Haizam Amirah: “En la mayoría de los países no se han resuelto los problemas de fondo que llevaron a las protestas del llamado ‘despertar árabe’”

Los pasados días 8 y 9 de junio, Casa Mediterráneo acogió la conferencia regional dirigida a hacer balance de una década de progresos del Programa Sur, una iniciativa conjunta de la Unión Europea y el Consejo de Europa para promover la democracia, el Estado de Derecho y los derechos humanos en el sur del Mediterráneo. En el encuentro se analizaron los logros y las lecciones aprendidas desde el inicio del Programa Sur en 2012, así como los desafíos comunes en la región del Mediterráneo Sur con el fin de contribuir a definir prioridades para la futura acción conjunta.

El programa ha contribuido a establecer un espacio jurídico común entre Europa y la región del sur del Mediterráneo, basado en los convenios y otras normas del Consejo de Europa. A lo largo de los últimos 10 años, los beneficiarios del Programa -desde Túnez y Marruecos hasta Egipto y Jordania- se han convertido en partícipes de varios convenios del Consejo de Europa en ámbitos como la lucha contra la trata de seres humanos, la prevención y la lucha contra los delitos económicos y la ciberdelincuencia, la protección de los datos personales y los derechos de la infancia. El Programa Sur también ha apoyado la armonización de las legislaciones nacionales en estos ámbitos, y ha abordado otros retos comunes con Europa, como la violencia contra las mujeres.

Organizada con el apoyo del Ministerio de Asuntos Exteriores de España, la conferencia contó con la participación del Secretario de Estado para la Unión Europea, Pascual Navarro, y del director de Casa Mediterráneo, Andrés Perelló, anfitrión del evento. La conferencia reunió a más de 50 representantes de alto nivel, así como a profesionales, representantes de la sociedad civil y jóvenes líderes del Mediterráneo sur. Entre ellos, cabe destacar a expertos en la región como Bichara Khader, profesor emérito en la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica), y Haizam Amirah Fernández, investigador del Real Instituto Elcano (España), quien moderó la ponencia titulada “Seguridad humana en la región del Mediterráneo meridional: progresos alcanzados y retos futuros”.

Investigador, escritor y politólogo español y jordano, especializado en Relaciones Internacionales y políticas del mundo árabe, Haizam Amirah compagina la investigación y la docencia. Ha impartido clases como profesor entre otras, en la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), la Universidad de Georgetown, la Universidad de Saint Louis, San Pablo-CEU o la Universidad de Barcelona. Actualmente es docente en la IE e investigador en el Real Instituto Elcano con dedicación a las políticas internacionales del mundo árabe y del Mediterráneo. Haizam Amirah nos concedió una entrevista para analizar la situación actual que atraviesa en Mediterráneo sur, sus retos y perspectivas de futuro.

Al hilo de la ponencia que ha moderado en esta conferencia regional, la seguridad humana es un concepto integral que abarca aspectos el alimentario, ambiental, jurídico, económico, sanitario o político.  ¿Cuáles son los progresos alcanzados y los retos en materia de seguridad humana en la región del Mediterráneo Sur a través del Programa Sur?

En primer lugar, me gustaría presentar una panorámica de la situación en el sur del Mediterráneo, en los países del norte de África y de Oriente Próximo, pues tienen realidades muy diferentes entre sí y dentro de cada país existen elevadas desigualdades que se han visto acrecentadas a raíz de la pandemia del Covid-19 y que en los últimos meses tienen un elemento añadido que puede generar mayores dinámicas de desigualdad y de penurias socioeconómicas para sectores crecientes de poblaciones.

Si analizamos la última década, desde inicios de 2011, que es cuando el mundo de repente se sorprendió por las movilizaciones multitudinarias en varios países del sur del Mediterráneo, a las que se llamó la “Primavera Árabe” o el “despertar árabe” -que respondían a un malestar extendido por cuestiones de índole económica, de índole social, pero también por falta de oportunidades y de libertades- vemos que en la mayoría de los casos no se han resuelto los problemas de fondo que llevaron en un primer momento a las protestas en Túnez, en Egipto, en Libia y en Siria, entre otros países, y en una segunda ola, también en 2019, en Argelia, en Líbano y, un poco más allá del Mediterráneo, en Irak y Sudán.

