Mayte Carrasco, periodista y directora de documentales: “Cuando la población está en el límite se transforma y eso no se puede contar en una noticia”

Con más de 15 años de experiencia profesional en conflictos armados y sucesos que han sacudido el mundo, Mayte Carrasco, natural de Tarrasa (Barcelona), tiene claro que una breve noticia no tiene la capacidad de explicar las razones que abocan a la guerra, ni de hacer comprender el tremendo sufrimiento humano que ésta encierra. Su interés por mostrar aquello que ocurre (y de lo que deliberadamente se nos priva) en lugares lejanos, pero que nos afecta en un mundo tan interconectado, la ha llevado a dar un paso más allá de una breve conexión informativa y dedicarse con entrega al mundo de los documentales y la literatura, que ofrecen más espacio y tiempo para profundizar en la cara humana de las noticias. Mayte Carrasco nos hablará de su bagaje en el ámbito internacional, que tanto le ha enseñado y aportado del complejo mundo en el que vivimos, en un encuentro en Casa mediterráneo el próximo lunes 23 de octubre a las 19:00 horas, acompañada de la periodista Sonia Marco. El evento es de entrada libre hasta completar aforo, con emisión simultánea en el canal de YouTube de la institución.

Un rápido vistazo a la trayectoria de Mayte Carrasco nos brinda una idea de su dilatada experiencia en el ámbito internacional, que la ha convertido en especialista en conflictos bélicos y derechos humanos. Fue corresponsal en Francia y Rusia y desde 2008 ha cubierto multitud de conflictos armados y sociales, desde Georgia, Afganistán, Chechenia e Ingushetia (Cáucaso) hasta Túnez, Libia, Siria, Malí y Venezuela, entre otros, trabajando con medios nacionales e internacionales como iTELE-Canal Plus (Francia), El País, DPA (Alemana), Cie Welt (Alemania), Público, La Nación (Argentina), Cadena SER, Yo Dona, Telecinco News, Foreign Policy Spanish Edition y OpenDemocracy (Reino Unido).

Mayte Carrasco desempeña también una intensa labor como analista y docente en escuelas y universidades tan prestigiosas como Sciences Po (Francia), el Máster de la UNESCO de Filosofía para la Paz de Castellón (UJI) o cursos en La Casa Encendida (Obra Social Caja Madrid). Imparte numerosas conferencias como experta en Estudios de Seguridad Internacional (Máster de Terrorismo y Resolución de Conflictos de la Universidad de Reading, Reino Unido) y Estudios para la Paz (Máster de la UNESCO en la UJI) y colabora como periodista con el Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE). Además, se dedica a la realización de documentales y mini series para diversos medios nacionales e internacionales, que ponen el foco en historias humanas que suceden en lugares de los que apenas se habla, en Afganistán o Libia, tratadas con delicadeza, rigor y creatividad. En este campo es fundadora y CEO de The Big Story Films.

Su labor periodística ha sido galardonada con varios premios, entre ellos el de mejor corresponsal en el extranjero por el Club Internacional de Prensa (CIP) en 2011 o el Premio IRIS de la Academia de las Artes y las Ciencias de Televisión por su cobertura de la guerra de Siria en 2014. En la literatura también ha encontrado un reducto que le permite transmitir aquello que no cabe en las noticias: las vidas de personajes extraordinarios que existen en la vida real, aunque en sus páginas se vistan de ficción. Ha publicado tres libros, un ensayo y dos novelas, Espérame en el Paraíso (Plaza&Janés, 2014), La Kamikaze, en torno al mundo arabo-musulmán desde una perspectiva libre de prejuicios. En esta entrevista, la alejamos por unos minutos de la edición de su último documental para que nos hable de su experiencia profesional y de cómo ve la situación, en caída libre, de la información que se produce más allá de nuestras fronteras.

