Javier Rioyo, director del documental “Tánger, esa vieja dama”: «Lo que hay debajo de la ciudad, en su pasado, es lo que me cautivó»

El encanto de una época irrepetible, la que vivió la ciudad de Tánger a mediados del siglo pasado, convertida en refugio de escritores, artistas, bohemios y toda clase de personajes en busca de diversión, buena vida y libertad, queda recogido en el documental ‘Tánger, esa vieja dama’. Dirigido por Javier Rioyo y José Luis López Linares, el audiovisual se proyectará el próximo 10 de enero a las 19:00 horas en Casa Mediterráneo.

Testigo de las últimas guerras europeas del siglo XX, Tánger se abrió a todo tipo de culturas, razas, costumbres y religiones, que convivieron en un clima de absoluta tolerancia. Por ella pasaron la generación beat, aristócratas ingleses, princesas italianas y escritores como Truman Capote, Tennessee Williams y Paul Bowles, como antes lo habían hecho los pintores Delacroix o Fortuny, atraídos por su exotismo. En este documental se entremezclan recuerdos y sueños de una generación única, a través de testimonios de quienes la conocieron de primera mano, que se acompañan de vídeos e imágenes de archivo que dan una idea muy vívida del esplendor de aquellos tiempos.

Con el fin de conocer un poco más lo que supuso Tánger, entrevistamos a uno de sus directores, Javier Rioyo, que participará en el encuentro organizado en Casa Mediterráneo. Periodista, guionista y realizador de cine, Rioyo ha sido director de los institutos Cervantes de Nueva York, de Lisboa y, hasta hace escasos días, de Tánger. En 1997 dirigió con José Luis López-Linares el documental Asaltar los cielos, por el que recibió uno de los Premios Ondas de 1997 y uno de los Premis Turia. Con López Linares también dirigiría los documentales Lorca, así que pasen cien años (1998), A propósito de Buñuel (2000) y Extranjeros de sí mismos (2000), que fue nominada al Goya a la mejor película documental. En 2012 dirigió Un cineasta en La Codorniz, que optó al Goya al mejor cortometraje documental.

Antes de convertirse en director del Instituto Cervantes de Tánger, ¿tenía vínculos que le unieran a esa ciudad? 

El vínculo me lo creé yo, con mis visitas. He sido el director del Instituto Cervantes de Tánger hasta el pasado fin de año, durante cuatro años y medio, pero el documental lo hice hace más de 20 años. Antes ya había conocido Tánger, por la mitificación que tenía como ciudad internacional. Había sido una ciudad singular, muy literaria, muy seductora. Había pasado por ella mucha gente, pintores… Tenía esa capacidad de seducción que te daba la impresión de conocerla antes de que la conocieras. Y luego, era también la ciudad del paso al camino marroquí, “bajarse al moro” que decíamos en mi época. El poder de seducción del mundo exótico, del hachís también. Tánger era el primer escaparate, la ciudad que recibía. Desde que era jovencito había bajado unas cuantas veces. Y, en realidad, la historia que me sedujo más fue la que me contaban los tangerinos, del mundo que habían vivido, porque la ciudad es muy bonita y también pequeña, pero lo que hay debajo de ella, en su pasado, es lo que me cautivó.

En esa época de esplendor, el ambiente libre y cosmopolita atrajo a algunos de los referentes literarios de la generación beat. ¿Estos escritores se mezclaban con la población local o vivían sus andanzas al margen de ella?

Eduardo Haro Tecglen, que fue director del diario España, uno de nuestros grandes periodistas -y también Ramón Buenaventura, un escritor tangerino estupendo- dice que eran mundos que habían sido contados por gente que adquirió una dimensión importante, Bowles y otros. En realidad, era una pandilla de “modernos” que iban a vivir su vida, a hacerlo intramuros y sin impregnarse de la ciudad. Allí había mucha facilidad para el ligue gay. No se puede entender Tánger sin esa condición y era parte de la seducción que encontraban muchos de esos escritores. Iban allí porque era barato y fácil, porque había un clima liberal en el que no se cuestionaba nada, nadie se metía con ellos… Pero es verdad que la ciudad tenía una vida que estaba al margen de eso.

La ciudad tenía un recorrido y una impregnación de culturas y de países diferentes. Hablando del nuestro, de los 100.000 habitantes que tenía Tánger, 40.000 eran españoles, casi la mitad de la población. Había tantos españoles como población autóctona. Luego había 10.000 franceses, 5.000 italianos y otras tantas nacionalidades, pero lo español marcó mucho la vida y el ritmo de Tánger desde el principio del siglo XX hasta los años 70.

Fotograma del documental

Una muestra de esa españolidad fue el Teatro Cervantes, muy importante en su época, que acogió a los artistas más célebres del momento.