Esto, lo que nos indica es que hay problemas de fondo que son estructurales y que están ligados a las formas de gobernar de los países donde el rasgo característico es el autoritarismo. Cada país tiene su sistema político, con sus dinámicas internas, pero el autoritarismo es la forma de gobierno extendida por prácticamente toda la región. Esto indica que no existen mecanismos de control o de rendición de cuentas por parte de los gobernantes. También evidencia que hay una concentración de poderes, que es lo contrario de la separación de poderes, una falta de buen gobierno y de responsabilidad hacia los gobernados y una ausencia de libertad de las poblaciones para que puedan decir cómo ven la marcha de sus países y la forma de gobernarlos, así como las formas de distribuir sus riquezas.

No olvidemos que el sur del Mediterráneo no es una región pobre. Cada país, con sus particularidades, conforma una región que tiene riquezas naturales y abundancia de recursos humanos, con una cuantiosa población joven que en caso de ofrecérsele las oportunidades puede ser motor de cambio, de desarrollo y de progreso para sus propios países y para el entorno y el vecindario más amplio al que pertenecen. Y en ese vecindario y entorno más amplio está España, está el norte del Mediterráneo y está la Unión Europea.

Un balance rápido de esta última década lleva a la conclusión de que los retos han ido en aumento, como ha ido en aumento la población del sur del Mediterráneo, que todavía sigue creciendo a un ritmo rápido. El autoritarismo en varios puntos de la región ha ido a más. Allá donde había algunos espacios de libertad de expresión, hemos visto cómo estos se han ido cerrando mediante la represión y estamos asistiendo a un fracaso creciente del contrato social entre las élites gobernantes que llevan mucho tiempo en el poder, prácticamente en todos los países, y las poblaciones donde este se basaba en un Estado que distribuía ciertos servicios, promesas y empleo público –por ejemplo, ciertos servicios sanidad y educación pública, aunque con calidad deteriorada- a cambio de que estas no reclamaran de forma activa participar en la política, cuestionar u oponerse a los gobernantes.

Ese contrato es el que no se está cumpliendo en el momento en el que los Estados ya no tienen esa capacidad de dar respuesta a las necesidades de poblaciones que van creciendo en número, están más conectadas al mundo exterior, que ven cómo se vive en otros lugares y que, al mismo tiempo, observan cómo la riqueza nacional se queda concentrada en manos de unas élites que dependen de la lealtad para perpetuarse en el poder.

¿A la vista de esta realidad, agravada por la guerra de Ucrania y la consiguiente crisis alimentaria provocada por el bloqueo de las exportaciones ucranianas, podría producirse un nuevo estallido social?

Los estallidos sociales surgen por la acumulación de factores y por haber cruzado el punto donde el aguante de las sociedades no puede más. En esto contribuyen de forma decisiva los factores económicos y entre ellos se encuentra la capacidad de alimentar a la familia, algo tan básico para la supervivencia y también para la dignidad humana. Algunos de estos factores son externos y dependen de mercados internacionales, de guerras en otros continentes, de sequías…, pero otros son internos y están ligados a la corrupción dentro de los países y a los fracasos de los gobernantes a la hora de planificar o de asegurar lo mínimo necesario, ya no solo para tener una vida digna y decente, sino para la propia supervivencia.

El país más poblado de todo el Mediterráneo, Egipto, con más de 100 millones de habitantes, tenía una dependencia de cerca del 80% del trigo, siendo el mayor importador mundial en términos absolutos de este cereal, que procedía de Ucrania y Rusia. Aparte de la seguridad de los suministros, hay que tener en cuenta el precio al cual se compran esos productos básicos. Ahí ya hablamos de carestía, de inflación, de encarecimiento, por ejemplo, de las cadenas de suministro, de los precios de la energía -imprescindible para el transporte de mercancías, en este caso de alimentos-… Todo esto sumado a políticas estatales que se centran muchas veces en grandes proyectos o en grandes gastos, incluido sobre todo el militar, que en toda la región está por encima de la media mundial en relación al Producto Interior Bruto per cápita, lo que lleva es a un escenario de fragilidad y de erosión de las redes de seguridad económica de las comunidades.

