Este lunes 15, Casa Mediterráneo acoge la mesa redonda «Un mar de patrimonios: diálogo, diversidad y los retos de la preservación en el Mediterráneo», en la que varios expertos reflexionarán sobre los desafíos que afronta la protección del patrimonio cultural en una región marcada por la diversidad, los conflictos y el cambio climático. En el encuentro, que tendrá lugar a las 19:00 horas con acceso libre y retransmisión online, participan Andrés Perelló, director general de Casa Mediterráneo; Gemma Aubarell, directora del área de Cultura, Género y Sociedad Civil del IEMed; Xavier Casanovas, presidente de RehabiMed–ICOMOS; e Isber Sabrine, gestor cultural y co-fundador de Heritage for Peace a quien hemos entrevistado con motivo de esta cita.

Isber Sabrine es historiador y arqueólogo sirio, residente en Barcelona. En 2013 fundó Heritage for Peace (Patrimonio por la paz), una organización para la preservación del patrimonio y en contra del expolio de restos arqueológicos en países en guerra. Sabrine está especializado en gestión del patrimonio cultural y forma parte del equipo sirio-español del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). También Lidera iniciativas como Abuab, proyecto social que trabaja en el uso del patrimonio cultural como herramienta para el diálogo intercultural con refugiados e inmigrantes de Oriente Medio y el Norte de África; y ANSCH, la Red Árabe de la sociedad civil para la salvaguardia del patrimonio cultural.
En esta entrevista reflexiona sobre el papel del patrimonio como herramienta para la paz, los retos de su protección en contextos de conflicto y la necesidad de situar a las comunidades locales en el centro de los procesos de conservación, reconstrucción y reconciliación.
Heritage for Peace nace en 2013, dos años después del inicio de la guerra en Siria, ¿con qué objetivo?
La ONG nació con el objetivo principal de salvar y proteger el patrimonio cultural de Siria y, al mismo tiempo, utilizar el patrimonio como una herramienta para la construcción de la paz, tanto durante el conflicto como en el periodo de posconflicto.
Además, trabajamos en la formación de personas que desarrollan su labor en el ámbito del patrimonio, proporcionándoles recursos y conocimientos para evacuar museos, salvar piezas, documentar daños y actuar en situaciones de emergencia.
Aunque nuestra actividad comenzó centrada en Siria, con el tiempo hemos ampliado nuestro trabajo a otros países afectados por conflictos.
¿Qué labores habéis llevado a cabo desde entonces para proteger el patrimonio cultural de este país?
Desde el inicio del conflicto hemos trabajado de forma constante en la identificación y documentación de los daños al patrimonio. Paralelamente, hemos desarrollado programas de formación dirigidos a jóvenes y profesionales, con el objetivo de capacitarlos para proteger el patrimonio en contextos de conflicto y empoderar a la sociedad civil.
Uno de nuestros principales objetivos es apoyar a las comunidades locales y a las ONG del territorio para que sean ellas mismas quienes puedan salvaguardar su patrimonio. También dedicamos una parte importante de nuestro trabajo a la investigación y detección del tráfico ilícito de antigüedades, identificando piezas que aparecen en casas de subastas o en el mercado ilegal.
La educación patrimonial es otra de nuestras líneas de actuación. La utilizamos como herramienta de apoyo psicológico y de refuerzo de la autoestima de niños y niñas afectados por la guerra. Asimismo, llevamos a cabo proyectos de rehabilitación de sitios patrimoniales que benefician directamente a las comunidades locales y fomentan la concienciación social.
Todo este trabajo se articula también desde la investigación académica. Desde el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) – donde trabajo- desarrollamos estudios centrados en mejorar la protección del patrimonio en contextos de conflicto y en analizar el tráfico ilícito de bienes culturales. Actualmente, junto con varios socios europeos, hemos presentado un proyecto europeo centrado en el uso del patrimonio como herramienta para la paz y la reconstrucción.
¿En qué zonas estáis trabajando actualmente?
En la actualidad, nuestros principales proyectos se desarrollan en Siria y Yemen, aunque los de mayor envergadura se concentran especialmente en Siria.
Formamos parte de la Red Árabe de la Sociedad Civil para la Salvaguarda del Patrimonio (ANSCH), una iniciativa que agrupa a organizaciones no gubernamentales de países como Siria, Irak, Yemen y Libia. Esta red trabaja en contextos donde las instituciones internacionales no pueden intervenir directamente, colaborando con comunidades locales en tareas de reconstrucción, educación y empoderamiento de la sociedad civil en la gestión del patrimonio.