Como corresponsal has cubierto algunos de los principales conflictos armados de la última década, en unos tiempos en los que el periodismo internacional sufre recortes económicos, prescindiendo de corresponsales en sus redacciones y de espacio para este tipo de información. Pese a este panorama, defiendes la importancia de conocer lo que pasa más allá de nuestras fronteras, en un mundo interconectado y a la vez contaminado por un exceso de información, con frecuencia, procedente de fuentes poco fiables. ¿Cómo nos afecta lo que sucede en Afganistán, Siria, Libia o el Sahel?

Creo que el impacto que tienen las noticias de internacional es poco. Además, están desapareciendo de todas las parrillas de los informativos, justamente porque la gente no tiene interés. La audiencia baja cuando empiezan las noticias de internacional, y sí que es cierto que hay repuntes cuando comienza una guerra, como por ejemplo la de Ucrania, que está cerca. Todo lo que interesa al público siempre es lo más cercano, geográfica y emocionalmente.

Es terrible que la gente tenga un desinterés por lo que está ocurriendo en otras partes del planeta, por ese sufrimiento. Y, además, ahora con la guerra de Ucrania se da un doble fenómeno: aparte del desinterés por lo que está pasando en otras guerras, se nos dicen los conflictos y el sufrimiento que tenemos que consumir. Es decir, se omite que hay sufrimiento en todo el planeta. Se omite que hay guerras, por ejemplo, en África, que la gente está desconociendo en estos momentos y eso hace que la sociedad se encuentre completamente desinformada, en un momento en el que se supone que tendríamos que disponer de más información de lo que está pasando en el mundo.

Está aumentando la extrema derecha en Europa porque la población desconoce que, por ejemplo, la existencia de guerras en África desencadena tanta inmigración. La gente huye de su país, no porque quiera venir a tener una vida mejor, sanidad pública o apoyo social, sino porque intenta sobrevivir ante condiciones de vida imposibles, porque huye de la tumba. Esto la gente no lo comprende, pero no culpo a la población que está aquí. Culpo a los grandes poderes económicos y políticos que manejan los medios de comunicación, que son los que realizan este sesgo. Y me preocupa muchísimo que cada vez estén más controlados por los políticos. La política controla enormemente la agenda de los medios de comunicación a la hora de comunicar los conflictos, y eso es tremendo porque nos priva de conocer la realidad, de modo que no podemos opinar ni comprender.

Sabes de primera mano lo que significa ser free lance y la precariedad que, en muchos casos, conlleva ¿Qué es lo más complicado de serlo, sin tener un medio detrás que te respalde en países complejos en conflicto? 

Bueno, no es un trabajo precario de por sí, sino que en España se convierte en precario, como cualquier otro. En España la precariedad es un cáncer que afecta a muchísimas profesiones y gremios. Y el nuestro no es una excepción; el problema es que se nota especialmente en cuanto a la seguridad. Cuando hablamos de los obreros que mueren en Qatar es sencillamente porque no se ponen medios para evitarlo. Ocurre lo mismo con los reporteros de guerra. Si no tienes el dinero necesario o el medio no te paga lo suficiente, no puedes disponer de las medidas de seguridad precisas para sobrevivir. Cualquier medio que tiene corresponsales en el extranjero lo sabe, pero en España eso no ha importado, no se ha valorado, porque no hay una cultura del reporterismo de guerra como en Francia o en Inglaterra y se ha descuidado hasta el punto de que está desapareciendo.

Creo que quienes se hicieron free lance como yo, en realidad éramos empresarios. La palabra no me gusta. El término free lance viene de William I. Los free lancers eran los lanzas libres, mercenarios que se apuntaban a la guerra al mejor postor. En Estados Unidos se utilizaba para denominar a los fotógrafos que eran free lancers, hacían una fotografía de la mafia a principios del siglo XX y la vendían al mejor postor. En ese sentido, no me identifico con las palabras free lance. Prefiero denominarlo periodista independiente que trabajaba para varios medios. Y tampoco me gusta esa imagen paternalista de reporteros que cobran poco. Yo era empresaria, elegía cómo trabajar, dónde trabajar y me ganaba la vida bastante bien. Es decir, la precariedad es relativa, depende de lo que trabajes. Hay momentos de mucho dinero y otros de menores ganancias, pero no me gusta poner el foco sobre la precariedad del trabajo del reportero. No es ésa la razón por la que los reporteros de guerra estén desapareciendo o se encuentren en un momento de extinción. De unas declaraciones al respecto que hice en un momento dado han pasado diez años. Ahora que lo pienso y echo la vista atrás, prefiero decir que era una elección, una forma de trabajar sobre el terreno y ganarse la vida y que, efectivamente, se tendría que pagar mejor, como ocurre en muchísimos sectores.

