Carmen González Uceda: «La violencia vicaria es un problema emergente que requiere más legislación y medidas»

La violencia vicaria utiliza a los hijos para hacer daño y para mantener el control sobre la familia.

La violencia vicaria es aquélla en la que el agresor daña a sus propios hijos para causar el máximo sufrimiento al otro progenitor, generalmente la madre. En España, este tipo de violencia tiene un impacto significativo. Según datos del Ministerio de Igualdad, en el año 2024 nueve menores fueron asesinados por violencia vicaria. Pese a que el Gobierno ha fortalecido el Pacto de Estado contra la Violencia de Género, introduciendo nuevas medidas para proteger a los menores, este fenómeno sigue siendo una realidad alarmante que precisa la implementación de medidas efectivas que protejan a las víctimas más vulnerables.

El desconocimiento, el silencio y la falta de suficiente concienciación social juegan en contra de atajar el problema. Con el fin de clarificar este preocupante fenómeno, Casa Mediterráneo ha organizado dos actividades centradas en esta lacra. El 4 de marzo, la fotógrafa y artista sevillana Mara León, reconocida por su enfoque social, realizará una sesión fotográfica a un grupo de madres víctimas de este tipo de agresiones, con la colaboración de la asociación Libres de Violencia Vicaria, que dará lugar a una exposición. De forma complementaria, el día 5 de marzo a las 19 h., la institución acogerá la conferencia titulada “¿Qué es la violencia vicaria? Impacto en la sociedad y en madres, hijas e hijos”, a cargo de Mª José Guarino Blaya, psicóloga forense, y Carmen González Uceda, médico de familia y psicóloga. El evento es abierto al público hasta completar aforo y con emisión online.

Con el fin de conocer más a fondo las causas y los efectos de la violencia vicaria, así como las acciones necesarias para combatirla, mantuvimos una entrevista con Carmen González Uceda.

Carmen González Uceda.

Desde su perspectiva profesional como médico de familia y psicóloga, ¿podría explicarnos qué es la violencia vicaria?

La violencia vicaria es una forma de violencia machista, de género, en la cual se utiliza a los hijos para hacer daño y para mantener el control sobre la familia, sobre la mujer. De modo que es una violencia que hace daño a las madres, a las hijas y a los hijos.

¿Esto es lo que distingue la violencia vicaria de otras formas de violencia de género?

Efectivamente, porque lo que se hace es utilizar el dolor tan enorme que genera el rol de madre para ejercer ese control, dominación, castigo, venganza… sobre la mujer. Aunque también la hay antes de la ruptura de pareja, cuando se dispara y se incrementa hasta magnitudes enormes es después, cuando se rompe la relación, porque es el vínculo que queda con la mujer. Y entonces los hijos son utilizados en cualquier asunto relacionado con ellos, las visitas, las decisiones que haya que tomar, los intercambios… todo. Se utilizan para seguir ejerciendo el control.

¿La violencia vicaria podría considerarse un caso extremo de violencia psicológica hacia la mujer?

Efectivamente. Yo lo explico diciendo que, de alguna manera, las mujeres hemos conseguido nuestra libertad porque ya no tenemos que dar explicaciones si queremos separarnos o divorciarnos de una pareja, pero los hijos siguen siendo de uno y de otro. Entonces, ahí se produce una vulnerabilidad enorme por parte de la mujer, por ese amor y esa protección hacia los hijos que siente y quiere ejercer, y por parte de los hijos, que quedan totalmente a merced de estos individuos.

Para un maltratador, esta situación supone una tentación enorme y por ahí está emergiendo ahora la violencia de género, después de las rupturas, porque es muy difícil de demostrar. Es un tipo de violencia de guante blanco. Si el maltratador agrede físicamente a la mujer, normalmente deja señales. Pero la violencia vicaria, si no es evidente públicamente, es mucho más difícil de demostrar. Es ideal para tener el control y la dominación durante muchísimos años y que quede impune.

En el caso de que este tipo de violencia deje rastro, tan físicamente como constancia en mensajes de WhatsApp o correos electrónicos, sí se podría demostrar.

