Jordi Amat, autor de ‘El hijo del chófer’: «El mejor periodismo es aquél que ilumina la sombra con la luz de los datos»

En El hijo del chófer (Tusquets) el filólogo, crítico literario y ensayista Jordi Amat se adentra en la Cataluña de Jordi Pujol tomando como hilo conductor la trayectoria vital y profesional del controvertido periodista Alfons Quintà (1943-2016). Un laborioso trabajo de investigación que le permite sacar a la luz el complejo entramado de poder, dinero y tráfico de influencias que marcó toda una época. Jordi Amat hablará de su obra el próximo martes 26 de enero a las 19:00 h. en un encuentro virtual que se celebrará en la web de Casa Mediterráneo dentro del ciclo ‘Escritores y el Mediterráneo’, moderado por Marina Vicente.

Crecido a la sombra del influyente escritor Josep Pla y su círculo de intelectuales, Alfons Quintà llegó a ser un prestigioso periodista en el período de la Transición. Su inteligencia, su abultada agenda de contactos y sus conocimientos de las cloacas del poder político y financiero, unidos a la falta de escrúpulos y la práctica habitual del acoso y el chantaje, lo auparon a importantes cargos en diversos medios de comunicación. Fue el primer delegado del diario El País en Cataluña, desde cuyas páginas destapó el caso Banca Catalana, el primer director de la televisión autonómica catalana TV3 y director del diario El Observador, un medio afín al gobierno convergente. Pero su carácter iracundo, su personalidad psicótica y su obsesivo afán de venganza le terminaron pasando factura, tanto en lo profesional, donde acabó arremetiendo contra los recortes en sanidad y la deriva del Procés sin apenas ser leído, como en lo personal. En diciembre de 2016 asesinó a su expareja y a continuación se suicidó. Un libro duro e inquietante, al tiempo que imprescindible para entrever lo que el propio autor denomina «la dimensión oscura de la realidad».

Especializado en las relaciones entre cultura y política a lo largo del siglo XX, Jordi Amat ha publicado, entre otras, las biografías de Luis Cernuda Fuerza de soledad, de Ramon Trias Fargas Els laberints de la llibertat (Premio Gaziel de Biografías y Memorias) y de Josep Benet Com una pàtria (Premio Octavi Pellissa), y los ensayos Las voces del diálogo, El llarg procés y La primavera de Múnich (Premio Comillas). Además, es colaborador de La Vanguardia. De forma previa al encuentro en Casa Mediterráneo, mantuvimos una entrevista con el escritor.

‘El hijo del chófer’ además de trazar una inquietante biografía del polémico periodista Alfons Quintà, constituye una demoledora radiografía de la Cataluña posfranquista hasta entrado el siglo XXI. ¿Qué le impulsó a escribir esta historia? 

El impulso fue triple. El primero un fragmento de las memorias de Juan Luis Cebrián en el que recordaba una anécdota de su etapa como director de El País: una reunión con financieros y políticos catalanes, con un exministro de UCD que luego lo sería socialista y que hacía de mediador, y la propiedad del periódico para parar una información. Después, el final trágico de Quintà: primero asesina a su pareja y luego se suicida. Y finalmente la carta de chantaje a Josep Pla que redactó a los 16 años. Esos hilos activaron la investigación para comprender la cara oscura del 78. La catalana y, por tanto, la española también. 

Su obra alude en varias ocasiones a la dimensión oscura de la realidad. ¿Sacarla a la luz puede servir para despertar la conciencia crítica de la ciudadanía ante los intentos de manipulación del poder?

Estoy convencido de ello y entiendo que ésa es la función democrática del periodismo. Los poderes crean, consolidan y mantienen espacios de impunidad y en esos espacios, en muchas ocasiones, para proteger intereses se naturaliza la opacidad. Contra esa opacidad, si puede, debe actuar la investigación y por eso el mejor periodismo es aquél que ilumina la sombra con la luz de los datos.  

El artículo publicado por Alfons Quintà en El País el 29 de abril de 1980 arremetiendo contra Banca Catalana, el grupo bancario de Jordi Pujol cuando éste ya era presidente de la Generalitat, supuso un punto de inflexión en la trayectoria periodística de Quintà. Su ascenso meteórico como director de TV3 propiciado por el propio Pujol aunque aparentemente parecía un éxito, en realidad se convirtió en el error más grave de su vida. ¿Venderse al poder al final acaba cobrándose un precio?

No tengo claro que se vendiera. En cualquier caso no se vendió a conciencia, pero probablemente la decisión de pasar de ser el periodista que combatía a Pujol a ser el director de TV3 era un salto mortal que solo podía acabar mal si decidía salir del espacio de confort de los medios oficiales. Y no salió, sino que lo despidieron -con una señora indemnización, eso sí- y, como tenía un megalómano concepto de sí mismo, lo vivió como una herida que, año tras año, fue alimentando una cierta paranoia.  