A través de ANSCH hemos llevado a cabo acciones en países como Libia, Irak y Líbano. Además, hemos trabajado también en Sudán, Etiopía, Ucrania y en Gaza, especialmente en las primeras fases del conflicto.
¿A qué desafíos se enfrentan organizaciones como la vuestra en las zonas de conflicto?
Uno de los principales desafíos es mantener la neutralidad. Trabajamos en contextos de conflictos civiles o locales y tratamos de colaborar con todas las partes implicadas, algo que no siempre resulta sencillo.
Otro gran reto es la falta de recursos económicos. Lamentablemente, el patrimonio cultural no suele ser una prioridad en la ayuda internacional a países en conflicto, y existen muy pocos financiadores dispuestos a apoyar este tipo de iniciativas durante la guerra.
La seguridad es también un factor clave. En muchos de los países donde intervenimos no podemos desplazarnos directamente, lo que dificulta enormemente el trabajo. Además, en contextos de conflicto étnico, el patrimonio puede convertirse en un instrumento de confrontación y destrucción.
A ello se suma el papel limitado que, en muchos casos, pueden desempeñar instituciones internacionales como la UNESCO, cuya capacidad de actuación sobre el terreno es reducida. Finalmente, el tráfico ilícito de antigüedades sigue siendo uno de los mayores desafíos: combatirlo requiere una cooperación internacional muy sólida, ya que detrás de este comercio ilegal operan mafias con importantes conexiones políticas.
La guerra en Siria afectó gravemente a sus Patrimonios de la Humanidad. Ante una devastación de esta magnitud, ¿existe realmente la posibilidad de restaurar o recuperar estos lugares?
Siria cuenta con seis sitios inscritos como Patrimonio de la Humanidad, y los seis se encuentran en la Lista de Patrimonio Mundial en Peligro. Los más afectados son Palmira y Alepo.
En el caso de Palmira, por ejemplo, estamos desarrollando proyectos concretos en la actualidad. A pesar de la magnitud de la devastación, creemos que es posible trabajar en la recuperación, siempre que se haga de forma rigurosa, gradual y vinculada a las comunidades locales.
El Mediterráneo es una región especialmente vulnerable desde el punto de vista climático, lo que supone un riesgo añadido para su patrimonio cultural.
¿Cuáles son los patrimonios de la humanidad del Mediterráneo que están más amenazados?
En Siria destacan sitios como Palmira, Alepo, Bosra o las antiguas aldeas del norte, conocidas como las «ciudades muertas».
En Líbano, se encuentran en una situación delicada lugares como Baalbek, el Valle Santo de Uadi Qadisha y el Bosque de los Cedros de Dios. En Libia, las ruinas de la antigua ciudad griega de Cirene se han visto gravemente afectadas no solo por el conflicto, sino también por las inundaciones que devastaron el este del país en septiembre de 2023.
En Gaza, el Monasterio de San Hilarión (Tell Umm Amer), inscrito en la Lista del Patrimonio Mundial en Peligro, se encuentra seriamente amenazado por la guerra.
Además, los sitios que no están directamente afectados por conflictos armados lo están cada vez más por el cambio climático. El Mediterráneo es una región especialmente vulnerable desde el punto de vista climático, lo que supone un riesgo añadido para su patrimonio cultural.
Por último, ¿qué papel juega el patrimonio cultural como herramienta para la construcción de paz en contextos de conflicto?
El patrimonio cultural desempeña un papel fundamental, y es precisamente una de las líneas que queremos profundizar desde el CSIC a través del proyecto europeo que he mencionado.
El patrimonio contribuye a recuperar la autoestima de las comunidades y a generar actividad económica, y cuando hay economía, hay mayores posibilidades de paz. En nuestros proyectos intentamos siempre identificar cómo el patrimonio puede convertirse en una herramienta para la convivencia, el orgullo, la integración y la reconciliación.
Trabajamos también con personas refugiadas y con museos para facilitar procesos de integración en las sociedades de acogida. Nuestro objetivo es estudiar y demostrar de qué manera el patrimonio puede utilizarse de forma eficaz para la construcción de la paz y la reconciliación.
Por Gemma Belén
Técnico de áreas, Casa Mediterráneo