José Esquinas: «La biodiversidad agrícola es esencial para acabar con el hambre en el mundo»

La importancia de la biodiversidad agrícola para la alimentación humana y el estado en el que actualmente se encuentra en el Mediterráneo centrarán la próxima sesión del ciclo ‘Medio Ambiente y el Mediterráneo’, un tema sobre el que reflexionará una autoridad en la materia, José Esquinas, ingeniero agrónomo, humanista, doctor en Genética, y Máster en Horticultura por la Universidad de California. El encuentro, en formato virtual, moderado por Beatriz Beeckmans, podrá seguirse el viernes 14 de mayo a las 19:00 h. a través de la web de Casa Mediterráneo y sus redes sociales.

La carrera de José Esquinas ha estado dedicada a la investigación y a la concienciación sobre alimentación sostenible. Durante 30 años trabajó para la Organización de la ONU para la Agricultura y la Alimentación (FAO), lo que le permitió recorrer más de 120 países y profundizar en las razones menos conocidas del injusto sistema imperante de distribución de los alimentos que provoca decenas de miles de muertes al día, pese a la sobreexplotación de los recursos del planeta. En base a sus conocimientos, Esquinas denuncia los desmanes de la agroindustria, las incoherencias y la inmoralidad de un sistema económico destinado al enriquecimiento de unos pocos y la insostenibilidad de un Medio Ambiente más frágil que nunca. José Esquinas ha sido Presidente del Comité de la FAO sobre ética, un puesto que le permitió profundizar en temas como la biodiversidad agrícola, la justicia distributiva, la contaminación del Medio Ambiente y la volatilidad del precio de los alimentos.

Para este ingeniero agrónomo, la importancia de la biodiversidad radica en que «nos permite elegir lo que necesitemos. Sólo podremos escoger allá donde haya diversidad, sea biológica, cultural o de otro tipo. Por eso, la biodiversidad es esencial para que haya libertad, democracia y la posibilidad de escoger lo que precisemos y más en los tiempos que vivimos, tan fluidos, tan líquidos, con cambios climáticos”. Pero para entender su dimensión, primero es preciso definirla: «La biodiversidad es el conjunto de seres vivos, de genes y de sistemas biológicos del planeta. Si habláramos de biodiversidad en general, ésta es el producto de un proceso de 3.000 millones de años de vida sobre la tierra. La tierra tiene unos 5.000 millones de años y la vida sobre ella aparece hace unos 3.000 millones de años. A lo largo de todo ese extensísimo proceso ha habido una diversificación biológica que ha permitido llegar hasta nuestros días con muchísimos ecosistemas, especies, variedades y genes”, explica. 

En concreto, la biodiversidad agrícola, la relativa a productos como el trigo, la patata, el arroz o el maíz, «es la que nos permite comer. Por eso para el ser humano es absolutamente esencial». Esquinas aclara que este tipo de biodiversidad es muchísimo más joven -sólo tiene 10.000 años de vida-, y surge con el desarrollo de la agricultura sobre la tierra. “Aquí ya no hablamos de millones de especies como las que se dan en la biodiversidad en general, sino que nos reducimos a un número mucho más limitado de unos cuantos miles. Y hay una particularidad: la biodiversidad silvestre es una selección natural a lo largo de millones de años. En este caso, no. La biodiversidad agrícola está hecha por y para el ser humano, es una injerencia en la naturaleza para nuestra especie, lo cual puede ser muy positivo, pero si se hace con responsabilidad”. 

A la pregunta de por qué es tan importante la biodiversidad agrícola, sobre todo en el momento presente, Esquinas responde rotundo: «Porque es esencial para acabar con el hambre en el mundo, cumplir con los Objetivos de Desarrollo Sostenible y afrontar los cambios climáticos con las condiciones medioambientales impredecibles que están ocurriendo. El que podamos tener nuestros cultivos depende de la diversidad que hayamos almacenado, que se ha ido acumulando a lo largo de milenios y que hoy es el reservorio fundamental para hacer frente a las enfermedades que les afectan”.

