Susana Sueiro Seoane abordará «El irredentismo español a propósito de Tánger» en una jornada dedicada a la ciudad marroquí

Históricamente, la ciudad de Tánger se ha caracterizado por una especial singularidad, en gran medida debido a su ubicación geográfica, puerta de entrada al Mediterráneo por el Atlántico, cercana al Estrecho de Gibraltar y lugar estratégico para el comercio. Todo ello la convirtió desde tiempos lejanos en un preciado objeto de deseo para las potencias occidentales, que fijaron sus ojos en ella, y la convirtieron en ciudad diplomática, primero, y en zona internacional después, donde artistas, escritores y bohemios deambularon por sus calles disfrutando de su amplia libertad y multiculturalidad.

Casa Mediterráneo echa la vista atrás, al pasado de Tánger como ciudad internacional, con la celebración de una jornada el 6 de noviembre a las 18 horas en su sede y la inauguración de la exposición “Tánger bajo la mirada de Paul Servant” el día 7 a las 20 h. en la Sede Universitaria Ciudad de Alicante que pretenden dar a conocer las peculiaridades de este enclave tan importante en su época. Ambos eventos son de entrada libre hasta completar aforo.

La Jornada sobre Tánger y su Estatuto Internacional (1923-1958) que se celebrará en Casa Mediterráneo contará con las intervenciones del director general de la institución, Andrés Perelló, y el historiador y editor Juan Ramón Roca, coordinador de la actividad. Entre las ponencias del programa se encuentra la que ofrecerá la catedrática de Historia Contemporánea de la UNED Susana Sueiro Seoane, “El irredentismo español sobre Tánger”.

Con el fin de indagar en la relación de España con Tánger y las peculiaridades de esta ciudad, mantuvimos una entrevista con Susana Sueiro Seoane.

¿Por qué tuvo para España tanta importancia la ciudad de Tánger?

Susana Sueiro

Los gobiernos españoles que en los primeros años del siglo XX participaron en el reparto colonial del norte de África tuvieron que ver cómo, en los sucesivos tratados internacionales suscritos por las potencias europeas, la parte atribuida a España fue mermando, tanto en territorio como en estatus jurídico. Sin apenas margen de maniobra para negociar, dada su condición de pequeña potencia, España quedó totalmente al arbitrio de Francia y Gran Bretaña, que habían suscrito una alianza conocida como la Entente Cordiale que fue hasta la Segunda Guerra Mundial el eje de la política europea. Sin duda, el más doloroso de los recortes sufridos en la zona adjudicada a España en Marruecos fue la segregación de la ciudad y el puerto de Tánger, así como su hinterland o territorio circundante, de gran valor no sólo comercial sino también estratégico, pues era la otra puerta o llave del estrecho, junto con Gibraltar. Si Gibraltar estaba en poder de Gran Bretaña desde principios del siglo XVIII, Tánger quedó también en el siglo XX fuera de la influencia española. La cuestión de Tánger se convirtió desde entonces en un tema central y recurrente de la política exterior española, más aun teniendo en cuenta lo mal que a España le fue en su zona de Marruecos, donde hubo una desgastadora guerra hasta 1927.

En numerosas ocasiones, los gobiernos españoles protestaron por la humillación que suponía que el enclave tangerino, geográficamente situado dentro de la parte norte de Marruecos que los tratados internacionales habían adjudicado a España, hubiera quedado sin embargo fuera de ella. Se consideró una injusta amputación y su incorporación al protectorado español se convirtió en una permanente reivindicación.

Fue sobre todo en los años veinte cuando afloró en España un profundo sentimiento de frustración ante su absoluta dependencia y subordinación en la política exterior con respecto a Francia y Gran Bretaña. El mayor rencor y animadversión era, desde luego, hacia Francia, alentada por una clara voluntad de liderazgo y una propensión a aumentar su influencia en el Magreb.

