar reforzar el papel social del Estado impulsando mecanismos de ayudas sociales directas y avances en la cobertura médica universal.

El libro aborda el impacto del encadenamiento de crisis en la última década en el Magreb, donde junto a Francia y España aparecen nuevos actores internacionales, como Turquía y los países del Golfo, con agendas propias que desafían la tradicional influencia de la UE y de los países del sur de Europa. ¿Cómo afectan estos nuevos actores a la situación de la región mediterránea?

Miguel Hernando de Larramendi.- El Magreb ha sido tradicionalmente una zona de influencia francesa y europea, tanto en el ámbito económico como en el político. La mayor parte de las exportaciones de los países magrebíes se dirigen a los mercados europeos, mientras que el nivel de intercambios comerciales inter-magrebíes sigue siendo muy débil y no supera el 5%. La influencia europea es desafiada de forma creciente por la llegada a la región de otros actores regionales con agendas propias, como los países del Golfo o Turquía, aspectos analizados en el libro por Paloma González del Miño, David Hernández y Carmen Rodríguez, respectivamente.

La percepción de un doble rasero en la respuesta europea y occidental a la invasión rusa de Ucrania y al castigo colectivo al que Israel está sometiendo a la población palestina de Gaza tras los ataques de Hamas del 7 de octubre de 2023 también está contribuyendo a reforzar el desacople emocional de las sociedades norteafricanas frente a la Unión Europea.

A ello se une la tendencia a una desvinculación política-normativa de la Unión Europea por parte de los Estados magrebíes, sin que ello se haya traducido en una transformación radical de la estructura de intercambios comerciales que la región mantiene con los países europeos, aunque el peso de los intercambios comerciales de los países norteafricanos con países como China y Turquía está aumentando. Esta desvinculación se puede observar en unas relaciones cada vez más transaccionales que utilizan el leverage de la cooperación migratoria para obtener contrapartidas políticas y económicas de Bruselas. Esta búsqueda de autonomía en las relaciones con la UE, teñida a veces de soberanismo, se puede observar en las reticencias de Argelia a integrarse en la Política Europea de Vecindad o en el rechazo a recibir desembolsos financieros europeos por parte del presidente de Túnez, Kais Saïed, en el verano de 2023.

En la obra también se analizan los contornos cambiantes del Magreb y su posición en el sistema internacional. ¿Nos puede especificar qué trata este apartado?

Miguel Hernando de Larramendi.- Este capítulo aborda la evolución de la inserción del Magreb dentro del sistema internacional, prestando especial atención a las dinámicas de la última década. Al análisis del proceso de desvinculación político-normativa de la Unión Europea al que ya me he referido se añade el proceso de reconexión con el África subsahariana y la superación de la segregación geopolítica histórica entre ambos espacios (apuesta por el regionalismo africano como sustitución al fallido intento de la Unión del Magreb Árabe, reforzamiento de la interdependencia en el ámbito de la seguridad (Sahel), transformación de los países magrebíes en países de inmigración y dilemas sobre cómo conciliar su voluntad de impulsar las relaciones con el resto del continente africano con la aceptación de su rol como gendarmes de las fronteras europeas y socios clave en cuestiones como la lucha contra el terrorismo, la externalización de las fronteras y el control de la inmigración irregular.

¿Cuál es la situación que atraviesan las relaciones de España con el Magreb, dada la tensa relación con Argelia en los últimos tiempos, sobre todo por la postura de nuestro país frente al Sáhara Occidental, y el tira y afloja con Marruecos?

Miguel Hernando de Larramendi.- Bárbara Azaola e Irene González analizan en el libro la evolución de la política exterior española hacia el norte de África en un contexto de superposición de crisis. Pese a las transformaciones del escenario global y regional y las incertidumbres que genera la guerra en Ucrania y su impacto en la estabilidad de los países del sur del Mediterráneo (dependencia de cereales, encarecimiento de la deuda…), la política española se enfrenta a desafíos similares a los que tenía a principios de los años 90, al permanecer los factores estructurales que han alimentado la conflictividad cíclica en sus relaciones con Marruecos y Argelia. ¿Cómo articular una política magrebí proactiva que contribuya a la estabilidad regional y que no sea rehén de las rivalidades entre Argelia y Marruecos? No es un desafío sólo de España, sino también de sus socios meridionales en la UE como Francia, quien afronta también el reto de escapar de la trampa de la rivalidad argelino-marroquí en un momento en el que su influencia y presencia económica y militar en el África es crecientemente cuestionada (Mali, Níger) como lo analiza Laurence Thieux en el libro.

La segunda parte del libro habla de “Crisis y fronteras: gobernanza y resistencia en el espacio mediterráneo”, que muestra el impacto de las crisis en esta zona desde las migraciones internacionales. En cuanto a la diáspora marroquí, ¿cómo la percibe el Estado marroquí? ¿Cómo una solución en pro del desarrollo del país?

