Gani Mirzo: «La música puede ser un elemento muy fuerte contra el terror y la ignorancia»

Gani Mirzo Band es un grupo musical de raíces kurdas, cuyas melodías orientales se fusionan con el flamenco y el jazz a través de instrumentos como el laúd, el buzuk y la guitarra española. El músico Gani Mirzo es el autor de las composiciones que su banda ofrecerá el viernes 30 de abril a las 19 h. en Casa Mediterráneo en un concierto que podrá seguirse en streaming a través de la página web de la institución diplomática.

Con el objeto de conocer su música, concebida como un puente de entendimiento entre culturas, mantuvimos una entrevista con Gani Mirzo, una persona muy comprometida con su pueblo. Mirzo nació en un barrio de Qamishlo, en Rojava (Kurdistán sirio). Creció con el sonido de la música popular y tuvo su primer instrumento a los 15 años, regalo de su hermano. Su pasión por la música lo llevó a estudiar en el conservatorio de Alepo y más tarde en Barcelona.

De 1994 a 2000, Mirzo llevó a cabo una investigación sobre el flamenco en el Conservatorio del Liceo de la mano del profesor Manuel Granados. En 1995, creó la Gani Mirzo Band, reconocida por investigar la fusión de la música kurda y oriental con el flamenco y el jazz. La carrera musical de Mirzo se ha desarrollado como solista y como integrante de la banda Gani Mirzo Trio. Ha actuado en España, Francia, Bélgica, Alemania, Holanda, México, Marruecos, Argelia y Kurdistán.

En el año 2000 editó su primer disco en directo, ‘Roni’, y en 2002, el segundo ‘Totîco’ con el Taller de Músics. En 2014 lanzó ‘Kampo Domiz’, cuyas ventas fueron destinadas a colaborar con los campos de refugiados. Ha puesto banda sonora a las películas documentales ‘Activistas en Iraq’ de Alberto Artzea y ‘Vendetta Song’ de Elam Caftán, así como a la obra teatral ‘Las Mil y una Noches’ de Els Comediants, cuya composición fue finalista a los Premios Max de Teatro en 2006.

Desde 2014 Gani Mirzo colabora con campos de refugiados del Kurdistán en Siria e Iraq. En 2018 creó un centro musical en Shingal, en el Kurdistán iraquí, dirigido a niños y adultos víctimas de la guerra y el integrismo islámico. En colaboración con Músicos sin Fronteras, desde 2018 lidera una campaña de recogida de instrumentos para llevarlos a centros musicales del Kurdistán sirio, donde durante años la cultura kurda estuvo prohibida.

Este proyecto fue retratado en el documental ‘Armonías para después de la guerra’, del director argentino Pablo Tosco, que ha pasado por más de 50 festivales de cine. El audiovisual refleja las dificultades de los músicos en época de guerra y el papel que pueden desempeñar la música y el arte. En 2020 nació la Mirzo Music Foundation, con el objetivo de formalizar las actividades iniciadas en 2014 y emprender nuevos proyectos.

A lo largo de su carrera musical se ha dedicado a investigar el flamenco y de hecho con su banda fusiona diferentes géneros musicales: música kurda y oriental con flamenco y jazz. ¿Qué tienen en común estas músicas?

Tienen mucho en común porque todo vuelve al origen. Si echamos la vista a la Mesopotamia antigua, la raíz musical sale de ahí, sobre todo la música ibérica y andaluza. El jazz es un arte que parte de ritmos africanos que los esclavos llevaron a América. Aquí surge el flamenco, de una mezcla entre la música gitana y la andalusí. Lo más importante de esas tres culturas es la improvisación, la creación en el momento. Un amplio repertorio del jazz depende de la improvisación. Igualmente el flamenco es un género creativo que tiene una gran parte de improvisación, ya sea instrumental o de canto, en algún momento. Lo mismo ocurre en gran parte del proceso de creación de la música oriental. La improvisación es una manera de creación a tiempo real y estas culturas la tienen en común.

[su_youtube url=»https://youtu.be/BAQHcjxSFRs » title=»Gani Mirzo – Regreso a Kobane (Vegeriyam Kobanê)»]

Perteneciendo a la comunidad kurda, cuya música y cultura estaban prohibidas en Rojava y Siria, consiguió estudiar música en Alepo y después en Barcelona. ¿Cómo fueron sus inicios musicales?

Antes de ir a Alepo estudié algunos cursos de música en Qamishlo, la capital de Rojava (Kurdistán sirio), que actualmente es la ciudad más grande de la comarca. Ahí la vida cultural era muy avanzada, pero la cultura, la lengua y la música de la amplia mayoría kurda estaba reprimida a manos del régimen. Cuando fui a Alepo ya tenía una base de conocimiento musical y allí acabé mis estudios generales en el conservatorio. Al volver a mi ciudad quería representar la marca de la música kurda, pero me encontré con un muro al estar todo prohibido. Me sentí como en una cárcel, como el pueblo kurdo y sirio en general. Nosotros, los kurdos, teníamos una doble represión, la discriminación de nuestra cultura y como pueblo sirio. Además, tenía mucho interés en ampliar mis estudios musicales y por eso vine a España a estudiar flamenco.

¿La prohibición de la lengua y la música kurdas en Siria fue un intento de cortar la transmisión cultural de su pueblo?

Exactamente. En Rojava, el Kurdistán sirio, el 80% de la población era kurda, pero a finales de los años 60 y los 70 se puso en marcha un plan para arabizar la zona mediante asentamientos. Durante muchos años, se ha intentado acabar con el pueblo kurdo, pero no lo han conseguido. Actualmente en Siria seguimos hablando nuestro idioma y nuestra herencia cultural musical se ha conservado gracias a la transmisión oral de padres a hijos.

