En los últimos años, la crisis de los refugiados en Grecia ha adquirido una trágica dimensión. Cientos de personas mueren y desaparecen en una peligrosa travesía a través del Mediterráneo tratando de arribar a las costas griegas huyendo de guerras y violencia, en busca de un futuro que su propia tierra les niega. Quienes no se dejan la vida en el intento se topan con la injusticia en su cara más cruda: devoluciones en caliente que les dejan a la deriva en el mar violando el derecho de asilo, maltrato y confinamiento en centros de detención con graves efectos psicológicos.
Esta dura realidad, aunque de vez en cuando sale publicada en algún medio de comunicación, suele pasar desapercibida en Occidente, ante la pasividad de gobiernos y organismos internacionales. El reportero vasco Hibai Arbide, afincando en Grecia desde 2014, ha querido poner rostro a esta dramática situación, especialmente a las devoluciones en caliente, contando al detalle lo que ocurre en aguas griegas y en los centros de recepción en las islas helenas, haciendo una llamada de atención a quienes podrían tomar medidas para implementar una salida justa para estas personas, acorde a los derechos humanos. El periodista, en otra vida abogado penalista, con una larga experiencia cubriendo conflictos armados y crisis humanitarias por todo el mundo, presentará el próximo 2 de marzo a las 19:00 horas su libro Con el agua al cuello. Muerte y devoluciones en caliente en la peor frontera de Europa’ (Capital Swing, 2024) en Casa Mediterráneo en un evento abierto al público hasta completar aforo y con emisión online.
En esta entrevista, Hibai Arbide nos abre las páginas de su ensayo para conocer la tremenda envergadura de un fenómeno escasamente atendido en Europa.
Su libro comienza con una asombrosa introducción, en la que cuenta cómo el hijo de un refugiado que consiguió cruzar el mar Egeo a finales de los años 60 llega a convertirse en primer ministro griego (Kyriakos Mitsotakis) y, paradójicamente, desde su posición aplica una política de mano dura contra los inmigrantes. Su ensayo, Con el agua al cuello, recientemente publicado por Capitán Swing muestra una realidad poco conocida en su magnitud por la opinión pública occidental. ¿Qué pretende transmitir con el libro?

Grecia es un país en el que la atención mediática va y viene. Aunque éste es un hecho que, evidentemente ocurre en todas partes, Grecia es un país en el que sucede de manera muy extrema, de forma que a veces parece que está en el centro de la atención mundial, como pasó en 2015, por ejemplo, con el referéndum sobre el plan de rescate [propuesto por la Comisión Europea, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo], en 2018 con los incendios o hace unas semanas con los terremotos en Santorini. Pero cuesta que los medios presten atención a situaciones más estructurales, que no sean puntuales.
La violencia en las fronteras, esa forma extrema de intentar evitar las llegadas de migrantes y refugiados, creo que en la medida en que son fenómenos que suceden todos los días, paradójicamente, se les da menos relevancia mediática. He realizado muchos reportajes en los últimos dos años desde Lesbos para El País, por ejemplo, sobre este tema, pero creo que hay poca atención por parte del resto de medios.
En el libro habla de las devoluciones en caliente, que son una práctica poco conocida, aunque bastante habitual en aguas griegas. No obstante, pocas personas son conscientes de la magnitud de este fenómeno y de la crueldad que entraña. ¿En qué consisten exactamente y en qué situación deja a los inmigrantes?
Hay muchas casuísticas. Desde 2020, 100.000 personas han sido abandonadas en mar abierto, a la deriva y por lo tanto, hay muchísimos casos, pero todos comparten varios elementos. El primero es la violencia extrema que se utiliza para llevar a cabo estas devoluciones en caliente, que no es una violencia irracional, y comporta muchos heridos, muchas personas traumatizadas, algunos muertos, pero encierra una racionalidad: provocar el terror para desalentar posibles futuros intentos.