Sí, pero la mayoría de estos individuos son listos.

Una de las razones por la que se ejerce la violencia vicaria es por la alta probabilidad de impunidad.

Evitan dejar señales que les puedan incriminar.

Exacto. Una de las razones por la que se ejerce es por la alta probabilidad de impunidad. El que roba, el que agrede, el que mata, no lo hace habitualmente a la vista de todos. La mayoría de la gente lo hace de manera que quede anónimo para no pagar las consecuencias de sus actos. Eso es fundamental para la mayoría, salvo para los que están totalmente descentrados.

¿Qué factores psicológicos suelen estar presentes en los agresores que ejercen la violencia vicaria? ¿Qué se le pasa por la cabeza a un individuo para querer hacer daño a sus propios hijos?

La definición de una persona violenta es aquella para la cual la violencia está justificada para conseguir sus objetivos. Y la mayoría también ejerce violencia sobre los hijos. Hay una parte que sólo la perpetra sobre la mujer, dentro del ámbito familiar, aunque de una u otra manera también ejerce violencia sobre los hijos.

Ahora ya los hijos están reconocidos como víctimas de violencia de género si presencian la violencia contra la madre. ¿Por qué? Porque al final lo que están presenciando es que su madre es absolutamente vulnerable y que la persona que les cuida está totalmente a merced de otra. Simplemente eso entraña un sufrimiento psicológico brutal para los niños. Ese individuo tiene poder sobre quien me cuida, que es quien me protege; entonces, ¿a mí quién me va a proteger? Las niñas y los niños que crecen en estos ambientes, ya sea violencia psicológica, física o ambas, sufren muchísimo.

¿Cómo afecta al desarrollo emocional y psicológico de estos menores que presencian o que viven en su entorno la violencia vicaria o la violencia contra sus madres?

Está demostrado que experimentan cambios en el desarrollo cerebral, dependiendo de la edad, el tiempo y la magnitud de la violencia que sufren o presencian. Hay cambios en áreas cerebrales que modulan y regulan las emociones, porque el niño que vive en una situación donde hay peligro habitualmente está hiperalerta. Su lugar de seguridad, que es su propia casa, se convierte en el sitio más inseguro. Está más seguro en el colegio o en la calle que en su casa. Eso genera una serie de modificaciones morfológicas en el cerebro, de funcionamiento y de asociaciones entre núcleos cerebrales. Y provoca también incluso cambios epigenéticos, en la expresión de los genes para que el organismo esté funcionando de una manera que permita prever y anticipar el peligro y ponerse a salvo. Es una cuestión de supervivencia. Todos estos niños tienen muchas alteraciones.

Y eso también genera cambios conductuales y de adaptación al entorno. Toda la psicopatología que sufren estos niños tiene relación con situaciones adversas que han vivido en la infancia, de agresiones o de negligencia en los cuidados. Y, luego, gran parte de la psicopatología de un 30% de los adultos tiene su origen en lo que han vivido en su infancia y adolescencia.

Ahora, el principal sitio donde se experimenta violencia en el entorno es la familia. Si no lo atajamos es un problema muy grave que está generando mucha enfermedad en nuestros niños y adolescentes, que son los adultos jóvenes de mañana. Si no se les atiende, no se les identifica, no se les acompaña y no se les repara el daño con psicoterapia, sacándolos del ambiente en el que están sufriendo las vivencias de esas agresiones, van a enfermar muchísimo y se va a perpetuar un aprendizaje intergeneracional de la violencia.

¿Qué papel desempeñan las instituciones educativas y sanitarias para prevenir y detectar este fenómeno?

Los profesionales sanitarios, médicos de familia y pediatras, somos los que atendemos a las madres y a los niños y podemos detectar situaciones de maltrato, porque dan señales. Las víctimas presentan enfermedades, no sólo psicoemocionales, también físicas. Desde los servicios sanitarios de atención primaria y en urgencias se detectan muchas de estas situaciones.