¿Cómo es posible que las motivaciones personales pudieran marcar el curso de sus reportajes periodísticos sin que los responsables de los medios para los que trabajaba lo frenasen? 

Porque en ocasiones las motivaciones personales, incluso las más perversas, pueden coincidir con las intenciones editoriales o económicas de los responsables de los medios. En realidad durante 40 años de trayectoria nunca escribió o informó contradiciendo la línea editorial de su propio medio, sino que su análisis fue encajando en los distintos periódicos en los que colaboró. ¿Un cínico? No. Un tipo complejo, con inteligencia y que causaba pavor. Ésa es su constante. 

El ánimo de venganza hacia quienes considera que le han humillado se convierte en el motor de su vida, aunque acaba volviéndose contra él en todos los proyectos periodísticos en los que participa. ¿Cómo explica que pese a su carácter problemático, actuando de forma tiránica con los empleados, despilfarrando dinero y tratando de manera denigrante a las mujeres lo siguieran llamando para desempeñar cargos de responsabilidad en importantes medios de comunicación? 

De entrada porque acumuló prestigio profesional. Primero en la radio, a mediados de los setenta, y en especial durante sus años como delegado de El País en Barcelona. Estamos hablando del período 76/82, del tramo central de la Transición y de un periodista que no solo tiene una agenda de contactos privilegiada, sino que destapa casos polémicos. El de Banca Catalana, por supuesto, pero denuncia también casos de corrupción relacionados con la obra de Dalí o usa su tribuna (y lo consigue) para romper el espinazo al PSUC. Luego crea una televisión de cero que se convierte en líder de inmediato. Es decir, gana prestigio profesional. Y lo arriesga, y lo va perdiendo, con un comportamiento impropio, desquiciado que le es tolerado porque tiene ese prestigio. Pero desde 1990 ese prestigio ya es menor que su fama de desequilibrado. 

[su_quote]He dedicado bastantes de mis años como filólogo al estudio del género de la biografía, entendiéndola como un ejercicio de conocimiento de lo complejo que es interiormente el ser humano.[/su_quote]

En el libro relata diversos episodios personales y profesionales protagonizados por Quintà que revelan una personalidad psicótica. Y encuentra el germen en la relación con su padre, que le persigue a lo largo de toda su vida. ¿Cómo se documentó para recrear la vida de Alfons Quintà y adentrarse en su psique?

Ésta es la sexta biografía que escribo. La primera, en 2002, fue del poeta Luis Cernuda, cuyo carácter ya era bastante complejo. Y he dedicado bastantes de mis años como filólogo al estudio del género de la biografía, entendiéndola como un ejercicio de conocimiento de lo complejo que es interiormente el ser humano. Se trata de pensar la información -cartas, artículos, dietarios, en este caso sobre todo fuentes orales- para extraer conocimiento biográfico y ordenarlo a través de la narración para intentar descubrir así un carácter en el tiempo. Y el de Quintà, como me comentó un psicólogo, era el de un psicópata. 

Aunque Alfons Quintà siempre arrastró el dolor de un padre ausente, gracias a él pudo codearse con figuras importantes de las esferas del poder en Cataluña del círculo de Josep Pla. La falta de escrúpulos fue una constante en su vida, de hecho ya desde muy joven Quintà envió una carta a Pla con la intención de chantajearle. ¿Consiguió su propósito a la vista de que el escritor siguió ayudándole en diversos momentos de su carrera periodística?

No lo sé. Sé que Pla recibió la carta, sé que la conservó y sé que Pla mantuvo la relación durante años posteriores con el padre Quintà y con el hijo Alfons. No solo la amistad sino que, de alguna manera, le ayudó gracias a las influencias que tenía. Con gente del poder de Madrid, de las finanzas de Barcelona y en especial con periodistas. Sin Pla, sin su sombra, Quintà dudo que hubiese tenido relevancia alguna. 

Quintà fue considerado un periodista de prestigio durante la Transición, ¿su valía se debía a su talento o a su acceso privilegiado a las fuentes de información?

Tu pregunta nos obligaría a responder a otra: ¿qué es un buen periodista de información? Quintà no pretendió ser un periodista literario. No era un buen escritor. Quintà era alguien que tenía buena información y una idea considerable sobre política internacional. Y esos dos saberes estaban en la base de su prestigio. Pero más importante que el prestigio era otra cosa: la clave del lugar que ocupó durante unos años era la amoralidad con la que ejercía el oficio y que le dio información para presentarse como un periodista de investigación capaz de enfrentarse al poder. Al fin esa amoralidad lo devoró para transformarlo en un mueble apolillado de la información, una sombra olvidable, un derrotado.