Daniel Moñino: “El exilio republicano en el norte de África es el gran desconocido”

El exilio republicano en el norte de África constituye un episodio de la Historia poco conocido y difundido en nuestro país, pese a las penurias que pasaron aproximadamente las 12.000 personas que lo vivieron tras la Guerra Civil española. Con el fin de contribuir a llenar este vacío, Casa Mediterráneo organizó las jornadas “Exilio republicano en tierras del norte de África. Rescatar la memoria (1939-1945) que se celebraron el 14 y 15 de junio en su sede, con la colaboración del Archivo de la Democracia de la Universidad de Alicante y la Comisión Cívica de la Memoria de Alicante.

Las jornadas reunieron a algunos de los mayores conocedores el tema, entre los que se encuentran Daniel Fernando Moñino Reyes, profesor de Geografía e Historia y miembro del grupo de investigación Surclío, quien ofreció la ponencia De los campos de concentración del Mediodía francés al exilio del norte de África, sintetizada en esta entrevista.

¿Los republicanos que huyeron a Francia al finalizar la Guerra Civil española se esperaban el recibimiento que se les brindó al cruzar la frontera?

Creo que en absoluto se lo esperaban. Aunque eran conscientes de que Francia se había inhibido en la intervención en el conflicto, al haber firmado un pacto con otros 26 países en agosto de 1936, el Comité de No Intervención, y se habían cerrado las fronteras, confiaban en la buena fe, en este caso por una causa humanitaria, de su Gobierno socialista. El problema es que ese gobierno no había previsto la caída de Cataluña, o no quiso verlo venir, y no estaba preparado para acoger a tal contingente, que en algunos casos se calcula que ascendió a unas 455.000 personas.

Antonio Vilanova, que fue uno de los protagonistas del exilio, hablaba incluso de más de 500.000, desde finales de enero y durante todo el mes de febrero de 1939. No todos coincidieron en el mismo momento, pero el tránsito fue de más de 500.000 personas durante el espacio de un mes, aproximadamente. En aquel entonces el Gobierno francés no estaba preparado, pero las actuaciones inmediatas que acometió, lógicamente dejaron mucho que desear y son muy reprobables.

¿Cómo eran las condiciones de vida en los campos de concentración de Francia?

Hubo dos fases. En un primer momento se trataba de campos del interior, incluso en las laderas de las montañas pirenaicas, y de campos improvisados en la costa. Era finales del mes de enero y principios de febrero en el sur de Francia, con mucho frío, un clima muy desapacible, con viento en el caso de las costas… en Argelès-sur-Mer y Saint-Cyprien.

Y como las autoridades galas no habían preparado nada, lo que hicieron fue simplemente colocar un perímetro de alambradas custodiado, o bien por soldados franceses nativos o bien por soldados senegaleses que servían para estas lides. No había barracones, no había agua, no había comida. Entonces, lo primero que hacían los refugiados era excavar con sus propias manos en la arena de la playa para guarecerse del frío y del viento que soplaba, que levantaba la arena y les golpeaba en la cara y el cuerpo haciéndoles daño. Y a todo esto hay que añadir que al cavar se filtraba el agua del mar. En esos primeros días, al no disponer de agua potable empezaron a beber agua del mar filtrada, con lo cual los casos de disentería se sumaron a los piojos, el hambre y el frío. La situación tuvo que ser dantesca para esos refugiados.

Ponencia de Daniel Moñino (a la derecha), junto al coordinador de las jornadas, Juan Martínez Leal.

¿Qué trato recibieron los exiliados?

Los gendarmes y los soldados senegaleses los trataron con desprecio. Cuando empezó a llegar comida en camiones, muchos de los gendarmes desde lo alto del camión hacían ademán de lanzar las hogazas de pan, jugaban de forma cruel con las personas que se arremolinaban alrededor y luego las tiraban para que se pelearan entre ellas. Una actitud despiadada por parte de un Estado que se preciaba de democrático y de avanzado. Una señal clara de que pensaban que los republicanos españoles o los españoles en general eran inferiores a ellos como nación. Y a eso no se puso freno inicialmente. Como he dicho antes, seguramente esta situación pilló desprevenido al Gobierno francés, porque no creo que tuviese esa intención, pero como se inhibió previamente, tres años atrás con la Guerra Civil, y había reconocido al Gobierno de Burgos en 1938, no había previsto la posibilidad de tener que recibir a un contingente tan magno como el que llegó.

Luego, en una segunda fase los campos fueron un poco mejor acondicionados, con barracones, letrinas y comida, como -y cito otro costero- el de Barcarès. Un poco más al norte estaban los improvisados, los de Argelès y Saint-Cypriane, que llegaron albergar a hasta 180.000 refugiados.