Y en los colegios estos niños pasan muchísimas horas. Si allí se aprende a detectarlo y a prestarles ayuda se podría solucionar y acompañar muchas de estas situaciones. Se dan casos de niños que en los colegios tienen conductas disruptivas, que antes tenían buen rendimiento académico y que han vivido una separación familiar, tienen lesiones e incluso se comportan excesivamente bien, que cumplen las normas a rajatabla y pasan absolutamente desapercibidos. Algunos de ellos lo que han aprendido es a cumplir las normas para que no se les violente para obligarles. Son niños sumisos. Si desde los colegios aprenden a detectar las señales pueden ayudarles a través de sus orientadores, pedagogos o psicólogos.

¿Cómo se tratan los efectos de la violencia vicaria desde la psicología?

Lo primero es conseguir alejar a las víctimas de esa situación, porque mientras la sigan sufriendo los daños continúan su curso. Y luego, someterse a psicoterapia. Hay que acompañar a estas personas en el dolor, hacerlas conscientes de lo que están viviendo, de lo que han sufrido, ayudarlas a hacer el aprendizaje más sano posible de ello y que aprendan herramientas para pasar su duelo. Es preciso diseñar un tratamiento diferente si se trata de las madres o de las hijas y los hijos. Resulta fundamental hacer psicoterapia para ayudarles a elaborar lo que han vivido, que desarrollen estrategias para volver a vivir en un contexto normal y sean capaces de detectar señales que les permitan alejarse a tiempo.

Con cierta frecuencia, aparecen noticias en los medios de comunicación en las que una mujer que ha conseguido dejar una relación de violencia, da con otro hombre que también es violento. ¿Qué pautas se les da a quienes han sido víctimas de violencia de género para que detecten las señales antes de que sea demasiado tarde?

Muchas veces la violencia no se manifiesta de forma explícita. Hay hombres que hacen creer que son alguien que no son, y cuando se sienten seguros o la mujer es vulnerable, entonces es cuando empiezan a sacar su cara violenta. Se sabe que hay un ciclo de la violencia que se repite, sube el nivel y cuando la mujer empieza a darse cuenta de ello y se le encienden las alarmas, lo bajan y prometen que no se repetirá. Pero la violencia vuelve, porque es su manera de comportarse y no pueden estar actuando permanentemente, aparentando ser lo que no son. Y así hasta que la mujer ya es consciente de que ésa es su forma de actuar, que no es algo excepcional que ha ocurrido porque tiene un mal día o está pasando una mala racha. Hay que ayudar a las mujeres a salir de ese círculo para que tengan alternativas de vida.

La situación de convivencia se alarga más en los casos en los que la violencia no es tan explícita. Sube, baja, sube, baja… y no todo es malo en estas personas, también tienen virtudes.

En esos casos, pueden hacer dudar a las mujeres e incluso convencerlas para que justifiquen esos brotes violentos.

Sí. Pueden ser personas divertidas, trabajadoras o tener otras virtudes. Lo que les diferencia del resto de los hombres es que tienen normalizada la violencia como método para conseguir sus objetivos y tarde o temprano la usan. Entonces, el perfil puede ser cualquiera.

Eso lo han aprendido y normalizado en algún momento de su vida y lo utilizan. Además, se dan casos en que las mujeres han vivido ese tipo de situaciones dentro de su propia familia, de modo que tienen normalizada la violencia. No detectan señales porque para ellas resulta normal hasta que la situación es muy evidente.

Pero en muchos casos, ocurre lo contrario. Jamás en su familia se ha producido un nivel de violencia suficiente como para tener una experiencia que alerte de que puede desencadenar episodios graves. El perfil de mujer es muy variable. En cualquier caso, hay que enseñarles a identificar las señales y a no justificar las conductas. Es muy importante la conducta, aunque quieras a esa persona, su comportamiento es lo que importa.

Los agresores tienen que saber que legalmente se exponen a que sus actos se van a considerar un delito y que van a pagar por ello.

La legislación vigente en España, ¿es suficiente para abordar esta problemática social o son necesarias más medidas para atajar la violencia vicaria?

