Perderse para encontrarse. Esa podría ser una de las claves que atraviesan Sendas Perdidas, el más reciente libro del escritor y antropólogo Ramón J. Soria Breña, quien reivindica el arte de caminar despacio, desde la calma y el disfrute del paisaje que nos rodea. En estos tiempos de prisas y turismo exprés, Soria Breña nos propone detenernos, desviarnos del camino y dejarnos sorprender.
El próximo miércoles 12 de noviembre, a las 19:00 horas, Casa Mediterráneo acogerá un encuentro con el autor en el Ágora, que también podrá seguirse en directo a través de su canal de YouTube. Una cita para redescubrir el viaje como experiencia interior y para conocer la historia de esos caminos que no aparecen en los mapas.
Ramón J. Soria Breña (Jarandilla de la Vera, 1965) es consultor en investigación de mercados y estudios políticos, especializado en los cambios de los hábitos alimentarios europeos, las políticas agroalimentarias y la realidad social de la España vacía. Fue galardonado con el Premio de Investigación de la Universidad Complutense de Madrid en el área de Ciencias Jurídico-Sociales por su estudio «Opulencia y Salud. La automedicación en España». Apasionado defensor del medio ambiente, es un profundo conocedor de los ríos españoles, su historia cultural y biodiversidad, así como de los problemas derivados de su degradación. Además, es autor de novelas, libros de relatos y recetarios. Colabora habitualmente con medios como CTXT, Cadena SER y Canal+.
Antes del evento, hemos conversado con Soria Breña sobre la experiencia interior que significa viajar, la importancia de proteger los territorios olvidados y de no dejar nuestra huella humana.
¿Qué te llevó a escribir Sendas Perdidas? ¿Fue por una necesidad de perderse o para invitar a otros a hacerlo?
También proteger, de alguna forma, lugares poco conocidos. Al principio los mantenía en secreto, ahora no. Es una duda que tenía antes, muchas veces, cuando descubría un paraje, un lugar de un río salvaje, una senda perdida. Eran pequeños paraísos y solía guardarlos para mí o para unos pocos amigos. Luego descubrí que era importante darlos a conocer, incluso hacerlos populares, sobre todo cuando comencé a ver que muchos de esas lugares desconocidos, perdidos, olvidados, preciosos… con mucha frecuencia eran destruidos por alguien: una mina, una urbanización, la contaminación, un incendio… Y, como eran desconocidos, no pasaba nada, porque a nadie importaba. Su anonimato permitía que pudiera ser destruido.
Eso me está pasando ahora con el valle y el río Cabrera, un espacio maravilloso, un río salvaje, de una belleza sobrecogedora, que, sin embargo, puede ser destruido porque apenas es conocido y valorado. No me importa, por lo tanto, dar a conocer mis paraísos. Parto de la base de que la gente es respetuosa y cuidadosa. Obviamente, no todo el mundo es así, pero sí la mayoría, así que en ellos y ellas confío.
En el libro hablas de «sendas poco transitadas, casi invisibles». ¿Cómo las has encontrado?
Las sendas de este libro son de las personas que las inventaron y recorrieron. La mayoría las he podido conocer y disfrutar por ellos y por ellas. Cuando las recorro, o las he recorrido, les tengo muy presentes. Pero la historia de las rutas de fuga que organizó Francisco Ponzán son palabras mayores. Primero, porque el Pirineo es uno de los lugares más peligrosos y duros para caminar en invierno; en segundo lugar, porque sirvieron para salvar muchas vidas de personas que, si no es por Ponzán, hubieran sido asesinadas; y, en tercer lugar, por su propia vida: Paco Ponzán es un héroe condecorado por Inglaterra, Francia y los Estados Unidos. Sí, alguna de las rutas debería llevar su nombre y ser recordado con orgullo.
«Un libro de viajes no puede ser una guía de viajes; un libro de viajes debe ser, por encima de todo, un libro de narrativa».
¿Es Sendas Perdidas una guía de viajes o un viaje «interior»?
Es una forma de cuento, de narración. Viajar es contar. En los viajes, ya desde los más antiguos de los que tenemos noticia – Marco Polo, por ejemplo, o también Alvar Núñez -, lo que tenemos es eso: el cuento del viaje, su relato. Y tan importante es lo que se cuenta como el cómo se cuenta.
Soy un apasionado de los grandes viajeros modernos que además eran grandes narradores, como Patrick L. Fermor, Bruce Chatwin, Javier Reverte… Un libro de viajes no puede ser una guía de viajes; un libro de viajes debe ser, por encima de todo, un libro de narrativa: una voz que nos cuenta lo que ve, por dentro y por fuera, quien está allí, lejos o cerca. Muchas veces no importa tanto el exotismo, lo sorprendente o la belleza del lugar al que se va, como la forma en la que nos lo han contado.
¿Hay alguna senda secreta que te hayas guardado?
Muchas, pero no porque no quisiera escribir de ellas y darlas a conocer, sino porque ya me había pasado del número de páginas pactado con la editora. Me he guardado los viajes «imperfectos».