Lo que hacen los guardacostas y un cuerpo auxiliar de paramilitares que les auxilian en estas devoluciones en caliente, básicamente, es asaltar las barcas de las personas que quieren ser refugiadas y les rompen el motor o las obligan a subirse en balsas salvavidas para dejarlas a la deriva. Para ello, les dan palizas, las someten a robos, vejaciones… En el caso de las mujeres es muy habitual que denuncien violencia sexual también. Además, se utiliza a los niños, por ejemplo, para aterrorizar a los padres y madres amenazando con tirarles por la borda. Esto es lo habitual y en los casos más extremos he podido documentar en reportajes que varias personas han sido empujadas, tiradas por la borda con las manos atadas y se han ahogado. También ha habido casos de niños que han sido lanzados desde las lanchas a balsas salvavidas como método para aterrorizar a los padres. En incluso, se han dado situaciones en que a las personas que no llevaban móviles caros, ni joyas, para robarles los efectos de valor, se les han arrancado los dientes de oro.
Todos estos casos constituyen flagrantes violaciones de derechos humanos. Además, con las devoluciones en caliente se les niega el derecho de asilo. Es decir, ¿todas estas prácticas son ilegalidades que se ejercen impunemente?
Efectivamente, porque además de los delitos que tienen que ver con la integridad física y el derecho a la vida de estas personas, hay un efecto que es el que buscan las devoluciones en caliente, que es impedir que estas personas puedan iniciar un trámite de asilo. Las devoluciones en caliente también suceden si consiguen llegar a tierra en Grecia. Se les impide pedir asilo y se les expulsa de manera colectiva e ilegal para que no puedan iniciar el trámite. Esto tiene la función de reducir el número de llegadas, que es algo que comparten todos los gobiernos europeos. A pesar de que ya nadie a estas alturas puede decir que no sabe que estas cosas suceden, aunque no se hagan a la idea de la dimensión o del número, sí que hay un consenso entre los gobiernos europeos de priorizar la militarización de las fronteras frente a los derechos humanos y los efectos son éstos.
Los inmigrantes que consiguen llegar a tierra, ¿qué suerte corren?
Es como una ruleta rusa, porque ni siquiera llegar a tierra garantiza que puedan iniciar el trámite. Hay modalidad de devolución en caliente que es aún más cruel. Es la referida a las personas que ya han llegado a las islas, que son detenidas, en realidad secuestradas, porque no hay ningún procedimiento detrás, y metidas en furgonetas que vemos pasar a veces sin matrícula, conducidas por hombres encapuchados. De ahí les obligan a subir a las embarcaciones de la Guardia Costera, que posteriormente las dejan a la deriva en balsas hinchables. Esto ha sido documentado. Yo he hecho varios reportajes al respecto, y ha habido incluso un vídeo del New York Times publicado en 2023 que demostraba, sin lugar a duda, esta práctica. La Comisión Europea aseguró que iba a investigarlo, pero nunca se supo nada de esa investigación. El Gobierno griego negó la mayor y dijo que también, en todo caso, iba a investigarlo, pero tampoco se ha sabido qué ha pasado con esta investigación y, si bien esa práctica se ha reducido desde ese vídeo, sigue existiendo, sobre todo en las islas más pequeñas.
En Lesbos se hizo conocido, por desgracia, un campo de refugiados, el de Moria, por sus terribles condiciones de habitabilidad y de hacinamiento.
¿Quiénes consiguen ser atendidos en un centro de recepción, desde ahí pueden tramitar su permiso de asilo? ¿Cuál es el tiempo de espera en esos lugares?
Antes era mucho más largo. En Lesbos se hizo conocido, por desgracia, un campo de refugiados, el de Moria, por sus terribles condiciones de habitabilidad y de hacinamiento. Como dato positivo para el gobierno actual mencionaría que se han agilizado mucho los trámites. Ahora reciben la respuesta a su solicitud de asilo de manera mucho más ágil que antes y esto hace que en los campos de refugiados pasen menos tiempo. En todo caso, sigue habiendo condiciones de habitabilidad muy complicadas. Esto daría para otro libro. Los campos de refugiados son una realidad muy dura, pero un poco más conocida que las devoluciones en caliente. Por eso he preferido centrarme en el otro punto.
¿De qué países huyen quienes intentan llegar a las costas griegas?
Depende de la época. Los porcentajes no son estáticos, van variando, pero, así como hace diez años la mayoría de las personas eran sirias, debido a la guerra, ahora la mayor parte son de Afganistán y huyen del régimen talibán. Últimamente, hay bastantes que vienen del Congo, sobre todo desde el agravamiento de los combates en las provincias de Kivu. Muchos proceden también del Cuerno de África, de Eritrea, que es una dictadura terrible, aún más inaccesible que Corea del Norte y de la que casi nunca se habla; de Etiopía, que ha sufrido varios conflictos armados en los últimos años y que tiene además una situación económica terrible; y de Somalia, que es un país en el que no hay un Estado efectivo desde hace décadas, prácticamente.