Usted tiene un fuerte compromiso social con el pueblo kurdo. ¿En qué consiste su colaboración en los campamentos de refugiados kurdos en Iraq y Siria?

Mi compromiso comenzó en el año 2013 cuando se desató la avalancha de los refugiados. Mi primera visita fue a un campo de refugiados en Iraq, de kurdos y sirios, llamado Kampo Domiz, que en esos momentos alojaba a más de 50.000 personas. Esa visita me impactó muchísimo. Me encontré a muchos amigos, parte de mi familia y mucha gente que lo había dejado todo atrás y vivía en tiendas de campaña en una situación inhumana, soportando un calor tremendo. Al volver a Barcelona me comprometí a grabar un CD, al que llamamos ‘Kampo Domiz’ cuyas ventas van destinadas a ayudar a aquellas personas, sobre todo niñas, mujeres y personas mayores. 

Durante mis viajes vi que había muchas escuelas de música que estaban destruidas y a muchos niños les interesaba estudiar. Era la primera vez que los kurdos podían aprender su idioma, tocar sus instrumentos y cantar, desarrollando su vida cultural. Puse en marcha una campaña de recogida de instrumentos en el País Vasco con el mensaje de que el arte representa la belleza y la paz frente al terror y la guerra. Recogimos más de 350 instrumentos y los enviamos a Siria, Rojava, Kovane y otras ciudades. Seguimos recogiendo instrumentos en Valencia, Barcelona y País Vasco para mandarlos sobre todo a los campos de refugiados. 

El ISIS arrasó Sinjar (Iraq) [en agosto de 2014] y secuestró a más de 5.000 mujeres utilizándolas como esclavas sexuales, torturando a muchas de ellas. Cuando viajas a aquellos campos de refugiados no puedes soportar la situación inhumana que ha vivido esa gente, sobre todo las chicas, que psicológicamente están destruidas, hundidas. Mi compromiso fue crear una fundación y montar una escuela de música en Sinjar [la Escuela de Música de Khanasore] donde ves el miedo en los ojos de los niños, los padres y las chicas. A través del arte, la música y la pintura, intentamos darles un poco de paz y la idea de que pueden normalizar su vida. Allí pueden tocar instrumentos, cantar, bailar, saltar, disfrutar en definitiva y olvidar todo lo que les ha pasado. Actualmente tenemos proyectos en muchos campos, pero con el Covid nuestro trabajo se ha ralentizado.

Usted participa como intérprete y autor de la música del documental del director argentino Pablo Tosco ‘Armonías para después de la guerra’, donde en medio de las ruinas del Kurdistán sirio arrasado por años de guerra, músicos, poetas, profesores y decenas de chicos vuelven a tocar instrumentos. ¿Qué importancia tiene la música para los jóvenes de aquel lugar?

Esta gente lo único que tiene es el arte y la música. Sale un niño ciego, Mustafá, que dice que sin música no hay vida. La primera vez que fui solo allí le pregunté cuál era la mayor ilusión en su vida y me dijo que su sueño era tener un violín. Me contó que antes de la guerra, hace unos 15 años, su hermano le trajo un violín de Alepo, que tocaba y le encantaba. Pero cuando el ISIS entró en su ciudad tuvieron que marcharse y se refugiaron en Turquía. A la vuelta fue a buscar su instrumento pero estaba hecho cenizas, como todo lo demás. Le prometí que pronto tendría un violín. Contacté con un amigo que vivía en el País Vasco que tenía un violín francés antiguo y se lo mandamos. Fue una joya para él.

Pero no sólo ayudamos a los kurdos, también a los armenios. En el documental también aparece un joven armenio que es un personaje muy fuerte. Un músico católico perseguido por el ISIS, que amenazó con decapitarlo. Huyó a otra ciudad y allí creó una escuela de música. Su centro estaba casi vacío, así que llevamos 20 instrumentos. Para mí, estas personas son héroes que resisten con el arte ante el terror, lo que tiene un gran valor. 

Para rodar el documental hemos arriesgado nuestras vidas. Grabamos en un lugar en guerra, donde podía estallar una bomba en cualquier momento. Fuimos a Kobane y a Raqa, que fue la capital del califato del autodenominado Estado Islámico, donde todo estaba destruido. Te das cuenta de que con la música a esta gente la ayudas psicológicamente, pero también a recuperar su país, a levantar su tierra sin necesidad de abandonarla. El arte puede ser un elemento muy fuerte contra el terror. 

Tengo un amigo que vive en Idlib, una cuna del terrorismo, y enseña a su hijo a tocar el laúd. Es una zona muy peligrosa. Defendemos que los niños aprendan música para que no salga una generación terrorista, dura, salvaje. Pero cuesta mucho con la guerra, las bombas, el terror, el miedo, la pobreza… No obstante, me impacta la respuesta de la gente cuando recibe un instrumento: cómo la música puede ser un factor tan importante en un momento tan difícil. La música te hace resistir contra el terrorismo y la ignorancia.

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¿Qué repertorio va a interpretar la Gani Mirzo Band en Casa Mediterráneo?

Vamos a interpretar algunos de los temas que más me gustan de nuestra discografía, las canciones en las que más representado me siento. También hay una presencia importante de la guitarra flamenca. Todas las piezas están compuestas por mí. Y esta música es una mezcla de Oriente y España, un puente entre esas culturas. Intentamos dialogar y acercarnos a través de la música. Intentamos que nos represente, que muestre lo que somos.

¿En el concierto va a haber CD a la venta?

Sí y me gustaría que la gente pudiera colaborar. Todas las ventas del CD ‘Kampo Domiz’ van destinadas a familias refugiadas.