Vinieron todos. El Cervantes se levantó por el empeño privado de una familia que hizo dinero allí y quiso tener un teatro español, a donde vinieran grupos de música, de folclore, de teatro… Se construyó un teatro modernista precioso, el más grande que había entonces en África, al igual que lo fue el hospital español. Por allí pasaron desde Caruso, Lola Flores y Antonio Molina hasta Juanito Valderrama, grupos de teatro, de folclore… la programación era espectacular. También había una plaza de toros, donde torearon algunos de los toreros más famosos, el Cordobés entre otros, a finales de los 50 o principios de los 60. Había una feria de abril como la de Sevilla, procesiones… un mundo mezclado. También resultaba muy interesante la presencia de la población judía, que no era muy numerosa pero sí  importante, porque tenía algunos de los mejores negocios, era una comunidad muy asentada. Algunos procedían de familias expulsadas de España que se habían quedado por el Estrecho, muchos en Tánger, algunos en Larache y otras poblaciones.

En ese ambiente de respeto y convivencia entre diferentes religiones y culturas, ¿había matrimonios mixtos?

Pocos. Normalmente los cristianos se casaban entre ellos, al igual que los judíos y los musulmanes. Sí que hubo algunos, pero eran la excepción, casi una rareza, debido a que uno de los dos tenía que renunciar a su religión. Una amiga mía que ha muerto hace poco, con cien años, un personaje maravilloso, Julia Schumacher, a quien llamaban una de las chicas de oro en Tánger, me contó que cuando un chico de 17 o 18 años le pidió relaciones y su padre se enteró de que era judío, se opuso. Entonces, él se convirtió inmediatamente al catolicismo. No obstante, entonces muchos se casaban por lo civil.

Fotograma del documental

En el documental se cita a Ángel Vázquez, autor una novela de culto: La vida perra de Juanita Narboni. Pese a ser ganador del Premio Planeta por Se enciende y apaga la luz, murió sumido en la pobreza en una pensión de Madrid. ¿Qué destacaría de este escritor fascinante? ¿En España goza del reconocimiento que merecería?

No. Como dices, es un personaje absolutamente fascinante, no por la fascinación del éxito, sino por todo lo contrario. Sus tres principales novelas son tres joyas, pero la culminación de las dos anteriores, Fiesta para una mujer sola y Se enciende y apaga la luz, es La vida perra de Juanita Narboni, un monólogo que nos puede recordar a Molly Bloom de Joyce y donde está recogido el habla de la ciudad, del pueblo, de las culturas, la decadencia del propio Tánger, la historia de una mujer que no ha tenido suerte en la vida… y tiene esa voz maravillosa, una capacidad para reproducir ese lenguaje yaquetía que utilizaban las comunidades judías sobre todo para que no se les entendiera, una mezcla de idiomas, una especie de slang.

Ángel Vázquez era, efectivamente, un hombre, como se dice en el documental, muy bebedor. Llevaba siempre una cartera como si fuera un oficinista serio y lo que contenía era una botella de whisky. Su madre había emigrado de la pobreza andaluza y se había convertido en una sombrerera famosa en el mundo francés elegante que gastaba mucho dinero en moda. Él en la sombrerería escuchaba todas las charlas de las mujeres y lo reprodujo maravillosamente. Además, era un gran lector y fue un gran olvidado. Ganó el Planeta, le admiraron mucho Carmen Laforet, por ejemplo, y muchos escritores, pero por aquel entonces ese premio no era una operación comercial tan importante, no vendió mucho. Tenía muchas deudas y lo que ganó se lo quitaron inmediatamente. Juanita Narboni se sigue reeditando, se ha publicado en francés, y se ha hecho una adaptación de teatro por parte de Manuel Gutiérrez Aragón con una actriz tangerina, que vamos a mover por distintos lugares. Y a pesar de todo eso, Ángel Vázquez murió, no solo, porque estaba rodeado de amigos de Madrid que le atendían, pero llevando una vida de solitario en una pensión de Atocha, sin un duro. Tuvo que poner dinero Lara, de Planeta, para el entierro. Lo más importante es que se le siga leyendo. Hace poco se publicaron en la prestigiosa editorial Pretextos sus relatos cortos que estaban dispersos y también son una joya. Pero simplemente haber escrito Juanita Narboni le coloca en un lugar importante de la literatura.

Otro personaje que aparece citado en el documental es Pepe Carleton, quien cuando acaba el esplendor de Tánger se traslada, como otros españoles, a Marbella. ¿Quién era?

