El Orden Mundial: «En un entorno saturado de titulares y mensajes breves, el mapa obliga a detenerse, a observar y a analizar»

Este jueves 13, Casa Mediterráneo acoge la presentación de Las Fuerzas que Mueven el Mundo, el nuevo atlas de El Orden Mundial (EOM), de la mano de Eduardo Saldaña (Madrid, 1994), experto en Relaciones Internacionales y codirector del medio, y Celia Hernando (Madrid, 2000), especialista en Geopolítica y Estudios Estratégicos y una de las autoras del atlas. La cita será a las 19:00 horas en Casa Mediterráneo, tras una sesión matinal en la Facultad de Derecho de la Universidad de Alicante, y se podrá seguir de forma online.

Portada del atlas «Las Fuerzas que Mueven el Mundo».

Publicado el pasado octubre, esta obra cartográfica explica de una forma muy visual los acontecimientos que han transformado el planeta en las últimas décadas: desde la caída del Muro de Berlín hasta el auge de China, pasando por la crisis financiera de 2008 o la guerra comercial de Trump. A través de más de 200 páginas, Las Fuerzas que Mueven el Mundo combina mapas y gráficos con una interpretación geopolítica precisa para ayudar a comprender los hitos que están definiendo el siglo XXI.

El Orden Mundial es un medio independiente de análisis internacional de referencia en español con una audiencia repartida entre España y América Latina. Su podcast, No es el fin del mundo, se ha consolidado además como uno de los más escuchados del país, ofreciendo cada semana un análisis exhaustivo sobre la actualidad mundial.

En esta entrevista para Casa Mediterráneo, Saldaña y Hernando reflexionan sobre los retos de representar el planeta en mapas, los focos de tensión que marcarán 2026, el papel de España como potencia media y la relevancia estratégica del Mediterráneo como puente entre continentes. Porque, como afirman en el epílogo del libro, «el mundo que conocíamos ha terminado»… y nuevas fuerzas están redefiniendo el futuro.

Las Fuerzas que Mueven el Mundo se publicó en octubre y acabáis de empezar la gira de presentación que os llevará por toda España. ¿Cómo está siendo la recepción del público desde su lanzamiento?

La recepción ha sido buenísima. Hicimos llenazo en la presentación en Fundación Telefónica en Madrid, que fue la primera presentación oficial con público. También hemos estado en Barcelona y Valencia e igual. La gente recalca tanto el formato, con los mapas, como la información clara y divulgativa.

En este gran atlas ofrecéis una mirada visual y analítica de los grandes cambios globales del siglo XXI. ¿Cuál ha sido el mayor reto a la hora de condensar tanta información en mapas e infografías?

Lo más difícil ha sido la selección de temas. Cerrar el índice nos costó mucho tiempo, porque conlleva elegir temas, pero también dejar otros fuera. Son 200 páginas en las que contamos cómo está cambiando el mundo, desde la caída del Muro de Berlín hasta el ascenso de China, de la crisis de 2008 a la Guerra Comercial de Trump.

El reto ha sido establecer un hilo que una todos esos temas para que el lector pueda comprender la conexión entre ellos y cómo han modelado el mundo de hoy.

Si tuviéramos que quedarnos con una región clave de cara a 2026, el Sahel sería, sin duda, el gran foco a seguir, azotado por el terrorismo y la inestabilidad política, con Malí como epicentro.

Si hoy intentáramos marcar en un mapa las coordenadas del presente, probablemente nos volveríamos locos con tantos focos abiertos. ¿Dónde deberíamos dirigir la mirada?

A principios de año, en EOM hicimos un mapa con los principales focos a observar este 2025. Además de lo evidente, Oriente Próximo, con el conflicto en Gaza, la guerra en Sudán o el frente prácticamente congelado en Ucrania, apuntábamos a África con el Sahel y la región de los Grandes Lagos, con el conflicto entre RDC y Ruanda o a algunos focos de Asia, como el riesgo de un conflicto en Taiwán o la inestabilidad en Pakistán.

Casi a las puertas de 2026, diría sin duda que también hay que tener muy presente la situación de militarización del Caribe y la tensión con Venezuela.

Si tuviéramos que quedarnos con una región clave de cara a 2026, el Sahel sería, sin duda, el gran foco a seguir, azotado por el terrorismo y la inestabilidad política, con Malí como epicentro.

En el libro planteáis si es posible cartografiar el mundo de manera objetiva. ¿Habéis encontrado respuesta a esa pregunta?

Un mapa es, al fin y al cabo, una representación plana de un globo que es tridimensional. Partiendo de ahí, todos los mapas «mienten» un poco. No son una copia fiel de la realidad, sino una manera de verla. Cada mapa responde a una elección: qué mostrar, qué omitir y desde qué punto de vista.

Las proyecciones, por ejemplo, se utilizan según los intereses o el propósito del mapa. La proyección de Mercator —la más conocida y la que usa Google Maps— nació porque era muy útil para la navegación: «igualaba» las distancias y facilitaba trazar rutas, pero distorsionaba el tamaño de los continentes. Hoy existe un debate sobre esa proyección porque muestra a África mucho más pequeña en comparación con Europa o Norteamérica, y eso tiene también una carga simbólica.

En el libro quisimos incluir esa parte de divulgación cartográfica, para explicar que detrás de cada mapa hay decisiones técnicas y también culturales. Por eso utilizamos distintas proyecciones según el tema: no es lo mismo hablar del Ártico —donde conviene «mirar el mundo desde arriba» para ver que Rusia y Estados Unidos están mucho más cerca de lo que parece— que representar dinámicas demográficas o económicas.