Pérdida de biodiversidad

El experto advierte de las nefastas consecuencias de la pérdida de biodiversidad. “Si no mantenemos la diversidad que queda -hemos perdido mucha en el siglo XX-, e incluso si no la incrementamos en la medida de lo posible, no habrá siglo XXI, porque además los cambios están ocurriendo de forma muy rápida”. Echando una mirada retrospectiva a la biodiversidad agrícola que el ser humano ha utilizado para la alimentación, informes de la FAO la cuantifican en entre 8.000 y 10.000 especies distintas. Sin embargo, hoy en día, «cultivamos comercialmente no más de 150 y sólo cuatro -trigo, arroz, maíz y patata- contribuyen en más de un 60% a la alimentación calórica humana”. «Eso es una barbaridad”, afirma. Esquinas recuerda que «había cientos de miles de variedades en todo el mundo, pero a partir de cierto momento, como consecuencia de la aparición de nuevas variedades uniformes y estables que aguantaban mejor el uso de pesticidas, insecticidas y agroquímicos se fueron sustituyendo las tradicionales por este pequeño grupo, más productivo en general, aunque no siempre, pero mucho más vulnerable».

Así, «a lo largo del siglo XX hemos perdido más del 90% de la diversidad biológica que existía a principios de siglo para los 20 o 25 cultivos más importantes del mundo». Esquinas señala que la ley exige que para poder cultivar, intercambiar y vender las variedades, éstas tienen que ser uniformes y estables, «con lo cual si una planta es susceptible a una enfermedad, al frío, al calor o a la humedad muere y con ella mueren todas porque son idénticas dentro de esa variedad comercial». Esta situación, a su parecer, «es muy grave en época de cambios climáticos, porque no nos da la resiliencia necesaria para adaptarnos a cada momento. Es triste y grave que sea por ley. De esta forma se está castrando a las semillas de la característica más importante para poder seguir adaptándose a las condiciones medioambientales impredecibles y a las necesidades humanas cambiantes». Como consecuencia -afirma- «nuestra agricultura hoy es mucho más vulnerable, ya no se puede esperar que la variedad del agricultor se adapte a los cambios, sino que éste tiene que comprar nuevas variedades a las casas de semillas, con la consiguiente pérdida de autonomía e independencia, pasando a ser completamente dependiente de la semilla y del paquete de agroquímicos que le van a vender con ella». Por todo ello, “necesitamos diversidad de ecosistemas agrícolas. En el siglo XX hemos perdido mucho, pero en el XXI con los cambios climáticos llamando a la puerta, la capacidad de adaptación es absolutamente necesaria”, insiste. 

En cuanto al Mediterráneo, Esquinas señala que esta región es centro y origen de biodiversidad de cultivos muy importantes, como el trigo, la cebada, el centeno, la avena, la vid, el olivo… «Nosotros, que somos ricos en estos cultivos, podemos ofrecer esta diversidad a otros países. Sin embargo, somos tremendamente dependientes de los demás en la diversidad, por ejemplo, de la patata y del maíz de la región andina o del arroz de Asia. Cada vez que tenemos algún problema con estos cultivos debemos ir a esos lugares a encontrar la resistencia o el contenido en vitaminas, en proteínas o lo que busquemos». De ahí nace la idea de que somos dependientes y al mismo tiempo donantes. Y esta dependencia crece muchísimo más en tiempos de cambios climáticos, sostiene. De hecho, un estudio realizado por el Panel de Expertos Alto Nivel de Cambios Climáticos advierte de que dentro de unas décadas en el Mediterráneo quizás no se pueda cultivar ni vid ni olivo, si las predicciones siguen al ritmo actual. Y, si embargo, nosotros necesitaríamos nuevos cultivos, injustamente marginados, muchos de ellos de origen tropical o subtropical, afirma.

Cooperación internacional

Según el experto, la pérdida de diversidad biológica agrícola para los cultivos más importantes a nivel mundial es aproximadamente de un 85 o 90% y de un 83% de media en el Mediterráneo. Hay países que dependen mucho de otros. El que más alta dependencia tiene es Malta, con un 95%, y el menor Turquía, con un 32%. Y el acceso a la biodiversidad de otro país es un problema político, asevera. «Es por eso que la cooperación internacional en esta materia no es una opción, sino una absoluta necesidad imperiosa si queremos seguir manteniendo muestra propia agricultura. No es entonces sorprendente que Naciones Unidas tome cartas en el asunto».