[su_animate type=»bounceInLeft» delay=»0.5″][su_quote]La audiencia se ha vuelto una consumidora compulsiva de la inmediatez, lo que se ha convertido en un problema social y mundial.[/su_quote][/su_animate]

En el lado positivo, esa elección te da libertad a la hora de escoger los temas y la forma de contarlos, cuando consideras que tienes suficiente conocimiento del terreno. A algunos periodistas que son enviados a una zona de conflicto, nada más pisar la pista de aterrizaje, el medio ya les está pidiendo una crónica, una tarea poco compatible con el rigor.

Sí, aterrizar y querer contar lo que está pasando en un país tan complicado como, por ejemplo, Libia o Siria, con multitud de milicias, es muy utópico y, sin embargo, se pide. Hoy en día, el flujo de información ha cambiado muchísimo. Ahora, en Internet te sale toda la información, pero el problema de esa inmediatez es que lleva muchos errores y se pierde rigor. Se pide al periodista que haga algo inmediatamente al llegar a un país, pero no da tiempo. Comprendo que es la tendencia actual, arrastrada además por la competencia con otros medios de comunicación, donde la audiencia también se ha vuelto una consumidora compulsiva de la inmediatez. Esto se ha convertido en un problema social y mundial. La culpa también es de Internet y de la cultura del clic que demanda un “ya”.  El querer saber ya las cosas se ha trasladado a los medios de comunicación, que tienen que contártelo más rápido que el otro. Es una rueda que nos lleva a algo perverso, que es no contar a veces con la profundidad y con la tranquilidad que requiere estudiar, preguntar y saber exactamente lo que pasa, antes de ponerte a tratar de contarlo.

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Acabas de lanzar una miniserie documental sobre conflictos olvidados. El primer episodio se detiene en Afganistán, donde recoges testimonios de una forma cercana, como los de la veterana periodista Pilar Requena. ¿Qué valor añadido aportan los documentales a la hora de abordar un conflicto?

Me parece que el documental es un formato valiosísimo. Es casi lo único que hago, junto con los libros, desde hace bastantes años. Por culpa de esa inmediatez impuesta desde ese consumismo tan avaro, creo que las noticias de un minuto no logran llegar al público, trasladar lo que está pasando realmente. Entonces, para mí fue un consuelo poder hacer documentales o libros, un consuelo en el sentido de que ahí puedo profundizar, puedo llegar hasta el alma de las personas y trasladar al público cómo son.

En este documental, sobre todo, que dura 20 minutos, hay dos personajes: la reportera y la refugiada. A mí me vale escuchar a las personas de una forma larga, como en un podcast, un formato que a la gente le gusta mucho. Me da la posibilidad de entender, porque no corto una frase en medio. Entiendo el contexto de una información que me están dando y, en este caso, lo acompaño de dibujos. De nuevo, estos mundos olvidados no están cubiertos, los medios de comunicación no están ahí, no pueden entrar en Afganistán por un motivo obvio de censura, pero en otros casos como en Libia o Mali, de donde es el chico que sale en el siguiente capítulo, porque la gente no quiere ir, no le interesa a nadie.