Todo ello hace plausible que, si no hay un cambio de rumbo en un plazo corto de tiempo, haya muestras de malestar que se traduzcan en movilizaciones sociales en algunos puntos del sur y del este del Mediterráneo y más allá en el continente africano, donde de hecho, encontramos casos de algunos países en guerra con economías devastadas, como el caso de Siria o El Líbano, este último con un Estado prácticamente colapsado, donde la moneda ha perdido más del 90% de su valor desde octubre de 2019 y con un nivel de hiperinflación del que hay pocos ejemplos en la historia moderna.

En el caso de Egipto, el régimen de Al Sisi tiene en marcha megaproyectos, como la construcción de una nueva capital administrativa con un gasto descomunal, mientras no se resuelven los problemas de los lugares donde están viviendo los egipcios y las egipcias, como El Cairo, una ciudad superpoblada con servicios públicos muy mejorables. Sin embargo, hay países productores de energía, de hidrocarburos, que se están beneficiando de esta fase de carestía de precios en los mercados internacionales, tanto del crudo como del gas natural. Argelia es un ejemplo claro. Esto permite al Estado tener unos ingresos muy por encima de lo que estaba previsto en los presupuestos nacionales. Es el caso también de los países árabes del Golfo, que producen hidrocarburos.

Y esto confiere un mayor margen de maniobra a estos regímenes para comprar paz social mediante subvenciones, ayudas o subsidios, pero esto no resuelve los problemas de fondo, porque no suelen ser recursos que se destinen a un fortalecimiento de las estructuras estatales, sobre todo en lo que se refiere a proporcionar no sólo servicios públicos, una salida digna, una educación que responda a las necesidades del mundo moderno, sino tampoco a infraestructuras que estén a la altura de un desarrollo económico que suponga un salto hacia delante.

Antes me refería al gasto militar, que vemos que está disparado en distintos rincones del mundo. En concreto, en el norte de África asistimos a la carrera armamentística entre Argelia y Marruecos; un gasto militar desbocado en Egipto; Libia sigue siendo un escenario de conflictos superpuestos entre libios, pero con intervención del exterior de numerosos actores que quieren seguir influyendo en este escenario, lo que impide que haya una estabilización del país y unos esfuerzos de unidad nacional para una nueva etapa, para un relanzamiento de Libia como Estado y de un desarrollo que responda a las aspiraciones que tuvo la población cuando se enfrentó al dictador Gadafi. Todo esto, a día de hoy, nos plantea un sur y este del Mediterráneo con retos mayores de los que ya existían hace poco más de una década, con mayores niveles de autoritarismo y donde la ausencia de más libertad y más desarrollo puede llevar a mayores niveles de frustración y de caos.

Ante este complejo panorama, ¿sería necesaria mayor financiación para potenciar el desarrollo de estos países del Mediterráneo sur?

No solo es una cuestión de falta de financiación porque, tal como he mencionado, son países que tienen recursos y bien sea por las complementariedades, por su posición geográfica, por su potencial agrícola, turístico, logístico o energético, un marco adecuado para acelerar el desarrollo de esos países podría llevar a un Mediterráneo muy diferente del que conocemos hoy. Esto, sobre todo, depende de voluntad interna de las élites gobernantes en los países, evidentemente, con ayuda y con apoyo del exterior. Lo comprobamos en el caso de España. El apoyo de su entorno y de su vecindario europeo en una transición política que a su vez también fue económica y social, ancló al país para consolidar ese proceso mediante la aportación de estabilidad, de transferencia de experiencias y conocimientos y la entrada en distintos marcos de cooperación.