Esquinas pone como ejemplo a Estados Unidos, que tuvo un problema con el maíz y acudió a la FAO, donde éste se abordó desde un punto de vista técnico. «En esta organización se decide qué se tiene que colectar antes de que se pierda esa biodiversidad, un tesoro necesario para las generaciones venideras, y en determinadas zonas del mundo se ponen en marcha programas”, aclara. Pero a partir de un determinado momento se evidenció que el problema no era sólo técnico, sino que también había una necesidad económica. Entonces, Naciones Unidas buscó mecanismos para financiar los programas. Así se llegó hasta el año 1979, en el que la nueva dimensión del problema ya no era técnica ni económica, sino política. En la Conferencia Internacional de la FAO de noviembre de 1979 una serie de países plantearon una pregunta clave. Se estaba colectando donde existía diversidad, en las zonas tropicales y subtropicales, llegando hasta el Mediterráneo, para conservarla en bancos de germoplasma que iban a permitir seguir utilizándola. Esoss bancos de germoplasma se encontraban los países más ricos. De este modo, se estaba cogiendo diversidad en los países más humildes y se estaba llevando a los bancos de germoplasma de los países más ricos. La pregunta que se planteó a la FAO fue: ¿Jurídicamente, a quién pertenece esa diversidad? ¿Al país donde se colectó, al que la conserva o es patrimonio de la humanidad? Esquinas relata que los estudios legales de la FAO determinaron que esa biodiversidad, a menos que se dijera lo contrario, pertenecía al país en el que se conservaba, con lo cual se colocaba en una situación de desventaja a los países del sur. «La inmensa mayoría de la diversidad del mundo en la actualidad está en los países pobres en dinero y tecnología, pero ricos en recursos naturales y sobre todo en biodiversidad. Estos países reclamaron entonces tener una participación en el beneficio».

Ante esta situación, se decidió que era imprescindible establecer un sistema jurídico que garantizara el acceso a esos recursos y la distribución de beneficios. Primero se llegó a un acuerdo, no vinculante, el Compromiso Internacional de Recursos Fitogenéticos, en virtud del cual esas semillas eran patrimonio de la humanidad, de libre disponibilidad para todos. A este acuerdo se opusieron algunos países, principalmente de Norteamérica y Japón, señala. 

Más adelante, -prosigue- se negoció el Convenio de Diversidad Biológica Agrícola por el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), que en esta ocasión sí era vinculante, pero no se adaptaba a las necesidades de la agricultura, ya que, esencialmente, era una especie de paraguas jurídico para acuerdos bilaterales entre países. Por ello, era necesario un acuerdo multilateral, que empezó a desarrollar la FAO, basado en el compromiso no vinculante y en armonía con el convenio de biodiversidad: el Tratado Internacional sobre los Recursos Fitogenéticos.

Este tratado incluye un sistema multilateral de acceso y distribución de beneficios y contiene un artículo muy interesante, a juicio de Esquinas, el 9, sobre los derechos de los agricultores tradicionales, «a los que considera los custodios de la biodiversidad, aquéllos que la han desarrollado a lo largo de milenios, que la siguen conservando hoy y que la hacen disponible a los científicos y los mejoradores de plantas». Ahí se recoge la necesidad de proteger los conocimientos tradicionales, de hacer una distribución justa de los beneficios y de la participación en la toma de decisiones políticas. Este tratado internacional, a pesar de tardó más de 20 años en negociarse, finalmente se aprobó por consenso como un acuerdo obligatorio para todos los países cuyo parlamento lo ratifique. Hoy en día está ratificado por los parlamentos nacionales de 150 países, para los que es vinculante. «La FAO lo considera uno de los grandes éxitos de la organización en los últimos 60 años”, admite.

Sobre la base de este acuerdo, señala Esquinas, se está produciendo el intercambio de unas 8.000 muestras de semillas todos los días y se han conseguido varios centenares de millones de euros que permiten una distribución justa de beneficios, aprobar proyectos, programas y actividades en los países en desarrollo y principalmente para los agricultores de esas regiones. «Este sistema multilateral, hoy más importante que nunca, está siendo copiado en diversos acuerdos internacionales para otros recursos naturales que no son solamente los genéticos, y resulta esencial para la seguridad alimentaria en el mundo».