O sea que la cuestión de Tánger tiene relación directa con la presencia de España en Marruecos…

La relación es íntima, estrechísima. La zona atribuida a España en el norte de África quedó reducida a un territorio pobre, árido, abrupto y habitado por unas tribus bereberes con un fuerte espíritu de resistencia, no ya a cualquier intento de penetración u ocupación extranjera, sino también frente al gobierno central marroquí. Nada que ver, desde luego, con las fértiles llanuras y los mucho más pacíficos indígenas de la zona francesa. España se adentró en Marruecos en un terrible embrollo, en un “avispero” (en expresión, que hizo fortuna por entonces) que iba a costarle muy caro. Una aventura colonial que se convirtió en una pesada y agobiante carga que costó mucho dinero a las arcas del Estado y, lo que es peor, un elevado número de vidas humanas.

España y Francia eran en teoría, en la letra de los tratados, socias o compañeras en una empresa común, pero en la práctica lo que hubo fue un gran recelo y desconfianza entre ambas, cuando no directa rivalidad. Francia se aseguró una posición dominante en Marruecos, gracias sobre todo a que el Sultán, incapaz de imponer el orden en el llamado imperio jerifiano, aceptó ser el protegido de Francia. Asimismo, Francia tuvo una absoluta preponderancia en la administración de la ciudad internacional de Tánger ya que ésta se ejercía a través del Mendub, representante del Sultán, es decir, estaba bajo la directa influencia de Francia. España se quejó permanentemente de que tanto en Tánger como en el Marruecos francés Francia permitiera, o al menos hiciera la vista gorda, al abastecimiento de víveres y armas para la rebelión rifeña contra los españoles.

Pero se supone que el estatuto internacional de Tánger de 1923, del que se cumplen ahora cien años, dotaba de neutralidad a la ciudad…

Fotografía de la exposición «Tánger bajo la mirada de Paul Servant».

Fue sobre todo Gran Bretaña la que insistió en la neutralidad para proteger el libre tráfico marítimo en el Estrecho de Gibraltar. Gran Bretaña, Francia y España fueron los países reunidos en una conferencia internacional para decidir el Estatuto de Tánger en 1923. Tras su firma, los tres países participaron en los distintos órganos de la administración internacional, pero insisto en que fue Francia la que tuvo una posición hegemónica y controló los resortes de la vida local. Dispuso de mayoría en la Asamblea Legislativa y, más importante aún, controló al menos al 70 % de la población nativa a través del Mendub, el representante del Sultán en Tánger y por lo tanto representante de los intereses franceses desde el momento en que el Sultán, protegido de Francia, estaba bajo su directa influencia. España, la segunda potencia en importancia en Tánger, soportó mal la preponderancia francesa y sólo aceptó la internacionalización como una injusta imposición de las grandes potencias europeas de la época. Fue desde entonces aún más recurrente el discurso sobre la mutilación, el desgarrón de Tánger, la humillación que suponía que la que se consideraba “la joya de la zona española”, hubiese quedado al margen del protectorado español, injustamente arrebatada por el egoísmo de las grandes potencias.

¿Cuál fue la política en Tánger de la dictadura de Primo de Rivera, de cuyo golpe se han cumplido también ahora cien años?

El dictador español emprendió una batalla diplomática para conseguir un Tánger español. Para ello, hizo valer la amenaza de un posible pacto con la Italia de Mussolini, que también se sentía agraviada porque, por impedimento de Francia, ni siquiera había sido invitada a participar en el Estatuto del 23. Puesto que Francia parecía ser la principal oponente a las reivindicaciones de España e Italia en el Mediterráneo, y en Tánger en particular, y ambas penínsulas parecían compartir una misma búsqueda de prestigio exterior y un coincidente deseo revisionista con respecto al “statu quo”, hubo un proceso de acercamiento hispano-italiano. Pero fue sobre todo en el año 1926 cuando la Dictadura española mostró más a las claras su espíritu revisionista y de desafío en la escena internacional. Los éxitos obtenidos en la guerra de Marruecos dieron impulso al dictador español para tratar de emprender una política exterior más activa y, concretamente, de dar satisfacción a dos reivindicaciones españolas: la concesión de un puesto permanente en el Consejo de la Sociedad de Naciones y la inclusión de Tánger en la zona española de Marruecos.