La idea es acostumbrar al lector a que las proyecciones son convenciones, y que el mundo puede representarse de muchas formas, ninguna completamente objetiva, pero todas con algo que decir.

En un mundo dominado por la velocidad y la información instantánea, ¿detenerse a mirar un mapa es un gesto de otro tiempo?

Sí y no. Por un lado, mirar un mapa es un gesto que el ser humano lleva haciendo cientos de años, casi una forma de pensar el mundo. Pero al mismo tiempo sigue siendo más necesario que nunca. Un mapa permite, en un solo vistazo, aclarar dinámicas complejas o visualizar fenómenos que serían difíciles de entender solo con palabras.

En un entorno saturado de titulares y mensajes breves, el mapa obliga a detenerse, a observar y a analizar. Hay mapas que pueden mirarse durante horas, porque condensan muchísima información y requieren interpretación.

Quizás en un mundo en el que cada vez menos gente se para a leer, los mapas sean una manera de atraer la atención, pero también de ofrecer otra forma de mirar la realidad. En EOM lo sabemos bien: la sección de mapas es una de las más seguidas y se ha convertido en un sello de identidad.

España tiene la capacidad de actuar como nodo entre continentes, y su desafío es traducir esa posición privilegiada en influencia política y estratégica real.

España aparece en el atlas como una «potencia media con retos propios». ¿Cuál es el principal desafío que afronta nuestro país? ¿Y su mayor fortaleza?

El principal desafío de España es asumir plenamente su papel como potencia media y definir una agenda exterior coherente y sostenida en el tiempo, que no dependa de los vaivenes políticos internos. Es decir, consolidar una verdadera política exterior de Estado, como la que tienen otras potencias europeas, que refuerce su credibilidad y continuidad internacional.

En el plano geopolítico, el reto pasa por mantener un papel activo dentro de la Unión Europea, al tiempo que se refuerza su posición como puente entre Europa, el Mediterráneo, América Latina y el norte de África. Esa vocación de conexión puede ser una ventaja estratégica, pero también implica gestionar desafíos complejos como la presión migratoria, la inestabilidad en el Sahel o las tensiones con Marruecos.

Su mayor fortaleza es precisamente su ubicación geográfica, que le otorga un papel clave en la seguridad, la energía y las rutas comerciales del sur de Europa. España tiene la capacidad de actuar como nodo entre continentes, y su desafío es traducir esa posición privilegiada en influencia política y estratégica real.

No debería considerarse una frontera frente a África, sino un puente que facilite la integración entre el mercado europeo y el creciente mercado africano.

El Mediterráneo ha sido históricamente un cruce de civilizaciones y de conflictos. ¿Qué papel juega hoy la región en la geopolítica global? ¿Qué retos afronta?

El Mediterráneo se ha consolidado como un espacio clave que conecta los dos grandes polos económicos del mundo: China y Estados Unidos. Europa debe aprender a redefinir su papel en esta región y reconocer el enorme potencial económico que encierra. No debería considerarse una frontera frente a África, sino un puente que facilite la integración entre el mercado europeo y el creciente mercado africano. Al mismo tiempo, el Mediterráneo se ha convertido en un nodo estratégico por el que transitan las mercancías de las principales potencias productivas del planeta.

El mundo que emerge estará definido por la regionalización y por el fin del libre mercado global tal y como lo entendíamos.

En el atlas dedicáis un mapa a la expansión y producción del aceite de oliva, ¿es el «oro líquido» el producto más valioso y representativo del Mediterráneo?

Sin duda, el aceite de oliva es uno de los grandes nexos de unión de las culturas que comparten el Mediterráneo. Es un producto con una enorme carga simbólica, pero también económica: sirve para mirar la región desde otra perspectiva, vinculando su potencial agrícola con dinámicas actuales como el cambio climático, la explotación del territorio o los cambios en los patrones de consumo.

En el atlas quisimos precisamente eso: utilizar recursos concretos —como el aceite o el café— para explicar procesos globales más amplios. A través de ellos se pueden entender cuestiones como la adaptación climática, los conflictos por el agua o el papel de las cadenas de distribución mundial.

A veces damos por sentados productos tan cotidianos como los alimentos, pero son una pieza clave del comercio internacional y están profundamente conectados con los grandes acontecimientos geopolíticos.

Por último, el epílogo del libro afirma que «el mundo que conocíamos ha terminado». ¿Cuál es el mundo que viene? ¿Qué fuerzas lo moverán?

El orden internacional que conocíamos ha entrado en una fase de declive. El mundo que emerge estará definido por la regionalización y por el fin del libre mercado global tal y como lo entendíamos. Durante las últimas décadas hemos vivido una anomalía histórica: un sistema dominado por una sola potencia capaz de fijar las normas y marcar el ritmo del orden mundial.

Esa etapa toca a su fin. Nuevos actores reclaman su espacio y compiten por cuotas de influencia, configurando un escenario más fragmentado y plural, mucho más parecido a los equilibrios de poder que han caracterizado la historia.

Este nuevo contexto estará impulsado por dos fuerzas íntimamente relacionadas: el desarrollo tecnológico y el energético, pilares inseparables del poder industrial que definirá las jerarquías globales del futuro.


Por Gemma Belén
Técnico de áreas, Casa Mediterráneo