[su_quote]¿Qué está fallando en un sistema agroalimentario que es capaz de producir el 60% más de los alimentos que el ser humano necesita para alimentarse y sin embargo pasan hambre 700 millones de personas?[/su_quote]

¿Qué está fallando en nuestro sistema?

Para Esquinas, la agricultura es la transformación de los recursos naturales del planeta, limitados y perecederos, en alimentos, pero hay que tener cuidado en no destruir esos recursos sobre los que se basa el desarrollo. Si el sistema agrícola imperante lleva a la destrucción de esos recursos es insostenible y va a impedir alimentarse a las generaciones venideras. «¿Qué está fallando en un sistema agroalimentario que se ha extendido por todo el mundo, que es capaz de producir el 60% más de los alimentos que el ser humano necesita para alimentarse y sin embargo pasan hambre 700 millones de personas, muchas de las cuales mueren?”, se pregunta.

«¿Qué falla en un sistema agroalimentario en el que un tercio de la producción mundial, 1.300 millones de toneladas métricas de alimentos, terminan perdidas o desperdiciadas, en la mayor parte de los casos en la basura? ¿Qué falla en un sistema agroalimentario en el que otro tercio de la producción mundial va a incrementar la malnutrición al ofrecerse como alimento basura que lo que hace es aumentar la obesidad y el sobrepeso, causa de las enfermedades más graves de nuestra época?.»

Esquinas sostiene que en la actualidad en el mundo hay 1.600 millones de personas obesas y con sobrepeso. Hasta 2005 el número de las personas que pasaban hambre era superior que el de las obesas y con sobrepeso, y ese año se igualaron. Hoy en día hay más del doble de obesos y con sobrepeso que de personas hambrientas, y no porque estos últimos hayan disminuido, sino porque han aumentado los primeros. En concreto, en la región del Mediterráneo casi el 60% de la población tiene sobrepeso, un porcentaje que en el caso de los niños se sitúa en el 32%, constituyendo la causa esencial de enfermedades no transmisibles como la diabetes, las cardiovasculares o las oncológicas que también provocan muertes.

«¿Cuál es la razón de esta sinrazón, de que se produzca mucho más de lo que se necesita, y que sin embargo la gente siga pasando hambre y que nos sobrealimentemos con comida basura?”, cuestiona el especialista. Su respuesta es que «antes se producía para alimentar, ahora para vender». «Antes era un pecado tirar un trozo de pan, hoy tiramos de todo constantemente. El alimento ha pasado de ser sagrado a ser una pura mercancía. No se pueden mercantilizar los alimentos, no se puede premiar el mercantilismo frente a la alimentación”, se lamenta. Detrás de ello, según Esquinas, se encuentra un pequeño grupo de grandes multinacionales que controlan la producción, la distribución y la venta de alimentos. «Las tres grandes fusiones de multinacionales controlan hoy el 75% de la semilla comercial del mundo y el 63% de los grandes agroquímicos. Todo eso ha llevado a una pérdida fundamental: la soberanía alimentaria, la capacidad de cada país de producir sus propios alimentos, la no dependencia de otros… Sin soberanía alimentaria no hay soberanía política, estás hipotecado”, asegura. 

Una frase que a Esquinas le parece muy ilustrativa de esta situación la pronunció Henry Kissinger, que fue Secretario de Estado de Estados Unidos, una persona sumamente inteligente: “Quien controla el petróleo controla a los gobiernos, pero quien controla los alimentos controla a los pueblos”. Ante esta realidad, afirma que “no podemos depender de un pequeño grupo de grandes multinacionales para alimentar a nuestros pueblos, ni perder esa soberanía política que todos los países necesitan. No se está produciendo para alimentar, se está produciendo para vender, sin importar que el alimento acabe en la basura o termine procurando enfermedades. Ése no es el objetivo”, concluye. 

Imagen superior destacada: José Esquinas – © FAO: Alessia Pierdomenico