Todo esto es lo que se intentó a nivel del Mediterráneo, principalmente con la Conferencia de Barcelona de 1995, el llamado “Proceso de Barcelona” o la Asociación Euromediterránea. Se trató de crear ese espacio común de paz, estabilidad y seguridad compartidas. Por desgracia, después de que haya pasado ya un cuarto de siglo, ese espacio no existe como tal. Sigue siendo una relación basada en dependencias, con frecuencia negativas, por temor a riesgos y amenazas, donde la inmigración, los refugiados, el terrorismo yihadista… guían o condicionan las relaciones en ambos sentidos.

Y de nuevo, no hay unas sociedades que tengan una voz que sea tenida en cuenta en los países del sur. Y esto en el norte, por motivos de cálculos con frecuencia cortoplacistas, lo que lleva es a brindar apoyo al statu quo, a unas élites que son las que controlan los países, que a su vez actúan como incubadoras de malestar y de frustración.

La emigración económica, e incluso se puede decir que también el yihadismo o el radicalismo de base religiosa, con mucha frecuencia son manifestaciones de males que aquejan a las sociedades por distintos motivos que tienen mucho que ver con falta de expectativas. El caso de los refugiados es una manifestación de males todavía más profundos; es el temor por la propia supervivencia, por tener un hábitat donde seguir vivo y poder alimentar a la familia. Y el radicalismo no deja de ser la búsqueda de respuestas a problemas que no encuentran solución, por caminos extremos y que no resuelven los problemas de fondo. Todo esto deberían ser señales de alarma de que lo que está mal es el fondo de la relación Estado-sociedad.

Es necesario que haya programas de cooperación, que haya transferencia de experiencias, de conocimiento, de apoyo, incluso también de apoyo moral a aquellos que aspiran a vivir con mayor dignidad en sus propios países, sin necesidad de buscarse la vida, obligados, fuera de su tierra. Mientras no se rompa la dinámica de la realpolitik, entendida como apoyo a la estabilidad autoritaria en el corto plazo, los motivos de ese malestar seguirán estando presentes y probablemente en aumento.

[su_quote]No hay ninguna sociedad que esté condenada a tener que vivir continuamente en la miseria.[/su_quote]

¿Hay atisbos de mejora de la situación?

A corto plazo no. No hay indicios de que se vaya a romper la dinámica de unas élites que tienen el control de todas las palancas de poder y que reciben apoyo del exterior. Sin embargo, no hay ninguna sociedad que esté condenada a tener que vivir continuamente en la miseria.

En un mundo globalizado, las poblaciones, sobre todo las urbanas, tienen mayor acceso a la información y a las aspiraciones de libertad…

Libertad de opciones, libertad de oportunidades. Se ve continuamente. Las personas que salen de países deprimidos o al menos donde no tienen las oportunidades vitales de prosperar, cuando van a otros entornos donde sí encuentran esas oportunidades, con mucha frecuencia las aprovechan. El problema no está en que no haya personas con capacidad ni con ganas. El problema es que si no hay condiciones o un entorno para poder desarrollar esas capacidades y esos talentos, lo que nos encontramos son desincentivos para prosperar, progresar y contribuir al desarrollo de los países.

Y entonces se produce la fuga de cerebros.

Efectivamente, la fuga de cerebros es una forma clara y evidente, sobre todo cuando es permanente, mientras que las estancias en el exterior permiten adquirir conocimientos y habilidades que pueden ser utilizadas si se dan las circunstancias de vuelta a casa. Hablamos de un número muy elevado de habitantes del sur del Mediterráneo que podrían contribuir al despegue de sus países de origen. Los ingredientes están ahí, los recursos existen. La cercanía a Europa, la posibilidad de utilizar una juventud muy numerosa como motores de desarrollo y de cambio, y que todo eso genere una base diferente de la estabilidad que Europa busca en su vecindario sur. Que no sea una estabilidad autoritaria basada en el apoyo a regímenes que emplean la mano dura mientras cortan las alas de sus ciudadanos o súbditos, en algunos casos, sino que sea una estabilidad que se base en un desarrollo compartido, donde la movilidad humana sea el resultado de decisiones voluntarias, y no obligada, para buscar o bien el sustento o bien la libertad.