Entonces, la posibilidad de hacer una miniserie donde se cuenten esos conflictos que la gente ha olvidado, pero donde siguen pasando o donde pueden suceder de nuevo cosas terribles, para mí es un lujo y una elección. Una elección de hacer proyectos que, a la vez, son creativos y nuevos, algo que me entusiasma. Y estos dibujos realizados con técnicas de inteligencia artificial abren un mundo a contar las cosas de otra manera. Es bueno estimular al público para que la información internacional llegue de otra forma que no sea tan aburrida como la imagen de YouTube que se envía, por ejemplo, en el momento del choque en las calles de Mogadiscio. Esta fórmula es mucho más atractiva. Hay que cuidar la forma en la que contamos los hechos y los documentales dan la oportunidad de contar de una forma bella. Ahora puedes ir al cine a ver un documental y es más agradable que verlo en un informativo. Se tiene que cuidar la calidad de la imagen, aunque sea de ámbito internacional, pero no se quieren gastar dinero en invertir en una imagen bonita, una mirada que entre por los ojos y que capte a la gente y le interese. Hemos visto con Netflix y con otras plataformas que la gente consume documentales. Han tenido que llegar las plataformas para darnos cuenta de eso y las televisiones, por fin, entiendan que sí interesa el documental.

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Entre tus coberturas internacionales se encuentra la guerra civil de Libia, un país dividido y sumido en una profunda crisis, del que apenas se habla en los medios. ¿Qué nos puedes avanzar del documental que estás terminando sobre este país?

Es un documental en el que aparece Paula Palacios, una cineasta que estuvo grabando una película producida por Isabel Coixet que se llama Cartas mojadas. Nos explica el recorrido del rodaje, el impacto que se llevó a la hora de obtener testimonios y seleccionar las imágenes y, en definitiva, su experiencia durante el viaje. Y la verdad es que me he quedado impactada, porque desconocía la realidad de los inmigrantes que pasan por Libia, que es un auténtico infierno. Conocía la zona del Sahel, un agujero negro compuesto por 12 países de África, que van de este a oeste, y es un foco de traficantes de todo tipo, de armas, de drogas y, sobre todo, de personas, lo más doloroso. Como cuenta Amadou, que es un refugiado maliense. Nos narra su experiencia a la hora de pasar por las manos de los desalmados traficantes, que le quitan su dinero constantemente y le obligan a encadenar trabajos para poder marcharse. Las personas en esta situación pueden llegar a estar así hasta dos años. Libia es un país fallido después del derrocamiento de Gadafi, ahora mismo en guerra civil, donde cada zona está controlada por una milicia o grupo militar. Los inmigrantes están sujetos a todo tipo de vejaciones, abusos, robos… y como es un limbo legal porque hay guerra, hacen con ellos lo que quieren. Francamente, las historias que cuentan son escalofriantes. Abusos sexuales continuados contra las mujeres, muertes por enfermedad, por incendios en hangares gigantes donde la gente está hacinada esperando, donde la policía libia les detiene, les hace videos torturándoles y se los envían a las familias para que paguen más dinero para el rescate.

Es tremendo el sufrimiento por el que pasan esos seres humanos, que son hombres, mujeres y niños también. Un sufrimiento que estamos consintiendo desde la Unión Europea, que además hace como que no lo ve. ¡Es de una hipocresía tan grande mirar hacia otro lado y ver embarcarse a la gente en esos barcos, sabiendo que Libia es el lugar en el que les pasa de todo! Y no se habla de ello. Este trabajo me ha parecido muy valioso y estoy aprendiendo mucho. Es lo que también me gusta de esta profesión, hacer siempre cosas que me aporten un poco más y hacérselo llegar a la gente, para que cuando alguien vea a esa persona de color por la calle, caminando con un carrito empujando cacharros, sepa de dónde viene y piense en todo por lo que ha pasado para venir hasta aquí.

Otra vía que has escogido para dar a conocer este tipo de historias es la narrativa. ¿Qué supone para ti este medio a la hora de mostrar esas realidades?