Los buenos viajes, aunque los planifiques, nunca son perfectos (para eso están las agencias de viajes, que te venden esa perfección y que nada falle). Siempre hay contratiempos: caminos que no llevan a ningún sitio, rutas que sobre el mapa parecían ser de una forma y luego son de otra. Recuerdo una ruta en bicicleta por el antiguo Imperio austrohúngaro en la que nos perdimos; hubo huracanes, lluvias torrenciales, se nos voló la tienda de campaña con toda la documentación y el dinero; caminos que eran pedregales, puentes colgantes sin salida… y nunca nos reímos tanto y nos lo pasamos tan bien. Si no eres capaz de reírte, sobre todo de ti mismo, mejor no viajes.
Es precisamente perdiéndonos por estas sendas donde mejor se ve la huella que dejaron los romanos en nuestro país, ¿verdad?
España está lleno de restos, indicios, vestigios del Imperio. Es un placer descubrirlos, sobre todo cuando son muy poco conocidos. Y, especialmente, las sendas o los caminos secundario que muchas veces están ya debajo de nuestras carreteras… aunque a veces no.
«En mis paseos sigo un principio fundamental… intentar ser invisible durante la ruta, hacer poco ruido y no dejar ningún rastro de nuestro paso por allí».
Caminos de huida y de libertad, sendas cerderistas, de contrabando, viajes en busca de cerezas, especies, viñas y oro, caminos volcánicos, playas extinguidas, aventuras urbanas, ruta de arrieros, ¿con cuál te quedas?
Con las que nos permiten ser invisibles. Las que podemos hacer caminando. No podemos ser otra cosa que caminantes responsables.
La destrucción de muchos lugares del planeta es un hecho imparable. En nuestro país hay determinados espacios protegidos, pero muchas veces ni estos se cuidan con el mimo y el rigor que se debería. Por ejemplo, Doñana y los pozos ilegales que roban el agua imprescindible para que la marisma siga siendo marisma.
En mis paseos sigo un principio fundamental, y gracias a él puedo contemplar cosas «que no creeríais». Puede parecer fácil, pero no lo es tanto: intentar ser invisible durante la ruta, hacer poco ruido y no dejar ningún rastro de nuestro paso por allí. Que no se noten ni nuestras pisadas.
Caminar relaja, como bien dices en tu libro. Este acto de calma o meditación es una sabiduría antigua que hemos redescubierto bajo el nombre de mindfulness…
Más o menos. Pero, sobre todo, hacerlo en soledad, solo. Los anglosajones tienen una larga tradición de viajar solos, escriben diarios, se conocen a sí mismos. Los mediterráneos somos algo más gregarios y nos gusta viajar con los amigos, las amigas, yo los llamaría «los afines», sobre todo los gusta ir con quienes sabemos que vamos a disfrutar no sólo de su compañía sino de su complicidad.
Viajo con una persona, a veces con cuatro, a veces con más, pero siempre son «afines»: los conozco bien y me conocen bien; nunca hay con ellos ningún problema, tirantez o conflicto.
Además, ahora no queremos perdernos nada. Deseamos visitar todo lo que hay en la guía, hacernos la foto… Jean Piaget decía que «todo lo que se le enseña a un niño se le impide inventarlo». Por eso, en realidad, lo ideal es ir sin guía o que cada uno se haga su guía. Tú mismo inventas, intuyes, deduces, descubres, aprendes y trazas el camino que deseas de verdad, el más íntimo, el más deseado. Solo así encuentras tesoros, tiempo, maravillas, lugares que se te quedarán en la memoria para siempre, sin buscar, a veces sin necesidad de hacer la foto.
Por último, ¿crees que hemos perdido el encanto de lanzarnos a una ruta sin saber qué nos espera, ahora que todo lo planificamos con apps, mapas y recomendaciones en redes?
Es verdad. Me gusta mucho descubrir pequeños caminos o lugares en soledad. Entonces ese viaje tiene mucho de exploración, de juego infantil, de guiño a Julio Verne, Emilio Salgari, de esa sensación que teníamos cuando éramos pequeños.
Consulto mapas, a veces mapas antiguos, me equivoco mucho, no llego a los sitios o los sitios ya no son como imaginaba o están perdidos en la maleza o ya han sido destruidos… Pero a veces están. Acierto. Llego.
Soy, sin embargo, un verdadero desastre para algo que tiene importancia en eso de viajar: hago pocas y pésimas fotos. Nunca llevo vídeo y con mucha frecuencia es apropósito. Porque, como en la célebre escena del leopardo de las nieves de la película «Walter Mitty», tienes que elegir entre estar, vivir el momento o verlo a través de una cámara. Yo casi siempre elijo vivir el momento, sobre todo cuando es extraordinario.
Luego los amigos me echan la bronca porque no hay imágenes de lo que les cuento que he presenciado, pero…
Por Gemma Belén
Técnico de áreas, Casa Mediterráneo