Pepe Carleton era de esas familias muy tangerinas. Era primo de Julia Schumacher. Familias mezcladas de procedencias distintas. Los Carleton habían estado, unos en la Guerra Civil americana, otros venían de Londres, y eran refugiados en la Menorca inglesa. Cuando se les expulsa de Menorca se reparten por el Estrecho, en Tánger, en Gibraltar… Y cuando Tánger deja de ser esa ciudad internacional y abierta y empieza la marroquinización, esta gente que era muy libre se da cuenta de que había que crear un lugar en España parecido, de modo que ayudan a la creación de Marbella, junto a Hohenlohe y otros. Se hizo muy amigo de Audrey Hepburn, de Ana de Pombo, de Edgar Neville… los personajes más célebres de Marbella. Contribuyó a la modernización de esa zona de Málaga.

Lo que me movió a hacer el documental fue la constante narración que evocaba un pasado de mucha gente tangerina.

En una entrevista que te hicieron afirmaste que “esta ciudad impregna de una melancolía y de un poso de nostalgia a mucha gente”. ¿Nostalgia de un pasado que ya no volverá?

Sí, eso es. Lo que me movió a hacer el documental fue la constante narración que evocaba un pasado de mucha gente tangerina que conocía. Luego, también quise ayudar a Emilio Sanz de Soto, al que involucré en el documental y aportó sus ideas. Me di cuenta de que había una ciudad que era parte de la evocación, y eso siempre produce melancolía porque luego la realidad, cuando ibas, no era igual. El otro día nos ocurrió, y es lógico, con la viuda de José Luis Sampedro, quien pasó diez años felices en Tánger, escolarizado en los años 20. Recuperar esos espacios era prácticamente imposible. El colegio en el que estudió ahora está en decadencia, acoge a niños de otro tipo, la casa donde vivió está deteriorada, los cines y los teatros que había son un mundo que ha desaparecido. Hay algunos signos y se reconocen, porque se están recuperando algunos de aquellos espacios. Han recuperado un cine español, el Alcázar; se está rescatando el Teatro Cervantes… Ojalá hubiera una política, eso sería importantísimo, encaminada a recuperar la memoria de lo español tan singular que hubo en Tánger y alrededores, en Tetuán, en Larache… Lo que fue el protectorado. Yo conozco a mucha gente que ha nacido allí, que va por la tercera generación y son absolutamente españoles. No han perdido nada de las costumbres, de los vínculos, como los judíos que mantenían su historia allá donde fueran. Igual los españoles en Marruecos.

Quiero hacer un proyecto para recuperar las huellas españolas, con su singularidad. En Tánger se dieron, de alguna manera, los enfrentamientos de la Guerra Civil, pero en realidad no pasó nada. Aunque lo ocupó Franco durante cuatro años no pudo restar libertades. La Segunda Guerra Mundial decide que los ganadores son los no fascistas y se tienen que ir, pero incluso en ese momento duro, la vida de un español de Tánger es imposible vivirla en otro lugar. Había muchos periódicos en muchos idiomas, películas, modos de comer, de vivir y de relacionarse varias culturas… Era una ciudad atípica y además con tanta españolidad…, pero no hay un circuito. La gente que va de paso o de vacaciones a Tánger no sabe qué ver. Y hay que poner en valor nuestras historias.

Como director del Instituto Cervantes de Tánger, ¿qué interés has detectado entre la población por aprender español y por conocer mejor la cultura española?

Son dos cosas. Por aprender español hay mucho interés, porque es una especie de pasaporte para acceder a un trabajo mejor, dar el salto a España, a Europa, y eso ejerce una atracción indudable sobre ellos. Por la cercanía, sobre todo, casi se puede ver la costa española. Además, la televisión que se ve mayoritariamente, el fútbol y otros contenidos, es la española. También debido a la cultura de sus antepasados, mezclada con la vida española. Hay muchas clases con gente que quiere aprender español para mejorarlo, por razones de turismo y por recordar una lengua que allí fue importante. En la actualidad, el francés está decayendo, el inglés está en cabeza -es la lengua que más se estudia como en el resto del mundo- y después se encuentra el español, sin duda.

En el aspecto cultural hay que poner en marcha actuaciones que se puedan entender bien porque los jóvenes que no pertenecen a la clase pudiente y no han salido, han vivido un mundo muy marroquinizado. No hay teatros, no hay representaciones teatrales, ha habido unos pocos conciertos -nosotros hemos organizado varios y felizmente por ahí, por la música que es universal, la cultura va entrando muy bien-. Luego están los pequeños grupos de intereses que asisten a un recital de poesía, a una charla, a un debate histórico, a una película -el cine también es un buen vehículo de enganche- y, de hecho, el alcalde de Tánger que el otro día me entregó la Medalla de la Ciudad me propuso hacer un proyecto para uno de los cines recuperados, con una programación continuada de cine español.