Estos refugiados mejoraron sus condiciones todavía más a partir de finales de 1939, porque se les iba a necesitar. En el inicio de la Segunda Guerra Mundial, en octubre del 39, Francia comenzó a prepararse para la más que segura guerra y le venían bien esos españoles para las compañías de trabajadores extranjeros, para trabajar en prestaciones agrícolas o industriales, como ayudar en el refuerzo o la ampliación de la línea Maginot [muralla fortificada y de defensa construida por Francia] en su frontera con Alemania.

¿Cómo fueron a parar al norte de África algunos de los que se habían exiliado en Francia?

En febrero de 1939, con el caos inicial en los campos y las críticas que estaba recibiendo el Gobierno francés, este se puso manos a la obra para poner un poco de orden en todo ese maremágnum de refugiados, compuesto por medio millón de personas metidas entre alambradas, donde dedicaron muchos soldados y gendarmes para proteger los perímetros. Lo primero que hicieron fue idear fórmulas para deshacerse de los refugiados. Una de ellas fue, indudablemente, las repatriaciones. Se pusieron en contacto con el Gobierno de Franco y con los propios refugiados para ver quién estaba dispuesto a ser repatriado. Así, entre febrero y agosto de 1939 volvieron a España 250.000 personas aproximadamente.

¿Hubo temor a represalias entre quienes optaron por volver a España?

Hubo parte de engaño, porque en la correspondencia entre el Ministerio de Exteriores o de los embajadores que había en Francia y en Argelia, en la colonia francesa, los gobernadores y el Ministro de Interior francés, explicándole la situación al Gobierno español se produjo una especie de reclamo desde España asegurando que no les iba a pasar nada, puesto que la guerra ya había acabado, y les venía bien esa mano de obra joven para trabajos forzados. La mayoría de ellos eran milicianos, con una edad para trabajar en buenas condiciones, estaban curtidos y al principio les interesaba, con lo cual dijeron que aquí no pasaba nada. Creo que la mayoría no se fiaba, pero al tener familiares y temiendo represalias quizás por ello volvieron.

Luego, aparte de las repatriaciones, otra medida fue que en marzo de 1939 se reunió el Gobierno francés y aprobó un decreto ley el 12 de abril de ese mismo año, por el cual se consideraba a todos los refugiados españoles como prestatarios en trabajos agrícolas o industriales, principalmente. De esta manera, con esos trabajadores se aseguraban una mano de obra barata y empezaban a vislumbrar que los movimientos de Alemania no eran muy de fiar, aunque luego tardaría en llegar la invasión de Francia, más de un año.

Se tiró de esa mano de obra, joven en su mayor parte, de esos refugiados, ex milicianos españoles, y luego crearían las compañías de trabajadores extranjeros o incluso el ingreso en la Legión Extranjera Francesa a partir del comienzo de la Segunda Guerra Mundial. A la Legión Extranjera francesa, de los que estaban en la metrópoli se unieron pocos, se sumaron más los que llegaron al norte de África. Y ese decreto Ley de 12 de abril de 1939 fue refrendado con un nuevo decreto del 9 de enero de 1940, cuando ya habían empezado también a funcionar las compañías de trabajadores extranjeros.

¿Cómo fueron a parar los exiliados españoles en Francia al norte de África?

Aparte de las medidas que acabo de relatar, el Gobierno francés consideró que otra opción era sacarlos de la metrópoli y enviarlos a sus colonias en el norte de África. A Orán esencialmente como punto de destino; ni Argel ni Túnez se contemplaron en este flujo migratorio, pero sí el Marruecos francés. En este caso las condiciones fueron distintas, no aleatorias. Esos refugiados que se disponían a salir de la metrópoli iban precedidos de una carta de recomendación de algún familiar o amigo que vivía en Argelia, en el Marruecos francés o en Tánger, que era un enclave internacional desde 1923. No pertenecía ni al protectorado francés ni al español desde el Tratado Hispano Francés de 1912, pero había establecido una administración internacional de siete países a partir de 1923 hasta la independencia de Marruecos en 1956.

El total de refugiados que se dirigieron al norte de África al final no fueron tantos. Estamos hablando de unos 11.600 en total. De los que pasaron clandestinamente en 1939, que también los hubo, no tenemos constancia, pero estos pueden hacer redondear la cifra a 12.000, un número que ya dio en 1977 el autor Javier Rubio. De esos 12.000, 1.280 procedieron de este flujo migratorio desde Francia, que era desconocido hasta ahora, porque la única forma era conseguir los documentos con los listados en los que aparecen los nombres, apellidos, procedencia, familia, destino… de todos esos refugiados que solicitaron, mediante carta de recomendación de acogida, pasar al norte de África.