Ana I. Planet

Ana I. Planet.- Para el Estado marroquí, la emigración de sus ciudadanos fuera del país no es una cuestión menor como puede afirmarse si se analizan las políticas  públicas que se han puesto en práctica en las tres últimas décadas. Estas políticas van desde el mero acompañamiento consular o las operaciones Paso del Estrecho-Marhaba y no tienen un encaje fácil a nivel institucional por ser muchos los ámbitos en los que se desarrollan las actuaciones, desde Exteriores, Economía o Educación o, incluso de representación y participación en el ámbito político. La cuestión de atender las necesidades educativas para preparar a los más jóvenes para un eventual retorno familiar o la atención y educación religiosa han estado presentes junto con las políticas de atracción de inversión y desarrollo. Sin embargo, las dinámicas de pertenencia y de asentamiento definitivo de buena parte de los emigrantes y sus familias en los países de instalación obligan al Estado marroquí a “cortejar” a esta población de modo distinto y a replantearse el modo en el que pueden seguir aportando en términos no sólo de capital financiero, sino también humano.

En cuanto a la inmigración transfronteriza en Ceuta, las trabajadoras en hogares cristianos no tienen derecho a residir en la ciudad en la que trabajan, ¿por qué? ¿Cómo les afecta esta situación?

Ángeles Ramírez

Ángeles Ramírez.- Hasta antes de la pandemia, había unos 30.000 accesos diarios desde Marruecos a España por la frontera de Ceuta. Fundamentalmente, se trataba de las trabajadoras conocidas como porteadoras, que cargaban mercancía individualmente en Ceuta para revenderla en Marruecos, pero que sobre todo, trabajaban directamente para los polígonos ceutíes, haciendo menudeo para empresas grandes. Una parte de estos tránsitos eran trabajadoras del hogar marroquíes, que acudían cada día a trabajar a los hogares de Ceuta. Estos hogares están compuestos por familias de origen peninsular, que se llaman cristianas en Ceuta (aproximadamente la mitad de la población española de Ceuta es musulmana). Las trabajadoras del hogar marroquíes que trabajan en Ceuta se rigen por un estatuto llamado de “trabajadora transfronteriza” y que rige para todos los sectores. Solo existe para Ceuta y Melilla. Las trabajadoras o trabajadores han de entrar cada día a ocupar su puesto de trabajo y salir antes de las 12 de la noche. Hay algunas trabajadoras y trabajadores con visado Schengen, con derecho a la residencia en su lugar de trabajo, pero es minoritario. La mayoría de trabajadoras/es en Ceuta, son transfronterizos.

Al prohibirse el porteo (2019), el tránsito en la frontera está formado sobre todo por trabajadoras de servicio doméstico, que van y vienen desde los núcleos cercanos (Fnideq, M’diq, Tetuán, etc.).

En la obra también se aborda la feminización del trabajo agrícola en Marruecos. ¿Cuál es la situación a la que se enfrentan las mujeres que trabajan en ese sector?

Ángeles Ramírez.- Por una parte, la mano de obra del sector agrícola en Marruecos, como escribe una de las coautoras del libro, Juana Moreno Nieto, es femenina en un 80%. Por otra parte, el trabajo agrícola constituye más del 35% del empleo del país.

El trabajo de Moreno Nieto refleja las condiciones de vida de estas trabajadoras, a partir de una etnografía en Chtouka, en el sur de Marruecos. El trabajo agrícola ha provocado una intensa emigración hacia el área. Las trabajadoras y trabajadores agrícolas se enfrentan a una gran precariedad en los salarios y condiciones de trabajo, pero especialmente las mujeres. Primero, por discriminaciones en el salario, así como en las condiciones de empleo; además, por la violencia que sufren en el puesto de trabajo, y la falta de posibilidades de denunciar y tercero, por la propia miseria del hábitat. El hecho de que las mujeres tengan que asumir enteramente la crianza, las sitúa en una situación mucho más vulnerable, que facilita su explotación y las condiciones abusivas en las que se desarrolla su vida laboral.

El epílogo se abordan los conceptos de “lo mediterráneo y la mediterraneidad” hablando de la contradicción que se da en este mar de convivencia y, al mismo tiempo, de muerte. ¿Qué acciones sería necesario establecer para que no se produjera esta doble condición?

Ana I. Planet.- Como indica la antropóloga portuguesa María Cardeira en su contribución, el diagnóstico parece más fácil que la solución. Esta solución pasaría, sin duda, por un cambio en la posición de los políticos, de los ciudadanos, de los académicos y por una renovación de un “compromiso humanista, de ciudadanía global, que no confunda de manera ninguna el relativismo cultural con el relativismo moral, y que se empeñe verdaderamente en la defensa universal de los derechos de los hombres y de las mujeres”. La eficacia de los instrumentos legales de los Estados debería ser medida por su capacidad de asegurar estos derechos en su plenitud. La movilización cívica y política en la cuestión de los refugiados y de las leyes de inmigración es crucial. El Mediterráneo debe seguir existiendo como un mar de patrimonio cultural y político compartido y no convertirse en una frontera de ruptura, desolación y vulneración de derechos.