La novela me encanta. Escribo desde pequeña, es mi pasión. No siempre es fácil porque te tienes que concentrar mucho y estar muy aislado. Pese a las dificultades, escribir es maravilloso; ojalá la gente leyera más. La escritura de los libros, en primer lugar, me ha divertido y después me ha permitido, a través de personajes de ficción, hacer llegar al público a gente que he conocido y que rompe muchísimos estereotipos y prejuicios. Conoces a personas de las no podrías ni imaginar que fueran así. Por ejemplo, conocí a un terrorista de Al-Qaeda, un yihadista que era un tipo joven, de 26 años, Cum Laude en su universidad, donde estudió Derecho. El tipo había dejado la universidad y había contratado a mil personas en una brigada, había comprado armas y se había puesto a luchar para ayudar en la guerra de Siria. Y este chaval leía Cien años de soledad, su libro favorito. Se conoce a gente variopinta y te das cuenta de que tenemos unas ideas equivocadas. Te imaginas a un terrorista de una manera y te lo encuentras de otra. Los yihadistas son personas que viajan, por razones políticas luchan y es tremendo porque, no es que comprendas, pero puedes explicarle al público cómo han llegado hasta ahí, cómo han llegado al mal, cómo les captan en Al Qaeda.

También he tenido la oportunidad de conocer a otro tipo de personajes, como el doctor Jacques Bérès, el fundador de Médicos sin Fronteras, que cruzaba fronteras con 70 años para enseñar a operar a enfermeras, a dentistas, a personas normales que no habían hecho eso en la vida, en un hospital de campaña en una ciudad donde caían bombas. Personajes extraordinarios que hay en esas guerras te dan ganas de descubrir a la gente. Cuando la población está en el límite se transforma y eso no se puede contar en una noticia. A mí me interesaba mucho esa parte filosófica y psicológica de cómo la gente, cuando está en el límite, se transforma y cómo actúa. Mi pregunta base siempre es cómo puede llegar una persona a matar. Y te das cuenta de que hay muchas respuestas. Me impactan mucho la violencia y las guerras. Después de más de diez guerras y conflictos bélicos que he cubierto es una pregunta que me traumatiza todavía.

Volviendo al fenómeno del yihadismo, por tus análisis sobre ello has llegado a recibir amenazas de muerte en las redes sociales. ¿Te han condicionado estas amenazas?

Desde luego. Creo que yo y todas las mujeres en las redes estamos hartas de ver este tipo de bullying digital. En mi caso, el resultado fue que abandoné Twitter, pero sencillamente porque no voy a estar en una red social en la que hay amenazas. Éstas fueron el culmen, pero me han vejado, me han insultado… Lo primero que hacen con las mujeres es destrozar su reputación y empezar a decir cosas sexuales. Obviamente, no voy a entrar en esa guerra, tengo otras cosas que hacer. No obstante, para mí no es tan grave no haber estado durante un tiempo en Twitter. Creo que eran los primeros momentos de esa red social en la que no sabías cómo actuar. En estos momentos ya he superado lo de los insultos, la gente también se ha dado cuenta de cómo es Twitter y entonces estás más tranquila. Pero en aquellos inicios de la red, creo que se hizo muchísimo daño y no me vale que se argumente con el derecho a la libertad de expresión. No es libertad de expresión amenazar o insultar a alguien. Eso, quien lo diga, solamente quiere ganar dinero.

Es como los productores de porno que ahora están haciendo vídeos violentos, es gente que está en las redes, que quiere ganar dinero y que nos está torturando, porque no tengo otra palabra. Y están transformando nuestras sociedades de una manera increíble. Creo que la regulación de Internet, tanto en redes sociales y páginas web malignas, debería ser urgente, debería estar en los programas de todos los partidos políticos. Y no comprendo esta situación que nos lleva a un caos social y a una anarquía de pensamiento y de valores.

También es cierto que es difícil regular, pero la sociedad debería autorregularse, así como los padres con los hijos, en el uso de las pantallas, en el acceso al porno, a las imágenes violentas o que incitan a la violencia. Igual que antes comentaba que a través de los medios de comunicación no entendíamos los conflictos, los niños que ahora están viendo tanto internet y videojuegos, tampoco comprenden las dimensiones de la violencia y de la guerra. No se lo estamos contando bien. Cuando sean mayores, no van a comprender lo que es la inmigración, ni de dónde viene ese sufrimiento humano, en definitiva.