¿Una vez allí, a qué se dedicaban?

Muchos de estos refugiados pudieron volver a sus lugares de residencia anterior con familiares y una gran parte fue a Tánger, donde había una colonia importante, de entre 12.000 y 15.000 españoles. Se emplearon en cualquier cosa y volvieron a hacer una vida más o menos normal durante 1939. Lo que pasa es que eso no duró mucho. A partir de junio de 1940, cuando Francia cayó por la invasión nazi del 6º Ejército alemán, se estableció el Gobierno de Vichy con el mariscal Pétain y buena parte de estos refugiados sufrirá la persecución y la represión en los lugares donde se instauró el régimen colaboracionista con el nazismo alemán. Algunos de ellos pisaron los campos de castigo el sur de Argelia y del sureste de Marruecos en la segunda mitad de 1940 y 1941.

[su_animate type=»bounceInLeft»][su_quote]El exilio republicano español de 1939 en el norte de África, a diferencia del ocurrido en Francia o México, que fue tildado de un exilio de intelectuales, no ha sido tan difundido ni documentado.[/su_quote][/su_animate]

¿Esta parte de la historia es lo suficientemente conocida en España?

No, porque el exilio republicano español de 1939 en el norte de África, a diferencia del ocurrido en Francia o México, que fue tildado de un exilio de intelectuales, no ha sido tan difundido ni documentado. El exilio en el norte de África es el gran desconocido. Ha supuesto durante seis o siete décadas un auténtico vacío historiográfico. Solo se había comentado mediante títulos autobiográficos de protagonistas de ese exilio. Por ejemplo, el poeta Max Aub, en 1944, en su “Diario de Djelfa” hace una descripción fantástica a través de sus poemas de lo que era la vida en el duro campo del mismo nombre, en el sur de Argelia, próximo al Transahariano, donde los castigos eran tremendos. El comandante Caboche era de una crueldad extrema.

Posteriormente, Antonio Vilanova, que también fue uno de los protagonistas del exilio, en 1969 publicó su obra “Los olvidados”. El título lo dice todo. Treinta años más tarde de los acontecimientos ya se consideraba a estos exiliados en el norte de África como gente olvidada, que no había existido.

El buque Stanbrook – Imagen: Fundación Pablo Iglesias.

Y por último, tenemos el famoso libro “Por tierras de moros”, del alicantino José Muñoz Congost, quien viajó a bordo del Stanbrook y estuvo en el campo Boghar, donde cuenta todas sus vicisitudes en 1989. Son obras autobiográficas y aisladas, que en ningún caso salían más allá de círculos académicos o familiares. No llegaban al público general, ni mucho menos al ámbito de la enseñanza secundaria o universitaria.

Solo desde hace 15 años ha empezado a moverse más el tema, con la publicación de otros libros autobiográficos, con la formación de grupos de investigación como Surclío en Andalucía, del cual formé parte; de colaboraciones entre todas las universidades andaluzas para trabajar el exilio andaluz; otras iniciativas en pro del conocimiento de este exilio en Aragón, en la Comunidad Valenciana, en Cataluña… y todo esto se ha visto coronado con la creación del Archivo de la Democracia en Alicante.

Fuera del ámbito académico, también ha habido gente interesada en el tema. Investigadores como Eliane Ortega, por ejemplo, han hecho un trabajo ingente en los últimos 10 o 15 años. De modo que podemos afirmar a día de hoy que ese vacío historiográfico en torno a este episodio de nuestra historia todavía reciente, se va llenando y ahora lo que hay que hacer es difundirlo y ampliar esos conocimientos.

Además de llenar un vacío historiográfico, el reconocimiento de la historia de los exiliados republicanos, ¿qué importancia tiene para sus familiares?

Sin duda, hay que significar lo que pasaron estas personas, la mayoría de las cuales ha fallecido. Sus familiares tienen derecho a conocer la historia de sus antecesores, abuelos, padres, tíos… y tiene que saberlo también el público en general. Estamos hablando de una emigración que en el siglo XIX fue económica. Ya había antecedentes en el norte de África, en Argelia, por la miseria que había en España, en una España sobre todo rural. Personas de Almería, Murcia e incluso parte de Alicante emigraron para dedicarse a labores agrícolas. Los menorquines a partir de 1830 emigraron también a Argel para trabajar en tareas agrícolas por la miseria tan absoluta que había en la isla. Y aparte de ese exilio económico, tenemos el político, brutal pasando de la Guerra Civil a la Segunda Guerra Mundial. Eso se debe conocer y hay que dignificar también a los descendientes de quienes participaron en dicho exilio.