Asimismo, hay personas que vienen del Kurdistán iraquí, por ejemplo, que es una zona donde hay otra guerra de relativa baja intensidad, pero de la que se habla muy poco. Hay operaciones militares de Irán y de Turquía que causan víctimas civiles y desplazamiento de población. Antes del 7 de octubre de 2023, venía bastante gente de Gaza, y desde esa fecha, en la medida en que ese territorio ha sido sitiado y cerrado, ha dejado de llegar. Pero es muy probable que ahora que hay una tregua, los efectos se vean en los próximos meses y que vuelva a haber bastante gente de Palestina. Hay otras muchas procedencias, pero ésas son las principales.
¿Cómo percibe la población local de las islas griegas la llegada de refugiados?
Esto es una parte bastante central del libro: cómo ha cambiado la percepción. En 2016, la población de Lesbos, por ejemplo, fue candidata al Nobel de la Paz por su solidaridad. Y había una especie de chovinismo al respecto, de orgullo pensando que en ningún otro sitio del mundo se era tan solidario como aquí. Era un poco exagerado, pero al menos lo que demostraba es que había cierto consenso en que la solidaridad era lo que primaba a la hora de recibir a estas personas. Con la sensación de abandono por parte tanto de Atenas como de Bruselas, de que los gobiernos, tanto griegos como el de la Comisión Europea dejaban abandonadas a las islas griegas y no se responsabilizaban de un nuevo fenómeno que no es local, sino, como mínimo, europeo, esa solidaridad se tornó en rechazo, no en todo el mundo, pero sí en un porcentaje de población bastante grande. Ahora mismo la sociedad está muy polarizada. Sigue habiendo un tejido de solidaridad muy importante, pero también, sobre todo a partir de 2020, cuando se produjo una especie de rebelión liderada por los grupos de extrema derecha, ha habido ataques, no sólo a refugiados, sino también a ONG y a periodistas, a los que se culpa de ser quienes atraen a los refugiados a Grecia.
La militarización de las fronteras produce problemas mucho más graves de los que dice combatir.
¿Desde su perspectiva, cuál cree que sería la solución más sostenible para la crisis migratoria en las islas griegas y qué papel deberían desempeñar la Unión Europea y los organismos internacionales?
Yo soy un simple reportero y no tengo las soluciones básicas, pero creo que sería muy importante como punto de inicio, al menos, afirmar el principio de legalidad y que se cumplan, no ya ni siquiera los derechos humanos en un sentido abstracto, sino la propia legalidad europea que establece que quien llega a la UE tiene derecho a pedir asilo, a no sufrir tratos degradantes, a la seguridad para sí mismo y su familia, etcétera. Después, a nivel más macro, considero que el problema no es tanto la inmigración como las fronteras. La militarización de las fronteras produce problemas mucho más graves de los que dice combatir. Creo que en un momento en el que las extremas derechas globales, desde Trump a AfD en Alemania, pasando por VOX, ponen el foco en las personas migrantes como si fuesen responsables de problemas terribles, hay que afirmar el principio de igualdad y de que todo el mundo merece una vida digna, si no es en su casa, donde pueda tenerla.
Por último, me gustaría preguntarle qué le hizo tomar la decisión de dejar su carrera de abogado penalista para convertirse en periodista especializado en conflictos y crisis humanitarias.
Siempre me han interesado estos temas, pero fue una decisión mezcla de vocación y de pragmatismo. Cuando en 2014 vine a vivir a Grecia, lo hice porque mi pareja es griega, ella había encontrado trabajo y decidimos afincarnos aquí. Como yo no podía ser abogado porque no sabía hablar griego todavía y no podía ejercer, aproveché un momento en el que ése era el mejor lugar del mundo para ser periodista, porque había muchísima atención mediática. Estaban pasando muchas cosas interesantes, me puse a escribir y he tenido la suerte de que me ha ido más o menos bien.
Por María Gilabert Almagro
Responsable de la revista Casa Mediterráneo