[su_animate type=»bounceInLeft» delay=»0.5″][su_quote]La visión que tenemos del mundo árabe está distorsionada por culpa del terrorismo.[/su_quote][/su_animate]

Efectivamente, se está ofreciendo una imagen distorsionada de estos asuntos tan importantes y graves. Ya, por último, que te quería preguntar por el tema de los valores, que has mencionado. En tu novela Espérame en el Paraíso, que da continuidad a La kamikaze, se critica que algunos valores se hayan perdido en Occidente, donde imperan la soledad y el individualismo. ¿Qué valores del mundo árabe crees que deberíamos considerar e integrar en nuestras sociedades occidentales?

Portada de ‘La Kamikaze’

La visión que tenemos del mundo árabe está distorsionada por culpa del terrorismo. Es tan grave que nos lleva a identificar a cualquier persona árabe con la violencia. Y esto es básicamente culpa de los medios de comunicación. Es cierto que hay violencia, pero no detrás de la cultura árabe, sino de la radicalidad de la religión. Y esto la gente tiene que entenderlo. Se trata de unas cuantas personas que llevan la religión como excusa a su máximo uso para poder manipular a la sociedad como quieren, por un simple objetivo de poder para dominar a los seres humanos.

La cultura árabe me llamaba mucho la atención porque crecí en Granada, donde está la Alhambra y hay mucho simbolismo. No nos cuentan de dónde venimos. Cuando llegué a Siria me di cuenta de que venimos de allí, la gente se parecía mucho a nosotros. Somos muy omeyas y desconocemos toda la cultura anterior. Aquí hubo 800 años de islam y para mí era muy interesante mirar hacia atrás, a las raíces, y ver todo lo bueno que tiene el mundo árabe. Todo lo bueno que veo en ellos lo percibo en la comunidad que tenemos en España. Después de haber viajado tanto por Europa, una de las cosas de las que me he dado cuenta es de que compartimos este sentido de familia, de ayudarnos mucho. España, por ejemplo, es un país en el que, a diferencia de Francia, Inglaterra o Alemania, los abuelos ayudan increíblemente, se dejan la piel para echar una mano a los hijos, así como los tíos, para sobrellevar la conciliación. Es algo muy español y en el fondo, muy árabe. Los árabes tienen esa cultura de la familia, de la solidaridad, que se debería valorar y que no se da en Europa. Nos parecemos más a los árabes que a los europeos en ese sentido del cariño, de la solidaridad, de tender la mano a alguien de tu familia. Es algo que me encantó, ya no de la cultura árabe, sino yo diría musulmana.

En el islam la palabra “yihad” está distorsionada. En realidad, significa ayudar al prójimo, y podría ser un equivalente a la caridad cristiana. Sin embargo, la yihad tiene dos acepciones: una, la guerra santa; y otra, la ayuda que le das al pobre o necesitado. Y se ha pervertido. Para nosotros sólo significa esa guerra santa, sangre, mientras que es un término que se refiere también a ayuda y solidaridad. Ellos tienen una parte muy espiritual que me gusta mucho y que hemos perdido en Occidente. Se paran a rezar cinco veces al día. Y para mí ese rezo es un momento de meditación. Nosotros lo llamamos mindfulness y otras palabras más modernas. Hacemos meditación y yoga y pagamos un dineral para que un gurú nos tranquilice el alma. Ellos se ponen una alfombra, miran a la Meca, se calman y hacen su meditación. Desde aquí se critica mucho, pero yo lo veo como una forma de ejercer esa espiritualidad que nosotros no tenemos, dirigida al universo también.

Me he dado cuenta de que Dios y el universo son lo mismo. En el planeta adoramos a diferentes dioses, pero al final todo apunta al universo, en el que estamos todos conectados, como dice Amadou, el chico refugiado. En este planeta hay una conciencia común y no podemos desconectarnos. Vivir alejados de esa conexión con otros seres humanos es una hipocresía y una falsedad. No puedes vivir aislado de la inmigración y de los flujos migratorios que van a llegar, sobre todo del futuro. No puedes vivir aislado en estas fronteras de cristal que tenemos en la Unión Europea, este castillo irreal en el que nos creemos invencibles e infalibles. Es una mentira y una forma de cerrar los ojos a lo que pasa en otros mundos y que un día nos va a explotar en la cara.