Las cancillerías de París y Londres consideraron esas demandas desorbitadas al no ajustarse a la débil posición de España en el concierto europeo, y acusaron al gobierno español de haber perdido el sentido de la realidad por no ser capaz de percibir el abismo existente entre sus reivindicaciones y el peso real del país en la escena internacional. Primo de Rivera, por su parte, aireó su amistad con la Italia de Mussolini como forma de presión y suscribió en el verano de 1926 un tratado de amistad ítalo-español que causó alarma en las cancillerías europeas. Sin embargo, los intentos de Mussolini, que fueron muchos, para lograr que España se mantuviese firme en su desafío internacional, fracasaron. Primo de Rivera acabó finalmente aceptando las condiciones franco-británicas. Mussolini hubo de reconocer que España sufría, según sus propias palabras, un “incurable afrancesamiento” que le impedía aflojar los lazos político-económicos que le unían a Francia. Esto quedó una vez más de manifiesto en las negociaciones sobre Tánger de 1927-28 que terminaron sin que España obtuviese, no ya la inclusión de Tánger en el Marruecos español, sino ni siquiera una sustancial mejora de su papel en la administración internacional de la ciudad, conformándose con lograr sólo el mando del tabor, o jefe de policía. Italia, por su parte, consiguió esta vez participar en la conferencia de Tánger. El desafío español, en realidad, no pasó de ser una fugaz pataleta que terminó cuando España, no sólo accedió a quedarse sin Tánger, sino que regresó a la Sociedad de Naciones sin puesto permanente.

Sin embargo, años más tarde, otro dictador, Franco, sí realizaría el sueño español de un Tánger español. ¿En qué circunstancias se produjo la ocupación española de Tánger en 1940?

En junio de 1940, el régimen de Franco encontró la ocasión de oro para cumplir el viejo anhelo irredentista de España. Entre las 7 y las 9 de la mañana del día 14 de junio, el mismo día en que las tropas alemanas entraban en París, 4.000 soldados de las tropas jalifianas –tropas marroquíes- del Marruecos español, atravesaron la frontera de la Zona Internacional de Tánger ocupando todos los puntos vitales de la ciudad y la zona. Simultáneamente, una columna de desembarco se hizo con el control del puerto. Los españoles hicieron una entrada triunfal, con desfiles militares por las calles y banderas nacionales ondeando en todos los edificios españoles.

El administrador francés, uno de los principales funcionarios de la zona, fue rápidamente sustituido por un español, jefe local de Falange. Las autoridades españolas no iban a cumplir sus promesas de limitarse a garantizar el orden en Tánger. Desde los primeros días de la ocupación, fue clara su pretensión de hacer tabla rasa del régimen internacional y administrar la ciudad “a la española”. El 3 de noviembre de 1940, finalmente dieron el golpe decisivo. De forma unilateral y sin previa consulta a las potencias signatarias del Estatuto internacional, procedieron simple y llanamente a abolir todos los órganos de la administración internacional despidiendo de sus puestos a los funcionarios extranjeros. En algún caso, las autoridades anteriores tuvieron que ser expulsadas por la fuerza, por ejemplo, el tenaz Mendub, representante del Sultán y uno de los principales puntales de la influencia francesa en Tánger, que fue desalojado a punta de pistola. El General Antonio Yuste, jefe de las tropas de ocupación, fue nombrado «gobernador» de Tánger, encargándose personalmente de dirigir la maquinaria administrativa. El 13 de noviembre, el Boletín Oficial del Estado publicaba el decreto de incorporación de Tánger al Protectorado español de Marruecos.

A continuación, se dictaron normas para hacer que el ambiente de Tánger fuera el de cualquier ciudad española y en poco tiempo adquirió un aspecto similar al de otras ciudades del protectorado español, como Tetuán o Larache. Se prohibió, por ejemplo, que los comerciantes utilizaran otra lengua que no fuese el español para sus anuncios y letreros; e incluso las playas adquirieron un aspecto hispánico, ya que los únicos modelos de bañador que se permitió exhibir en las playas eran igual de recatados que en la Península. En diciembre de 1941, los españoles impusieron en Tánger, tanto para europeos como para marroquíes, el sistema de racionamiento que funcionaba también en España y en el Marruecos español. Mientras tanto, en el mercado negro podían adquirirse todo tipo de productos a precios altísimos. Para nadie era un secreto que los españoles estaban aprovechando una ocasión única para cumplir una aspiración largamente soñada. Hasta 1945, con el fin de la guerra mundial, Tánger no recuperó su estatus internacional.