Éste es un problema emergente. Y ha emergido porque la legislación se había limitado a otros tipos de violencia. Antes era muy fácil dominar y doblegar a la mujer. En los últimos tiempos ha empezado a emerger el problema y faltan legislación y medidas. Es lo que se está intentando ahora mismo conseguir con el nuevo Pacto de Estado, va a haber una modificación de Ley de Protección a la Infancia y la adolescencia (LOPJM) para incluir esta problemática, porque si este tipo de conducta no está identificada en las leyes y sancionadas penalmente, por mucho que se sepa, como está ocurriendo ahora, que ocurre, salvo los casos gravísimos -el asesinato de los niños- no se identifica y no se sanciona. Para que este tipo de individuos tengan un freno, tienen que estar sancionados. Tiene que saberse legalmente que se exponen a que sus actos se van a considerar un delito y que van a pagar por ello.

Si cada vez que hay en rupturas del vínculo materno filial, que es al final lo que se pretende, sea asesinando a niños, haciéndolos desaparecer o arrancándolos de la madre de una manera u otra -incluso utilizando a las instituciones, los juzgados y los servicios sociales-, automáticamente se sospechara una violencia vicaria y si tras una investigación a fondo la hay y se penaliza, un porcentaje importante se frenaría. Si sabes que robar está penado, hay un porcentaje importante de la población que no lo hace, aunque tenga la tentación de hacerlo. Y luego la condena social es importantísima.

Precisamente le iba a preguntar si la violencia vicaria es un asunto lo suficientemente conocido por la sociedad o sigue rodeado de cierto silencio.

Es un tema que se está conociendo, pero tenemos que luchar contra la creencia en la que nos hemos educado de que lo que pasa en casa se queda en casa. El hombre era el pater familias hasta hace nada, era el dueño de la mujer, de los hijos, de todas las propiedades… eso era así hace tan sólo unas décadas. Y, además, el hombre tenía poder coercitivo sobre la mujer y sobre los hijos. Estamos combatiendo esa idea.

También es importante la denuncia por parte del entorno más cercano, ya sean familiares, amigos o vecinos que detecten este tipo de violencia.

Efectivamente, pero aquí nos topamos con un problema. Cuando en la vía pública se produce una agresión a una mujer, siempre hay alguien que llama a la policía y que se presta de testigo. Pero con los vecinos y las personas cercanas es otra historia porque están al alcance del maltratador y saben de lo que es capaz. Hay casos en que los vecinos saben lo que ha ocurrido y cuando la mujer les pide que vayan a testificar, no acceden porque son conscientes de que pueden ponerse en peligro ellos mismos y a sus familias. Todos tenemos miedo de este tipo de individuos porque no se sabe dónde tienen el límite.

Yo he oído en la consulta a mujeres decirme que su marido les pegaba, pero que era muy bueno y sólo lo hacía cuando se lo merecían. Todavía tenemos el problema de que parece que es potestad de los padres ejercer un poder coercitivo sobre los hijos, con frases como “un buen tortazo a tiempo…”. Pero ahora consideramos socialmente inapropiado y lo catalogamos de maltrato si vemos que alguien golpea a su pareja en la vía pública. Tenemos que conseguir que la sociedad también condene de forma mayoritaria a aquel individuo que a la expareja le haga eso con los hijos, que se los arrebate o los use para hacerle daño.

Y para que eso ocurra, tenemos que cambiar el concepto de padre. Un maltratador no es un buen padre, no es un padre. Un padre es alguien que cuida, protege, provee a los hijos y los trata como personas con derechos hasta que tienen capacidad de decisión y son autónomos para valerse por sí mismos. Pero estos individuos no cumplen ese perfil y es lo que tenemos que aprender a cuestionar. Ser padre o madre parece estar rodeado de un aura de bondad, pero no siempre es así. Los violentos no. Dar de comer no es suficiente. Y la sociedad tiene que ser consciente de ello y condenarlo.

Por María Gilabert Almagro
Responsable de la revista Casa Mediterráneo